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Cristina debe agradecer al Papa: Él 'tapó' la estanflación (por unas horas)

Una dura derrota política y una división interna en las líneas kirchneristas es el primer resultado que se puede observar en el Gobierno de Cristina Fernández luego de la elección como papa Francisco del cardenal Jorge Bergoglio. Una clara confirmación de que el cristinismo talibán tiene una capacidad infinita para autoinflingirse daño a su imagen y estructura, algo que no logra toda la oposición sumando todo su esfuerzo.

 

por CLAUDIO M. CHIARUTTINI
 
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Sin Saco y Sin Corbata). Jorge Bergoglio nunca buscó ser enemigo del matrimonio Kirchner. Fue la dupla patagónica, mal aconsejado por el ideólogo Horacio Verbitsky, la que resolvió encarnar la lucha contra la Iglesia Católica Argentina en el ex Arzobispo de Buenos Aires.
 
En la concepción corporativista con que el kirchnerismo imagina la política, siempre se tuvo como meta someter a la Iglesia Católica a los planes oficiales, en especial, ante ciertas medidas “modernizantes” y “reformistas”  que tenían en sus cabezas el matrimonio gobernante. 
 
Así, han pasado casi 10 años de intentos de castigar a una cúpula supuestamente conservadora religiosa por la relación que tuvieron algunos prelados con la Dictadura Militar, pese a que pasaron 40 años de los hechos denunciados y que muchos de los protagonistas, ya no están vivos o en funciones.
 
En un escenario donde los bancos fueron sometidos, las grandes empresas internacionales fueron subyugadas, los empresarios nacionales, acallados; las Fuerzas Armadas, diezmadas; los gremios, comprados, los partidos políticos, liquidados y los liderazgos personales, diluidos; la Iglesia Católica Argentina surgió como un foco de resistencia de las ambiciones hegemónicas e ideológicas de la Casa Rosada.
 
El choque en el mundo de la educación fue limitado. Nunca se pudo avanzar en eliminar el subsidio que recibe la Iglesia Católica Argentina del Estado Nacional. Se trató de romper la relación que existe entre las Fuerzas Armadas y los religiosos. Sin embargo, todas fueron batallas perdidas por la rama más extrema del kirchnerismo.
 
Por fin, en el terreno donde se pudo arrinconar a la Iglesia Católica Argentina, fue en los derechos de la comunidad homosexual. La Casa Rosada encontró a un grupo de potenciales votantes que no se sentían representados por los partidos políticos tradicionales y, ante la posibilidad de establecer claras diferencias con otras fuerzas políticas, apoyar su agenda de temes resultaba una típica operación “win-win”.
 
La “unión civil”, el “matrimonio” de personas del mismo sexo, la posibilidad de que las parejas homosexuales pudieran adoptar chicos y el proyecto por la identidad sexual, hoy frenado en el Congreso, fue el precio que pagó Cristina Fernández para evitar que la discusión sobre el aborto la obligara a ponerse del lado de los dignatarios católicos, dado su rechazo a la idea (algo que se conoce en ambientes progresistas desde que la “abogada exitosa” era legisladora y se negó a apoyar varios de los proyectos de despenalización del aborto que se presentaron en los últimos 15 años).
 
Si bien la Casa Rosada logró derrotar a la Iglesia Católica Argentina en todos los temas que planteó en el Congreso, Cristina Fernández no pudo impactar sobre la imagen de quien fue cardenal y hoy día es Papa.
 
3 tomos le dedicó el militante kirchnerista cristinista Horacio Verbitsky para intentar demoler la relación de la cúpula eclesiástica con el poder político argentino. Sin embargo, aún hoy día el 77% de los consultados se considera católicos y 90% de los argentinos son bautizados según el rito romano.
 
En la Casa Rosada tomaron como un triunfo que el Papa no pudiera mantener la conducción del Episcopado Nacional y creían que su figura estaba en decadencia. Nunca imaginaron que el jesuita podía ser elegido Papa. Por eso, apenas se conoció la renuncia de Benedicto XVI, Cristina Fernández decidió que iría al Vaticano a la entronización del nuevo Sumo Pontífice con el fin de entablar un diálogo directo con el nuevo Sumo Pontífice y buscar imponer una agenda de recambio en la cúpula religiosa, expurgando a la rama conservadora. Ahora, con el argentino elegido por el Cónclave Cardenalicio, ya no se podía retroceder.
 
En gran parte del populismo latinoamericano creen que el papa Francisco lanzará una nueva gesta envagelizadora, tal como la que reclamó en el documento de cierre del encuentro de “Aparecida” hace 4 años, y ven en el jesuita una sombra del Juan Pablo II quien, en Puebla, México, dio un golpe de muerte al movimiento de “curas obreros” y a la Teología de la Liberación.
 
No es casual que la rama 'dura' del kirchnerismo quiera relacionar al papa Francisco con las violaciones de los derechos humanos, es una forma de invalidar, de deslegitimar, de debilitar la proclama teológica que realizará el Sumo Pontífice en cuanto ponga pie en América latina (sería en Julio, en Brasil, para la Cumbre Mundial de la Juventud).
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Para el populismo latinoamericano, la muerte de Hugo Chávez y la elección del papa Francisco son dos pésimas noticias. Afectan el núcleo duro ideológico del movimiento, justo cuando Cristina Fernández y Evo Morales enfrentan limitaciones constitucionales para ser reelectos, con el ALBA debilitado, con Nicolás Maduro que no logra hacer pie en Venezuela y con una Dilma Rousseff que no está dispuesta a jugar una partida que no trae beneficios al proyecto de Brasil de emerger como potencia (tampoco es casual que fuera un prelado brasileño, Claudio Hummes, quien tejiera las alianzas necesarias para poder elegir a Jorge Bergoglio como Papa de los católicos apostólicos romanos).
 
La elección del 1er. Papa americano, latinoamericano, argentino y peronista tapó el escándalo de la fuga precipitada de la minera brasileña Vale, el más grande luego del fracaso del proyecto de mina de oro a cielo abierto que se intentó establecer cerca de El Bolsón.
 
Después de la sorpresa inicial, la Casa Rosada intentó pasar de la posición de víctima, en la que la situó la minera Vale, a ser victimario y comenzó a trabar el escape de la empresa denunciando supuestas violaciones contractuales, amenazando con estatizaciones imposibles de pagar o llamando a una forzada conciliación obligatoria para poder mantener los puestos de trabajo en una provincia, hasta el miércoles, kirchnerista.
 
Es cierto que los costos en dólares han subido para la explotación minera en la Argentina, es cierto que hay limitaciones para poder girar divisas al exterior, es cierto que no se le otorgó a Vale una devolución y una desgravación fiscal que reclamaba. Pero también es cierto que el gigante minero analiza otros proyectos en el mundo, entre ellos, una mina de potasio en Brasil, tan grande como el paralizado en Mendoza.
 
La fuga de Vale es la culminación de tres años de evasión de inversiones brasileñas de la Argentina. Algunas, presionadas por autoridades nacionales, provinciales o municipales; otras, porque la rentabilidad se esfumó dada la pérdida de competitividad del peso, los cepos cambiarios e importador y por la inflación de los costos. 
 
En Economía, nada es casual. En el fondo, la fuga de la minera Vale, es consecuencia directa de la aplicación pura y llana del “modelo K” que no permite tentar nuevas y mayores inversiones y que ha entrado en una etapa de empujar hacia el exterior a las existentes.
 
Pero la elección del papa Francisco y el Caso Vale también permitieron tapar la violenta operación de aislamiento que la Casa Rosada lanzó contra Daniel Scioli. No sólo Cristina Fernández se negó a enviar fondos a la Provincia de Buenos Aires, tampoco se dignó atender los llamados telefónicos que desde La Plata le hizo el ex Vicepresidente de Néstor Kirchner.
 
En paralelo, el Gobernador de Entre Ríos, Sergio Uribarri, estableció el primer frente de líderes provinciales contra el proyecto presidencialista de Daniel Scioli. Al tiempo que media docena de intendentes kirchneristas del Conurbano Bonaerense, dirigidos a control remoto por el ministro de Planificación, Julio de Vido, le impuso condiciones para no emitir un documento en su contra. Entre los pedidos figura un aumento de giros de coparticipación a los municipios, que el Gobernador de Buenos Aires deje de sacarse fotos con líderes de la oposición, que no concurra a programas de canales opositores y que de claras señales de apoyo a Cristina Fernández.
 
La idea de la Casa Rosada es llevar a Daniel Scioli al borde del precipicio. Por ahora, duda si empujarlo o retenerlo en esa posición. Pero lo que queda en claro es que se tendió un “cerco sanitario” a su alrededor y que todo aquel que se reúna con el Gobernador de Buenos Aires va a comenzar a ser considerado un enemigo de la Presidente de la Nación.
 
En la mentalidad agonal que domina al cristinismo talibán, el papa Francisco es enemigo, la minera Vale es enemiga y Daniel Scioli es enemigo. En ese cuadro, los problemas económicos deben ser personalizados para ser colocados en el rol de enemigos. 
 
¿Quién tiene la culpa de que se mantenga la fuga de divisas? La clase alta que viaja al exterior. ¿Quién es culpable de que Moody's baje la calificación de los bonos argentinos con legislación extranjera? Los interesados en que la Argentina tenga un fallo negativo en Nueva York. ¿Quién de la inflación? Los gastos en publicidad y en tarjetas de créditos de super e hipermercados. Un razonamiento equivocado, falaz e infantil.
 
Por eso, la “máquina de culpar” funciona a pleno, dado que las soluciones no llegan. El gobierno necesita recuperarse del fracaso del anuncio del acuerdo con Irán, del falso congelamiento, del intento de protagonizar (y luego escapar) del funeral de Hugo Chávez y, ahora, de la elección de Su Santidad Francisco, de la fuga de Vale y de la degradación de la nota de la deuda externa argentina.
 
Los intentos de soluciones que se instrumentan son espasmódicos y terminan por ser contraproducentes. Así, la idea de lanzar una tarjeta de crédito oficial, obligatoria para ser usada en súper e hipermercados (al parecer, ideal del CEO de Jumbo, que intentó bajar costos operativos para potenciar ganancias), terminó por generar un gran disgusto en tarjetas como Visa, que domina el mercado, o en las entidades bancarias emisoras que veían en estos grandes locales comerciales clientes y aliados.
 
La idea resultó ser “piantavotos”, traicionando las intenciones originales del secretario de Comercio Interior, Guillermo “Lassie” Moreno, cuando adelantó el proyecto. ¿Cuántos votos le costaron a Cristina Fernández la propuesta? Esa es la pregunta que se hacen los estrategas de la Casa Rosada. Sin embargo, correcta sería: ¿Cuántos votos le costarán al oficialismo media docena más de medidas improvisadas que se anunciarán camino a las elecciones de Octubre?
 
La suerte tiene un límite. Durante 6 años, el kirchnerismo gozó del viento de cola. Durante tres más logró imponerse por la fuerza, la inteligencia, la acción política y la carencia de una oposición alternativa. Pero todo llega a su fin.
 
No será el Papa Francisco quien finalice con el kirchnerismo o con el cristianismo talibán. No será la fuga de las grandes empresas, como Vale, las que pondrán de rodillas al Gobierno. No será el éxito o fracaso en asfixiar a Daniel Scioli lo que eliminará potenciales enemigos dentro del peronismo. No será la improvisación constante la que desmenuce el poder del oficialismo.
 
Nunca, jamás, la suma de negativos da positivo. Por eso, como dice el viejo refrán: “tanto va el cántaro a la fuente, que al final, se rompe”.

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