CIUDAD DE MENDOZA ( Los Andes). En este Mundial de fútbol, el Barba le ofreció a Maradona la oportunidad de quedar como los dioses. Si bien no le hizo el milagro de proclamar campeón al equipo que dirigió (tarea casi imposible hasta para el mismo Tata Dios), lo dejó al Diego frente a la opción de retirarse con mucho de dignidad.
De ser recordado por todo lo mejor de sí que puso en Sudáfrica, sin necesidad de mostrar lo peor, que exhibe desde que insistió (y fracasó) en seguir como DT.
Diego, el hombre
El Maradona hombre es alguien común a quien la fama excesiva lo llevó a representar al argentino promedio, más en sus vicios que en sus virtudes.
Profundamente discriminador: a Chilavert lo acusó de ser una planta mandioca, un paraguayo inferior que tenía el tupé de criticar a los argentinos superiores.
A Pelé -y a todos los negros del mundo- le dijo que no hay negro que no destiña.
A sus hijos extramatrimoniales los negó, estigmatizándolos además con ser hijos de la plata o el error.
A todos los que se le opusieron los denigró con burlas sexuales machistas. Incluso se rio de los homosexuales diciendo que mientras más de ellos hubiera, más mujeres quedarían para los "machos de verdad" como él.
Enorme adulador del poder de turno: en 1995 dijo que votaría a Menem porque era un gran presidente. En 2004 dijo querer que Kirchner sea Jesucristo. Más de una vez alabó a Grondona y hace muy poco se exhibió junto a él y al poder político como trofeo simbólico para ayudar a justificar la estatización de facto del fútbol nacional.
Como buen oficialista, fue pionero en la extendida moda actual de teñirse con el progresismo políticamente correcto para justificar ideológicamente sus obsecuencias al poder, alabando a Fidel Castro y Chávez o insultando a EEUU o al Papa.
Así, afirma no gustarles los comunistas en Mercedes Benz y con un Rolex Presidente en la muñeca, cuando él es expresión cabal de esa contradicción que critica en los demás.
Cada vez que algo le va mal en la vida, se lo adjudica a una conspiración oculta y jamás admite una autocrítica o la hace a destiempo para glorificarse o autovictimizarse, nunca para intentar mejorarse.
Para él, el mayor pecado es ser buchón y la virtud máxima es la lealtad a su persona, confundiendo lealtad con amiguismo o complicidad. Todos son traidores si no le besan la mano y divide a los humanos entre amigos y enemigos, abjurando de todo término medio, al que considera mera pusilanimidad.
Es, por sobre todas las cosas, el ejemplo del individualismo extremo, incapaz de entender o construir nada colectivo en donde él no sea el centro excluyente.
Diego, el sobreviviente. Hay ídolos populares que pueden liberarse fácilmente del peso de la leyenda que portan, integrándose sin dificultad a la sociedad en tanto seres humanos comunes. Pelé, Fangio, hasta Palito Ortega o Reutemann pudieron proseguir sus vidas sin cargar con el peso de su pasado.
Mientras que otros ídolos populares jamás pudieron desprenderse del estigma de su éxito y la vida se les fue con él, como Gatica, Monzón, Galíndez o Ringo Bonavena.
Unos pudieron seguir viviendo sus existencias comunes y otros no, pero Maradona no encaja en ninguna de ambas categorías. Nunca se pudo integrar del todo, como que se negara a separar al hombre del mito, pero demostró poseer una capacidad de sobrevivencia a prueba de balas.
Su habilidad de adular al poder para luego criticarlo como si jamás lo hubiera adulado, es un camaleonismo que le permite seguir siempre siendo protagonista principal.
La bronca y el odio que a tantos enferma, en él parecen ser acicates para renacer una y otra vez, pese a que Diego debería tener muchas más cosas que agradecerle a la vida de lo que sus resentimientos reiterativos muestran.
En fin, cuando un hombre ordinario puede convivir con su leyenda extraordinaria, la vida sigue. Cuando eso no ocurre, la muerte viene.
Pero Maradona sigue adelante porque siendo su mito tan pero tan grande, le permite al hombre común que lo porta transformar en altamente simbólico todo lo que hace o dice.
No obstante, al devenir símbolo viviente, el hombre no puede sostener ni destruir al mito, sino que vive esclavo del mismo, sin beneficio para él ni para nadie. Excepto para los que los usan (incluyendo al propio Maradona que tantas veces se usa a sí mismo).
Así como Menem o Kirchner lo usan para fortalecer su poder político, Grondona y Blatter como artículo publicitario para vender un Mundial gris y Chávez hasta para declarar una guerra de historieta, Maradona se deja usar para seguir sobreviviendo.
Aunque el mito siga matando al hombre que no se muere pero tampoco vive, como una eterna condena. Es que en nombre de lo que ya no es, será manipulado como marioneta por las cosas del poder. Y él seguirá rindiéndose cuando lo usan y luego confrontando cuando lo tiran. Una y mil veces, siempre igual.
Diego, la leyenda
En este Mundial, como Juan Moreira en lucha contra la adversidad infinita (adversidad que incluye la absoluta incapacidad de conducir un grupo quien ni siquiera puede conducirse a sí mismo) y portando la sola bandera de su individualismo vital quizá heredado de los gauchos justicieros, intentó lo imposible: como por arte de magia se imaginó ser el doceavo jugador y buscó, a partir de esa utopía, meterse en espíritu de nuevo dentro de la cancha (único lugar donde tantas veces se encontró con el Barba) para influir en los jugadores como antes lo hacía con sus piernas, su genio y su alegría.
No pudo entrar, pero lo intentó con tanta fuerza, con tantas ganas, que hasta le volvió la alegría al rostro y al corazón.
Otra vez parecía un niño chico jugando con la pelota. Sin rencor. Pedía prudencia y rechazaba el exitismo. Trasmitía parte de su aura hasta al vejete de Palermo y a los jugadores los animaba como nadie, aunque no tuviera la menor idea de cómo conducirlos.
Es que 'el Barba' no lo dejó solo en la patriada imposible de ganar. Por eso le devolvió esa sana alegría de sus tiempos legendarios, esa que el Diego no mostró cuando clasificándose penosamente al Mundial, en vez de festejar sólo se limitó a vengarse de sus críticos pidiendo le hagan una vulgar fellatio.
Así, gracias al Barba, durante el Mundial el Diego pudo ser mucho más que ese vulgar muñequito de torta para lo que lo convocaron Blatter y Grondona. Incluso, su fracaso final impidió que el poder político lo usara como mero sponsor oficial de su campaña electoral.
O sea, 'el Barba' le ofreció la puerta para una retirada con gloria. Para que el hombre Maradona se reconciliara con el mito Maradona, se separara de él y pudiera, al fin, vivir en paz.
Pero el hombre decidió seguir peleando contra todos, incluso contra sí mismo. Y hoy, otra vez perdió la alegría. Y otra vez se le cortó la línea directa con el Barba.