En Francia, el 18% de los votantes se pronunció en contra de la unidad europea y la inmigración en la primera ronda de la elección presidencial votando por Marine Le Pen. Dos semanas más tarde, en Grecia, el 7% de los votantes optó por Golden Dawn, un partido neo-nazi que ahora tiene 21 bancas en el Parlamento. Golden Dawn quiere poner minas terrestres a lo largo de la frontera con Turquía para detener la inmigración.
En Italia, el movimiento anti-política "cinco estrellas" ("Movimento 5 Stelle"), liderados por el cómico Beppe Grillo, tuvo cierto éxito en las elecciones locales con su campaña contra la austeridad y la corrupción. En Alemania, el Partido Pirata, que lucha por las descargas gratuitas en Internet, ha irrumpido en la política y preocupa a los principales partidos tras los resultados de las elecciones de este domingo (13/05).
Estos movimientos no tienen nada en común. No es fácil para el imaginario popular vincular, por ejemplo, al renacido movimiento de Indignados de España, nacido hace a año en Madrid, a los movimientos xenófobos que han existido en el norte de Europa y en Austria desde hace años.
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Sin embargo, ya sea que estos movimientos son de extrema derecha, de la izquierda radical o de la anti-política, todos ellos tienen el potencial de alterar a los partidos políticos tradicionales, especialmente los que le pusieron el hombro durante décadas al proyecto europeo. El peso específico de estos movimientos es aún más importante en el contexto del desafío europeo común: la crisis económica. Y la integración política de Europa significa que hoy en día cada elección nacional tiene repercusiones en todo el continente.
Es muy tentador para los partidos tradicionales tomar ventaja de estos movimientos tomando prestadas sus ideas. El giro de Nicolas Sarkozy, hacia la derecha en respuesta a la creciente influencia del Frente Nacional es un buen ejemplo de los riesgos que importan esta tendencia.
Obviamente no resultó ser una estrategia ganadora. Pero el reto de los partidos marginales sigue vigente. No hay aún un movimiento social institucionalizado en todo el ámbito europeo que haya sabido aglutinar a esta ola de “rechazados-rechazantes”. Sin embargo, los principales partidos tendrán que buscarle una solución a la problemática lo antes posible si no quieren sentirse abrumados por su presencia.