Rafael Correa barrió. Se llevó más del 56 por ciento de los votos y dejó a Guillermo Lasso, el principal candidato opositor, lejos, muy lejos, con apenas el 24 por ciento. Una diferencia abismal que ratifica el triunfo del mandatario con la mitad de las urnas escrutadas.
Más que una campaña electoral, lo que vivió Ecuador en las últimas semanas fue un plebiscito sobre un personaje que le está cambiando la cara a su país, a pesar de su estilo populista y sus arranques autoritarios.
Según le dijo a Semana.com en Quito el analista Felipe Burbano de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso): “la revolución abrió un ciclo político cuya temporalidad es más larga de lo que imaginábamos. El ciclo que abrió Correa después de años de crisis todavía está en un momento de fortalecimiento y auge”.
Ahora Rafael Correa estará hasta 2017 en el palacio de Carondelet, para totalizar 11 años en el poder. Más que cualquier presidente democrático de la historia de Ecuador y lo suficiente para saber cómo pasará a la historia.
Estas son las claves de su reelección:
1. Rescató la estabilidad
Antes del gobierno de Rafael Correa, los ecuatorianos habían tenido siete presidentes en menos de 10 años. Los mandatarios eran sacados por manifestaciones nacionales, eran destituidos o se exiliaban.
Correa surgió de ese caos y logró imponerse como una figura nueva, alejado de la política tradicional y con un mensaje social novedoso. Pero lo que cimentó ese poder fue darle un poco de tranquilidad política al país.
Para ello hizo una nueva Constitución en 2008, construyó un partido que se ha reforzado a la sombra del gobierno, dividió y socavó las bases de los movimientos sociales que se le enfrentaron y conquistó las tres ramas del poder.
Según Felipe Burbano de la Flacso con Correa “hay un ejecutivo muy fuerte que está por encima de las otras funciones del Estado. Eso de haber convertido el ejecutivo como la función más importante del sistema político muestra la debilidad de sus concepciones sobre la democracia”.
2. Programas sociales masivos
Como le dijo a Semana.com un alto funcionario de cooperación internacional, “hay un incremento real de las inversiones sociales, Correa marca un hito en un país donde antes las políticas de estado se resumían en dos cosas: el conflicto fronterizo con Perú y el pago de la deuda externa”.
Correa multiplicó por tres el presupuesto de la salud y el de la educación y con el dinero de las cotizaciones creó el Banco del Instituto de Seguridad Social (Biess) que otorga créditos inmobiliarios a bajos intereses e instauró un bono de 5.000 dólares para vivienda, que aumentó hace un mes a 6.000 dólares.
Pero la medida estrella de Correa es el Bono de Desarrollo Humano, un subsidio que el gobierno ha incrementado paulatinamente. Hace un mes el presidente lo incrementó a 50 dólares por mes y anunció que lo iba a financiar con las utilidades del sector financiero. Cerca de 2 millones de personas reclaman ese bono y con 3,5 millones se elige presidente. Muchos opositores no dudan en calificar a Ecuador de “bonocracia”
Así es como, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos, la tasa de pobreza pasó de un 37 por ciento de la población en 2007 a un 27 por ciento en 2012; el desempleo está alrededor del cinco por ciento; el salario mínimo pasó de 292 dólares a 318 y se han regulado los sueldos de los empleados públicos y de los periodistas, entre otros.
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3. Grandes obras de infraestructura
En Quito hace unos días un taxista le dijo a Semana.com “no soy correista, pero con él las carreteras están mejor que nunca. Antes los políticos decían que con nuestra geografía, nuestras montañas, era muy difícil hacer buenas vías”.
Ese sentimiento lo comparten muchos ecuatorianos. El gobierno ha invertido en infraestructura vial más de 5.000 millones de dólares e intervenido 7.000 kilómetros de carretera. Han hecho puentes, autopistas de hasta cuatro carriles a lado y lado y una buena red secundaria. Por todo el país se vive ese cambio, que no solo ha rebajado costos de transporte y tiempos de desplazamiento, sino que es visible. Algo importante pues le muestra a los votantes día a día lo que ha hecho el gobierno.
Correa también está construyendo ocho hidroeléctricas, que deberían estar listas en 2018. Así el país dejará de comprarle energía a Colombia y Perú y empezará a exportar. El gobierno además está readecuando los ferrocarriles nacionales, abandonados durante mucho tiempo. Aunque por ahora los nuevos trenes son solo para turistas, hay planes para que se reconstruya la línea Trasandina entre
Quito y Guayaquil. Y en Quito el gobierno ha sido clave para financiar el metro, cuyas obras empezarán en unos meses y el nuevo aeropuerto internacional, que quedará por fuera de la capital.
Según Felipe Burbano, Correa tiene “una visión modernizadora dentro de la cual el Estado cumple un rol fundamental, por encima del mercado, de los empresarios, de la inversión extranjera”. Así es como, según el diario Hoy, “en términos generales, la inversión del Gobierno en obras públicas representa el 13 por ciento de Producto Interno Bruto, cuando en gobiernos anteriores según Correa no rebasaba el 5 por ciento”.
4. La campaña permanente
Correa siempre está activo, gobernando con un micrófono en la mano y frente a las cámaras. Para transmitir sus logros dispone de una verdadera artillería mediática. Después de que incautara en 2008 el Grupo Isaías el gobierno tiene una red de radios, canales de televisión y prensa escrita.
En la campaña, si bien Correa tomó una licencia de la presidencia y no se escucharon en los medios públicos invitaciones directas a votar por él, su espíritu estaba en todas partes. Se entrevistaban funcionarios públicos, ministros y ciudadanos que hablaban de las bondades del actual gobierno, de los avances que se han hecho, del caos en el que estaba el país hace seis años y de la revolución que está en marcha.
En la agencia pública de noticias Andes se encontraban noticias como “Más de 370 barrios pobres de Ecuador tienen acceso a internet gracias a programa gubernamental”, mientras en la radio pública un ministro hablaba de las ventajas del aumento obligatorio del sueldo mínimo de los periodistas y un funcionario de Ferrocarriles de Ecuador decía que gracias al gobierno rescataron un sistema minado por el “neoliberalismo” y que ahora tienen el “tren turístico más lindo del mundo”. Claro, la cobertura electoral de los candidatos distintos a Correa es mínima.
El gobierno realiza además todos los sábados los llamados Enlaces Ciudadanos o sabatinas como los han apodado los ecuatorianos. Con el mismo modelo del Aló Presidente, Correa mezcla ataques políticos, logros gubernamentales y show personal.
En conversación con Semana.com varios candidatos de la oposición dijeron que esta campaña era como “jugar un partido de fútbol con la cancha inclinada y el árbitro comprado”.
5. La división de la oposición
Frente a un candidato tan fuerte en su balance como en su maquinaria la oposición se dividió en más de seis candidatos distintos, que iban desde la extrema izquierda hasta un pastor evangélico que dijo que la homosexualidad era un “severo trastorno de la conducta” y prometió prohibir el rock si llegaba a la presidencia. Así era muy difícil consolidar una fuerza contra Correa.
A eso se suma el desgaste de los políticos tradicionales, que dominaron durante décadas sin lograr hacer cambios sustanciales para Ecuador. El grito general “¡Qué se vayan todos!”, que permitió que surja una figura como Rafael Correa, aún es válido para muchos ecuatorianos. Como escribió Rogelio Núñez en el portal Infolatam, con un mensaje de rechazo a los viejos partidos “ganó en 2006 y aún en 2013 sigue apelando a ese mensaje: ‘hay que dar un planchazo a la partidocracia, todo, todito 35 (la lista de Alianza País)”.
Las propuestas de la oposición han sido además tímidas, pues no atacaron las debilidades de Correa en corrupción, inseguridad o las críticas ambientalistas a su modelo minero y petrolero.
A su servicio Correa tiene el movimiento Alianza País, que atrapa todo tipo de tendencias. Un verdadero imán alrededor del poder, que le ha permitido ser competitivo en muchas regiones y sectores de la población.
Para Burbano: “los adversarios son muy malos. Hay un grupo de partidos que expresan la decadencia de la partidocracia. Y luego otros movimientos que intentan configurarse pero son incipientes”.
“El único partido fuerte y consistente con una estructura nacional, que tiene respaldo estatal, y que creció al amparo del gobierno, es Alianza País. No hay más. No hay otro liderazgo que lo desafíe. El campo político está lleno, está copado, lo llenó Correa. Queda un espacio muy periférico, muy marginal”, concluye.
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¿Y cómo lo evalúan los ecuatorianos?
Rafael Correa fue reelegido ejerciendo una mezcla de autoritarismo y otro poco de polarización, en el marco de una inversión social voluminosa, y obras públicas que le cambiaron la cara al país. Estos conceptos son muy evidentes para todos, propios y ajenos. Pero hay que ir más profundo.
Una victoria anunciada: el triunfo de Rafael Correa se evocó de muchas maneras y sin que tuvieran que mediar las encuestas, cuyo protagonismo bajó en esta elección. En esa reiteración, en esa apatía de una mayoría de la población, con una decisión tomada, se leyeron las ventajas –unas objetivas; otras trabajadas por él y su equipo– que tenía el candidato-presidente frente a cualquier contendor. La bonanza petrolera que le ha permitido desarrollar obra pública y políticas sociales, jugó sin duda como su mejor aliada.
En este plano, el líder de Alianza País se favorece de una ecuación que en política raras veces falla: mientras no haya marasmos económicos y mientras haya estabilidad y orden, los electores no buscan alternativa al equipo que está en la cancha.
La otra ventaja, inmanejable para cualquier contendor, se deriva de la primera: Rafael Correa ha tenido seis años para crear, gracias a subsidios y ayudas, una base social inmensa que ve en él un dispensador de favores. Es una ventaja todavía inigualable para cualquier aspirante a Carondelet. Se debe entender, cuando se mira la realidad cotidiana de la mayoría de ciudadanos, que el apoyo que recibe sigue siendo parte de la voluminosa factura que pagan sus contendores por lo que hicieron o dejaron de hacer los partidos que el oficialismo conecta con el pasado.
Lo cierto es que la vieja desidia se trocó en beneficios para una masa grande de ciudadanos que ve un Estado más presente, activo y benefactor. Los temas de libertad, concentración de poder, sostenibilidad del modelo económico y discrecionalidad de la autoridad, entre otros, no hacen parte de sus prioridades. Hundidos en sus dificultades, la mayoría de ciudadanos no tiene tiempo para los pliegues más sofisticados de la democracia.
La elección de este domingo no medía, entonces, la capacidad de Rafael Correa para sostenerse en el poder pues, hasta electoralmente, tenía un sinnúmero de ventajas. La más decisiva está en la Constitución de la República en el artículo 143: tener al menos el cuarenta por ciento de votos válidos y una diferencia mayor al 10% sobre la votación del segundo binomio.
Rafael Correa nunca, en sus seis años, ha estado por debajo del 40% en las consideraciones positivas de sus conciudadanos. Labor, confianza y simpatía han sumado siempre más. Y que se sepa, ningún aspirante a reemplazarlo aparecía con 30% de expectativas de votación en sondeo alguno.
Esta elección medía, entonces, la capacidad de la oposición para responder ante un candidato que ha sumado esas ventajas y que ha sabido crear otras. La más importante es el manejo de su imagen y la estrategia de comunicación para convertirlo en el alfa y el omega de la dinámica política en el país.
Erigirse en alternativa suponía, en ese contexto para la oposición, una obra colosal. Pautar una estrategia que implicaba en los hechos renovarse y recrearse ante los ojos de unos electores que ahora encuentran en un Estado benefactor todas las ofertas que antes hacían los candidatos.
Volver al statu-quo se antojaba sencillamente suicida. Repetirse delataba la imposibilidad de asumir lo que ha pasado en seis años en el país. El espacio también lucía infranqueable para aquellos que pretendieran presentarse bajo el sello de la novedad. Con seis años de presencia de un Estado benefactor era imposible pensar que los electores no apostaran a lo que conocían y pusieran sus esperanzas en principiantes sin experiencia alguna en la administración pública: ese fue el caso de Mauricio Rodas.
El reto de la oposición consistía en leer perfectamente el escenario de ventajas que tenía el presidente y, a la vez, propiciar nuevos imaginarios capaces de competir con una maquinaria que tiene dos productos estrella: un Estado benefactor y con voluminosa chequera y una marca poderosa en el mercado de ganar elecciones: Rafael Correa.
El mayor interrogante de la oposición no consistía en saber si ganaría la elección: todos los candidatos sabían, en su fuero interno, que no lograrían que Correa bajara del 40% y que uno de ellos llegara al 30%.
Su reto era medir cuán cerca están de poder volver con posibilidades reales de aspirar a dirigir el país. Encontrar una estrategia de recambio suponía haber de-construido el fenómeno de Correa y, a pesar de sus enormes y en casos escandalosas ventajas, poderlo superar. La elección de ayer prueba que la travesía que iniciaron los políticos que no están con el correísmo puede ser tan significativa como la que enfrenta la oposición a Hugo Chávez en Venezuela. Al fin y al cabo, los dos líderes, aunque con matices fundamentales, se beneficiaron de la misma desidia y desprestigio de viejas dirigencias y la misma bonanza petrolera.
Los primeros resultados de los exit poll muestran que la oposición, en su conjunto, tiene un largo trabajo por delante. Y que, lejos de una estrategia más o menos concertada en cada tendencia, cada partido o movimiento prefirió jugar su propio partido. Dicho de otra manera, la elección de ayer diseñó mapas nuevos en la oposición.
Guillermo Lasso es, a su manera, un ganador. Es puntero en su primera participación en una elección y, como tal, queda posicionado para insistir en su intento para el 2017. Lasso sale de esta elección con partido propio y asambleístas elegidos.
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Su posicionamiento en la tendencia de centro derecha, pudiera implicar para un candidato como Álvaro Noboa la jubilación política segura, tras cinco intentos por llegar a Carondelet. Noboa es el político que menos ha sistematizado su propia experiencia electoral. Nunca procesó sus errores y no perdió la oportunidad de repetirlos. Esta campaña, en que se mostró cargando enseres y regalando uno que otro colchón, puso en evidencia el grado cero de la política en esa franja tan conocida del populismo.
Correa dijo desear, durante la campaña, su desaparición de la esfera política: habló con respeto de Lasso y muy despectivamente de Noboa y de Lucio Gutiérrez. Ese escenario casi se cumple a la perfección. El excoronel no aceptó los primeros resultados y, por ende, haber sufrido una amarga derrota que, de ser cierta, hipotecaría la posibilidad de volver a terciar en una campaña presidencial. Su estrategia consistió en retrotraer a los electores a viejos tiempos -los de su gobierno- en los cuales se vivió mejor. Devolver la película y no proyectarla no parece haberle dado resultado. Y ahora Gutiérrez se ve ante una realidad que, de paso, trató de evitar durante la campaña, pues no cesó de enviar puyas contra Lasso: perder el liderazgo en la oposición. Ahora, si se confirman las cifras del exit poll, esa es una realidad consumada. Correa reiteró ayer, desde Carondelet, que prefiere esa derecha, decente e ideológica, representada por Lasso, incluso a la izquierda liderada por Alberto Acosta.
Así, si se confirman los datos del exit poll, el mapa político se estrechó: el oficialismo, con un resultado arrollador de un lado; y una oposición que encontró en Lasso su figura prominente. Por supuesto entre las dos fuerzas quedan en una relación asimétrica considerable.
El presidente hasta el 2017 tiene por delante algunos retos esenciales. Uno en particular: administrar democráticamente, y con tolerancia, la ventaja electoral que ayer obtuvo en las urnas.