Que casi un 50% de la muestra de nuestro último estudio diga haber respondido encuestas anteriormente, es la prueba objetiva e irrefutable de esos límites.Para que una encuesta goce de rigurosidad metodológica, todas las personas que integran el universo que se busca representar debe tener la misma posibi-lidad de ser encuestadas Que casi un 50% de la muestra de nuestro último estudio diga haber respondido encuestas anteriormente, es la prueba objetiva e irrefutable de esos límites.Para que una encuesta goce de rigurosidad metodológica, todas las personas que integran el universo que se busca representar debe tener la misma posibi-lidad de ser encuestadas
El dato que estamos citando muestra que las encuestas digitales no están respetando ese principio de aleatoriedad. Los algoritmos dejaron de trabajar a nuestro favor y empezaron a alimentar las encuestas con audiencias que ya mostraron estar interesadas en responderlas. Audiencias que normalmente están sobre politizadas y (muy) deseosas de compartir sus opiniones.
Ese sesgo de los algoritmos contamina todas las muestras y por lo tanto distorsiona los resultados que obtenemos. Evitar este problema es uno de los desafíos que la industria de la investigación de la Opinión Publica deberá enfrentar en los próximos años.
Pero ese no es el único problema. El instrumento en sí está siendo cuestionado por la misma opinión pública que busca estudiar. Un 52% de los encuestados en nuestro último estudio dice desconfiar de las encuestas que son publicadas en los medios.
Un mayoritario 76% dice que las encuestas ya no reflejan lo que piensa la sociedad. El escepticismo está instalado y es mayoritario. Restaurar el prestigio y la seriedad de un instrumento tan cuestionado es otro de los desafíos que tenemos por delante Un mayoritario 76% dice que las encuestas ya no reflejan lo que piensa la sociedad. El escepticismo está instalado y es mayoritario. Restaurar el prestigio y la seriedad de un instrumento tan cuestionado es otro de los desafíos que tenemos por delante
Un 81% afirma que los políticos son adictos a las encuestas. No podríamos confirmar o desmentir esta afirmación. Pero sí podemos reflexionar sobre lo que ella implica: que la política también tiene una cuota de res-ponsabilidad en todo esto.
También su uso para obtener titulares de #clikbait, más la difusión desmedida y agresiva de encuestas en épocas electorales, forman parte del caldo de cultivo que le quita rigurosidad al instrumento. Específicamen-te de aquellas encuestas que buscan pronosticar con exactitud quirúrgica un resultado semanas o días antes de la elección.
La política opera con la creencia generalizada de que la difusión de estudios en los que determinado candidato sale favorecido aumenta esa tendencia positiva. Décadas de estudios de comunicación política desmienten este mito, pero la persistencia en el error continua y la gente se empieza a cansar.
Un 76% de las personas que respondieron este estudio, afirma que las encuestas no le sirven para determinar su voto Un 76% de las personas que respondieron este estudio, afirma que las encuestas no le sirven para determinar su voto
Las evidencias se siguen acumulando, pero aun así seguramente la mala praxis de publicar pronós-ticos inexactos continuará. Siempre promovidos por la política".
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