La violencia verbal de la “redcracia” alcanza niveles de ferocidad inaudita, aupada en la simpatía presidencial. En los '80 parecía una perogrullada: “la democracia se perfecciona con más democracia”. Sin embargo, hoy se ha vuelto una imperiosa prioridad. De la mano de un ejecutivismo patibulario, reproducido por la patria locutora a su servicio, pretenden enterrar a la democracia por los defectos, errores, horrores y la mar en coche de gestiones precedentes.
Lo que se hizo mal no es argumento válido para destruir la institucionalidad, por más pruebas y desaguisados corruptos que se detecten. El Poder Judicial dirimirá el contencioso de acuerdo a derecho, pero la política, es decir, el arte del consenso y del encuentro entre los diferentes, es indispensable en todo sistema democrático. Lo que se hizo mal no es argumento válido para destruir la institucionalidad, por más pruebas y desaguisados corruptos que se detecten. El Poder Judicial dirimirá el contencioso de acuerdo a derecho, pero la política, es decir, el arte del consenso y del encuentro entre los diferentes, es indispensable en todo sistema democrático.
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En El Definido, de Santiago de Chile, el dibujante Gojko Franulic ilustró así una nota que se tituló "¿Queremos que exista un centro político? ¿Cómo debe ser?".
Por su carácter moderador, el centro salvaguarda los valores de la institucionalidad republicana. Representa el cambio racional y busca la amistad social por encima del conflicto permanente, construyendo liderazgos alternativos basados en el diálogo, el acuerdo y la transparencia. Tal como diría Hipólito Yrigoyen, su programa, sobre todas las cosas, es la Constitución.
La pregunta nace naturalmente: ¿el centro político es un partido, una doctrina, un estilo de gestión, un procedimiento dentro del sistema de partidos? Existen liderazgos centristas en todas las fuerzas democráticas, aunque en el poder dichas fuerzas no implementen políticas moderadas y vuelquen energías hacia alguno de los extremos.
Asimismo, el centro expresa una transversalidad que en gobiernos de coalición puede gestionar políticas moderadas. Por tanto, la tipología es amplia y, a veces, confusa, difusa y profusa. Recordemos que en las campañas electorales, cada consultor se desvive por hacer de su candidato un líder centrista, racional, moderado. El centro, entonces, no siempre está sintetizado por un partido, pero existen partidos y líderes centristas, más allá de las organizaciones en las que militan.
En cierta manera, las ideologías modernas han encontrado su centro. Del socialismo deriva la socialdemocracia; del socialcristianismo, la democracia cristiana. Existen multitud de partidos de centroderecha con ascendencia liberal, como el Partido Popular español y los partidos Nacional y Colorado en Uruguay. Mientras que la centroizquierda ha calado hondo en Chile con Gabriel Boric, en Colombia con Gustavo Petro, en Brasil con Luiz Inácio Lula da Silva; y cree que retornará al poder en la vecina orilla con el Frente Amplio.
La falta de un centro político deteriora las relaciones democráticas y condena al sistema a una tensión constante, donde la diatriba reemplaza al debate y la agresión a la concordia. La democracia nunca es un lecho de rosas, pero tampoco es el lecho de Procusto, al que la reducen los extremos con sus apetencias oligárquicas.
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Maximiliano Pullaro (Santa Fe) y Rogelio Frigerio (Entre Ríos): Gobernadores que no imaginan polarizaciones.
Proyecto de Nación
El panorama para la gobernabilidad democrática, ante la ausencia del centro político, convengamos que es desalentador y peligroso. Ningún extremismo favorece el desarrollo sostenible de las naciones. La Nación, precisamente, es un desafío social que se aborda en democracia, con inteligencia y partidos políticos actualizados. Por ahora, todo eso falta. Sin el pacto constitucional y democrático de 1994, la Nación Argentina languidece, se hunde en las ruinas de aventureros y oportunistas. Comprender esta premisa ayudará a limitar la escalada antipolítica y el imperio de la “redcracia”, con su virulencia ramplona, carente de rigurosidad conceptual y proclive a la falsificación histórica.
Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu -sí, un poco largo-, señalaba que todas las naciones propenden a su conservación, pero cada una tiene un objetivo particular. El objetivo particular para que sea efectivo y viable debería debatirse entre los partidos democráticos.
Nos referimos a la reiterada discusión del aún pendiente Proyecto de Nación, que nada tiene que ver con el Pacto de Mayo alentado por el régimen libertario. La experiencia enseña que ninguna fuerza es conveniente, para la legitimidad política, que imponga el objetivo nacional. La Constitución de 1949, con la inmensa transformación de su contenido social de avanzada, fue el resultado exclusivo del primer Peronismo y quedó teñida de parcialidad. Por eso, fue derogada por un decreto del dictador Pedro Eugenio Aramburu, quedando como un recuerdo y no como un hecho institucional perdurable.
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