En los hechos, las medidas anunciadas por el Gobierno y por el Banco Central no son otra cosa que enterrar de una vez la idea de que será la inversión la que generará el bienestar económico, y reconocer - a regañadientes- que no se puede subestimar al consumo como motor del dinamismo. Para el macrismo, es algo muy similar a cuestionar a su propia religión ante las demostraciones de la ciencia.
La inversión no llegó -al menos en los niveles deseados- y ahora no le queda a Macri otro remedio que intentar darle algo de impulso al consumo de las familias alivianando en parte sus gastos obligatorios (canastas básica y servicios), en una movida que genera escepticismo en todo el sector económico, como ya lo había hecho con el kirchnerismo.
¿Qué le falta a este programa "anti-inflacionario" para parecerse del todo a aquel utilizado por el gobierno anterior? Un perro guardián de muy malos modales como Guillermo Moreno y, sobre todo, un sistema estadístico mentiroso que les dé la razón a los métodos.
Y a pesar de que uno de los grandes logros del gobierno de Cambiemos ha sido la recuperación de la transparencia del INdEC (que se difundan índices de inflación aún peores que los que filtra el Palacio de Hacienda es una triste muestra de ello), la implementación de una canasta con precios congelados genera algunas suspicacias en torno a las venideras mediciones de inflación.
En algunos sectores de la economía la sospecha apunta a que, como ya hizo el kirchnerismo, la encuesta de productos del Índice de Precios al Consumidor (IPC) abarque sólo a aquellos afectados por el acuerdo de precios, aunque estos sean inaccesibles para los consumidores, ya que por su valor promocional se agotarían rápidamente.
Entonces, el temor es que a partir de esos relevamientos se constituya un índice inflacionario que, en consecuencia, diste de la realidad.
"Romper el termómetro" es una tentación muy grande para un gobierno que camina por la cornisa. Aunque su mayor premisa sea la de "decir la verdad".