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La reivindicación de María Antonieta (2): El verdadero testamento de la Reina

"(...) A vos, mi hermana, escribo esta última carta. Me acaban de condenar, no a una muerte honrosa –que sólo lo sería tal para los criminales–, sino a que me reúna con vuestro hermano; al igual que él, soy inocente, y espero poder mostrar la misma firmeza que él en los últimos instantes (...)".

Por asombroso que parezca, hasta el momento, según Max Lacruz, editor de 'Mi testamento de María Antonieta de Austria' (Funambulista), han permanecido inéditos en castellano tanto la requisitoria del acusador público Fouquier, piedra angular del proceso, como el supuesto testamento-confesión de la Reina, redactado horas antes de ser guillotinada.
Son dos de las tres piezas que reúne el libro, que también incluye la carta que María Antonieta escribió a su cuñada el mismo día de su muerte, el 16 de octubre de 1793, que reproducimos en esta página. Unos testimonios sobrecogedores, los dos primeros por su crudeza e infamias y el último por la serenidad, "entereza e inocencia de una mujer que murió sólo por ser la esposa del rey Luis XVI", destaca Max Lacruz.
Parece evidente que el primer testamento atribuido a María Antonieta es falso, escrito tal vez por un 'sans culotte' que trataba de justificar la sentencia a muerte dictada por el Tribunal Revolucionario, aunque Lacruz señala que es probable que mucha gente creyera que era auténtico, a pesar de las barbaridades que contenía o precisamente por ellas.
Para empezar, estaba dirigido al diablo, al que la Reina aseguraba haber servido "en todas las acciones de mi vida".
Un aperitivo para lo que venía después: "Soy un monstruo. ¡Sí! ¿Quién puede saberlo mejor que quien, dominando su alma, supo inspirar el ardiente amor al crimen, que hizo mis delicias desde mi más tierna edad? Pero nada nuevo te digo, ni a ti ni a toda Europa".
Tampoco mostraba más piedad hacia el desdichado Luis XVI, su marido, ejecutado en enero de 1793, y del que supuestamente escribió: "En cuanto al necio de mi marido, no quiero ni debo oír hablar de él; imbécil y desabrido, beodo y tozudo hasta su muerte, ¿qué podría esperar de él en las orillas del Flegetonte, ahora que se ha dejado allí arriba la poca sesera, a fe mía, que le quedaba, por una mutilación bien ideada?".
Un engaño que en su tiempo encontró los lectores que no conocieron la carta última que realmente escribió María Antonieta. a su cuñada Élisabeth, a las 4:30 de la mañana del día de su ejecución, el 16 de octubre de 1793, y en la que le pide que perdone al malogrado Luis XVII por las terribles acusaciones que profirió contra ambas, cuando, atormentado por los acusadores, acabó denunciando a su madre y su tía por haberle corrompido. La carta jamás llegó a su destino, y Elisabeth también fue guillotinada poco tiempo después.
El libro, que retrata los claroscuros de una época terrible y de un personaje tan controvertido como el de María Antonieta, nace del interés de Max Lacruz por un periodo histórico que estudió en su juventud y que la distancia, las lecturas y el tiempo le han hecho mirar desde perspectivas nuevas. "Pero siempre con pasión", explica ahora el editor y traductor.
"En ningún momento histórico se producen tantos cambios y tan trascendentales en tan poco tiempo como en los años de la revolución. Hay un antes y un después, y no sólo define lamodernidad sino que transforma el concepto mismo de hombre, política y sociedad".

Última carta de María Antonieta en vida a su cuñada Elisabeth Capeto

"Este 16 de octubre, a las cuatro y media de la mañana.
A vos, mi hermana, escribo esta última carta. Me acaban de condenar, no a una muerte honrosa –que sólo lo sería tal para los criminales–, sino a que me reúna con vuestro hermano; al igual que él, soy inocente, y espero poder mostrar la misma firmeza que él en los últimos instantes.
Me siento tranquila como cuando la conciencia nada os puede reprochar. Me embarga un profundo pesar por tener que abandonar a mis pobres criaturas. Sabéis que sólo vivía por ellas y por vos, mi querida y tierna hermana,vos,que con vuestra amistad lo habéis sacricado todo para estar junto a nosotros.
¡En qué estado os dejo! Me he enterado durante el proceso de que han apartado a mi hija de vuestro lado.
Pobre criatura, ay, no me atrevo a escribirle;no recibiría mi misiva,ni tan sólo sé si esta carta os llegará. [...] Debo hablaros de algo penoso: sé cuánta pena os habrá debido causar esta criatura. Perdonádselo,querida hermana, y pensad en la edad quetiene, y en qué fácil es hacerle decir a un niño lo que se quiera,y aun lo que él no comprende. [..]. Muero en la religión católica, apostólica y romana,en la de mis padres, en la que me crié y que siempre he profesado. [...] Pido perdón a todos aquellos que conozco y a vos, hermana mía, en particular, por todas las penas que, sin querer, haya podido causar.
Perdono a todos mis enemigos el daño que me han hecho. Me despido aquí de mis tías y de todos mis hermanos y hermanas.
Tuve amigos: la idea de separarme para siempre de ellos y de sus penas es una de las cosas que más lamento y que me llevo a la tumba; que sepan al menos que, hasta el último instante, he pensado en ellos. [...] Adiós, mi querida y tierna hermana; ojalá esta carta pueda llegaros: pensad siempre en mí; os beso con todo mi corazón así como a mis pobres y queridos hijos.
Dios mío, ¡qué desgarrador es abandonarlos para siempre! ¡Adiós,adiós! Ya sólo me ocuparé de mis deberes espirituales. Dado que no soy libre de mis acciones,tal vez me manden a un sacerdote; pero protesto y aquí afirmo que no le diré ni una palabra y que lo trataré como a un ser por entero extraño".

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