No es hora del Albertismo
Distante de este enfoque se encuentra Mario Wainfeld, columnista político dominical de Página/12. Su descripción de lo que está sucediendo, y de lo que puede acontecer, es muy preocupante para el FdT:
"(...) En promedio la interna arde, los estridentes comentarios off the record la acentúan… un mal de la etapa.
La coalición, como las de administraciones anteriores, no construyó espacios políticos de encuentro y diálogo interno por fuera de la gestión gubernamental. He ahí un rasgo perdurable de la cultura política argentina, una falencia endémica. Sin instancias orgánicas para intercambiar, disentir y consensuar el internismo se ahonda, las movidas sorprenden a los compañeros. Un ejemplo, no único, fue la renuncia del diputado Máximo Kirchner a la presidencia del bloque: no se discutió en el bloque ni en plenarios de la Cámpora ni en el PJ bonaerense. La ausencia de organicidad debilita, existe en las facciones más potentes del FdT.
En ese contexto, fulero, el Presidente tiene que relanzar la gestión, producir medidas novedosas, conseguir un salto de calidad. En más de dos años de mandato el gobierno no concretó una ampliación perdurable o institucional de derechos laborales o sociales. Ni siquiera medidas de impacto y esfuerzo fiscal rotundos posteriores a los Anticipos al Trabajo y a la Producción (ATP) o el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) en el momento más crudo de la pandemia. Un gobierno peronista, por definición, adeuda nuevos derechos y conquistas.
Ronda en la Casa Rosada la tentación de replegarse al “albertismo” (existente o imaginario), hay quien la susurra en Palacio. Sería un error porque todo repliegue al “núcleo duro” aísla a cualquier Gobierno, la experiencia histórica alecciona al respecto.
Los relevos de funcionarios que no funcionan tendrían que registrar que esa categoría es transversal a las fuerzas que integran el FdT. Tan complicado como ineludible el deber de Alberto Fernández, en el marco de las pulseadas internas. (...)".
Aníbal Fernández
Horacio Verbitsky opina cercano a Wainfeld en un texto, en su El Cohete a la Luna, en el que intenta darle relevancia, contexto y profundidad a la disidencia de la agrupación La Cámpora contra el acuerdo del Gobierno argentino y el FMI.
Sin embargo, lo más interesante de su contenido resulta el fragmento dedicado a los vidrios rotos del despacho de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) en el Instituto Patria:
"(...) Fue preciso que el ministro bonaerense Andrés Larroque dijera, a las 10.30 del sábado, que lo aturdían el silencio y la parsimonia oficial para que el Ministro de Seguridad de la Nación, Aníbal Fernández, tuiteara a las 14.30 que «me ocupé del cuidado de la persona de Cristina sin que se diera cuenta, con personal de civil. El Presidente está al tanto». De ser cierto sería ilegal y, más que en la categoría de cuidado, entraría en la de seguimiento y/o espionaje. Curioso, porque la Vicepresidenta tiene una custodia oficial integrada por policías federales.
El argumento del cuidado fue el mismo que emplearon los espías de la AFI cuando fueron sorprendidos vigilando los movimientos de Cristina desde un auto estacionado frente al Instituto Patria, durante el gobierno de Maurizio Macrì. Más allá de una chorrera de descargos personales en los que Aníbal se declara «familia» de Néstor y Cristina y dice en público que mantiene su afecto en privado (sic), lo fundamental es que confirmó que el ataque a Cristina fue deliberado, aunque se cuidó de explicar cómo lo sabe. Un rivotril, ahí. (...)
En conversaciones reservadas Aníbal sostuvo que ya hay dos identificados y que sólo espera la orden judicial para detenerlos, aunque esto no es corroborado en los tribunales. El ataque al despacho vicepresidencial ocurrió durante el turno de la jueza federal María Eugenia Capuchetti, quien está trabajando con el área de Intervenciones Judiciales de la Policía Federal. Capuchetti es hija y sobrina de dos comisarios retirados de esa fuerza. A través del software informático Luna identificaron a 4 o 5 jóvenes de entre 18 y 20 años y a uno mayor, de unos 50 años, que actuaron sin ningún tipo de identificación de agrupaciones políticas. A todos ellos se les corrieron los barbijos, de modo que las fotos y filmaciones captaron una parte del rostro.
Luego pasaron esos datos por un sistema de identificación manual y confrontaron las identidades con áreas como Reincidencia y Renaper, en busca de antecedentes penales, que sólo un par de ellos tienen. Todos viven en zonas distantes de la provincia de Buenos Aires. La hipótesis sobre la que se trabaja es que se trata de mano de obra contratada por otros. Pero aún no se determinó si tienen relación entre ellos, si provienen de alguna barra brava, qué tienen en común. (...)".
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