Sin duda, Stiglitz tiene razón al afirmar que muchos bancos centrales tuvieron una mala evolución durante el boom.
Sin embargo, cabe preguntarse si esto se debió a que la Reserva Federal de USA carecía de representantes de los trabajadores en su consejo de administración o a que los bancos centrales pensaron que sólo tenían que rendir cuentas ante Wall Street. O, ¿fue más bien porque los bancos centrales se obcecaron en una idea errática que prácticamente ignoraba el papel de las finanzas en la economía? La realidad fue que los bancos centrales no consiguieron detectar los riesgos que surgieron de la mayor burbuja de deuda de la historia.
Podría pensarse que el debate sobre el fin de la independencia de los bancos centrales y el abandono de los estrictos objetivos de inflación, una idea que ha vuelto a recordar Mark Carney, próximo gobernador del Banco de Inglaterra, es sencillamente una idea para intentar desinflar la deuda, si es necesario, con una política de imprimir dinero más estricta.
Sin duda, los bancos centrales del mundo desarrollado, sobre todo el Banco de Japón, están sometidos a una presión cada vez mayor para que pongan en práctica una serie de medidas extraordinarias de cara a reactivar la economía.
No obstante, esto lleva a pensar que los bancos centrales cuentan verdaderamente con las herramientas para reactivar el crecimiento. Esto se parece cada vez más a una de las grandes falacias del pensamiento económico anterior a la crisis, que, hasta ahora, los acontecimientos se han encargado de rebatir.
La mayor parte de los banqueros centrales argumentan, con razón, que no pueden hacer otra cosa que ganar tiempo a la espera de que los políticos adopten las medidas necesarias para reactivar el crecimiento, reducir y reestructurar la deuda, donde sea necesario, recapitalizar los bancos y revisar los planteamientos económicos de cara a aumentar la competitividad y la productividad.
Pese a todo, a Stiglitz no le falta razón en que los bancos centrales no son tan independientes como se supone. Ante la reticencia de los políticos a tomar las decisiones difíciles necesarias para reactivar el crecimiento, no les ha quedado más salida que seguir financiando volúmenes cada vez mayores de deuda pública. Incluso el Banco Central Europeo, que tiene que dar cuentas a 17 gobiernos y, por lo tanto, tiene más capacidad para soportar la presión de los políticos que otros, ha financiado a los gobiernos a través de las ayudas al sistema bancario.
Lo que parece claro es que, independientes o no, los bancos centrales seguirán soportando crecientes presiones este año para continuar expandiendo sus balances si el crecimiento no se recupera. Muchos inversores creen que la inflación es un problema del pasado. Esta teoría todavía está por demostrar.