Hoy es un lugar común afirmar que el kircherismo está en un final de ciclo y que el peronismo auténtico (la oposición) va a sacar una vez más las papas del fuego como lo hizo en 1973, 1989 y 2001. Pero esto no tiene ningún asidero salvo la buena intención del que lo formula.
Mientras que los opositores no conformen una mesa de conducción común, dado que no hay líderes reconocidos como tales, esto es, que se destaquen sobre los otros, la oposición no se puede constituir en una alternativa plausible.
Y esta mesa de conducción tiene que estar integrada no solo por los agentes políticos de coyuntura sino por los que piensan, que son muy pocos.
Así, por ejemplo, el sindicalista (Moyano), el comerciante (de Narváez), el economista (Lavagna), el periodista (Lanata), el empresario (Macri), el político (de la Sota) están sometidos a una doble tarea convocar a sus seguidores y desarrollar un programa de gobierno alternativo al del oficialismo, cuando esta última y difícil tarea es propia de los pensadores o politólogos.
Pero, claro está, no escuchan ni convocan, ellos saben todo y de todo. Similares al oficialismo pero sin poder.
Escuchar es oír con atención al otro, y esta cualidad se ha perdido en el campo de la actividad política argentina reciente. Todos son discursos o relatos autocentrados y de allí no se sale. Esto lo puede hacer y lo hace a diario el oficialismo porque tiene el poder y un uso abusivo de los medios que posee, pero hacerlo desde la oposición es un desatino, un despropósito.
El nivel de una sociedad se mide no solo por el PBI sino, sobretodo, por el aprecio y estimación de sus hombres de ingenio, de pensamiento, sabios, artistas y poetas.
Hay que escuchar al Papa Francisco, cuando en porteño básico nos recomienda “no se la crean”; “escuchen al otro”; “no se saquen el cuero”.
La valoración de los que valen es el principio de la recuperación nacional, pues hay que reemplazar lo espurio, lo inauténtico que se ha enseñoreado en la política argentina hodierna.
En la decadencia, y lo hemos repetido hasta el cansancio, siempre se puede ser más decadente. No tiene piso, pero tampoco es algo ineluctable de lo que no se puede salir. La liberación pasa, en primer lugar, por la búsqueda y el intento de realizar lo mejor, lo más acabado y el resto se da por añadidura.
Tenemos que romper con la inercia del individualismo, con el “yo me llamo Juan Palomo, yo me lo gano y yo me lo como” , donde todas las acciones políticas de los hombres terminan en la búsqueda del beneficio individual y recuperar la dicha antigua de sentirse inmortal en la perpetuidad del esfuerzo común y continuado.
El hombre necesita poseer como objeto de su vida algo que no sea él mismo. Que cada cual elija lo que mejor le cuadre a sus talentos y vocaciones.
El historiador y amigo, recientemente fallecido, Dominique Venner, lo afirmó con todas las letras: el individualismo es el origen último de la corrupción.
------------