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Cómo dolarizar la Argentina sin olvidarse del sargento Cabral

Pese a la recesión, el 1er. mes de 2019 envió un mensaje: la inflación tiene un piso elevado imposible romper sin las reformas estructurales que no hará Cambiemos en año electoral, y que tampoco serán abordadas en el futuro por ninguna fuerza partidaria opositora. Ahora bien, la Argentina ha sobrecumplido la meta establecida por el Fondo Monetario Internacional, tal como lo dijo el ministro de Economía, Nicolás Dujovne. Entonces aparece el dilema: se cumplen las metas del FMI pero no se resuelve la crisis sino que solamente se aseguró el pago a acreedores, para lo que es necesario la ficción de la calma cambiaria que, de paso, es funcional al deseo de reelección de Mauricio Macri. La demostración más concreta de la ausencia de soluciones permanentes es el regreso del debate sobre la dolarización.

Juan Bautista Cabral fue un soldado argentino, de origen zambo, del Regimiento de Granaderos a Caballo, que murió tras el Combate de San Lorenzo, el 03/02/1813 al socorrer al entonces coronel José de San Martín cuyo caballo había caído durante el único combate del que participó en el territorio que hoy día se conoce como República Argentina pero que en ese momento, consecuencia del lamentable 1er. Triunvirato, se llamaba "Provincias Unidas del Río de la Plata a nombre del Señor Don Fernando VII".

Aquel pasado de 2 ejércitos batallando en nombre del mismo Soberano es una buena introducción al presente tan contradictorio de la Argentina 2019.

Es complicado abordar la dolarización 24 horas después del recuerdo del combate de San Lorenzo, junto al convento de San Carlos Borromeo, en Santa Fe, porque se trata de asumir que los herederos de los héroes quebraron el sueño patrio.

Sin embargo, para construir el futuro sólo se tiene la realidad como soporte, y hay que convivir con algunas cuestiones básicas de 2019 porque el resto es ilusión o melancolía, que recicla la ilusión.

Por ejemplo, la sociedad argentina no quiere enterarse que su Banco Central está quebrado, tal como lo explicó Diego Giacomini durante una saludable intervención en A24.

En algún momento, al menos una porción considerable de la sociedad deberá asumir la quiebra que surge de que las reservas de libre disponibilidad equivalen a mucho menos valor que los pasivos del propio Banco Central, que incluyen las Leliq, herramienta de emergencia más caras y capitalizan más rápido que las anteriores Lebac.

¿Qué significa esto? Es correcta la apreciación de Giacomini: la única forma que tiene el Banco Central de resolver su contabilidad consiste en, periódicamente, licuar deuda con inflación y devaluación del peso.

Esto quiere decir que la sociedad argentina vive dentro de un círculo perverso pero la mayoría prefiere pagar el costo de permanecer antes que afrontar el desafío de salir.

Por supuesto que los dirigentes son más responsables que el resto de la sociedad por las decisiones fundamentales, en especial en el marco de una Constitución hiperpresidencialista, federal sólo en lo nominal y liberal apenas en la letra, por decisión de esos dirigentes.

Entonces, Cambiemos/PRO se conforma con mantener el dólar quieto con dinero que se alquila al Fondo Monetario Internacional a cambio de asegurar el pago a los acreedores; y el panperonismo opositor se encuentra satisfecho con la posibilidad de denunciar que la recesión continúa y que hay riesgo de que explote la calma cambiaria.

Es una grieta inútil porque no resuelve nada. Y oculta la verdadera grieta que pasa por seguir en lo mismo o cortar el nudo de la inacción. Pero no hay más que eso ('de manual' diría el consultor Guillermo Seita, tan de moda por estos días) en una Argentina que decrece: el Producto Bruto Interno por habitante al final de 2019 será 8 puntos más bajo que el de 2015, 11 menor al de 2011 y 6 puntos por debajo del de 2008. Esto significa, en concreto, menos empleo para más habitantes, y por lo tanto caída del salario realNi soñar con integrar a los ni-ni porque no hay lugar para ellos: así queda en evidencia la perversidad de la enorme estructura de subsidios sociales.

La consecuencia consiste en que los argentinos ya no creen en sus dirigentes políticos y tampoco en los economistas. Todo esto es soportable mientras los argentinos no dejen de creer en las instituciones, pero es un peligro que crece a diario.

Ya que estamos con los políticos: ellos son responsables de construir un Estado mastodonte. El gasto público argentino y la presión tributaria necesaria se encuentra muy por arriba del promedio de América Latina. La Argentina ha organizado un sistema recaudatorio equivalente al que tienen países con 5 veces más ingresos. Es obvio que la producción está encorsetada, que los emprendedores están encerrados y que la economía argentina sólo resiste inversiones de bajo riesgo o sea altísima tasa de retorno, algo que le concede contexto a la corrupción como forma de gestión.

Los argentinos tienen argumentos irrefutables para desconfiar del peso, castigado por 1.300% de inflación en 10 años. Y también los tienen para confiar en el dólar estadounidense: en el mediano y largo plazo, nunca les falló.

Los argentinos no hacen transacciones importantes en pesos pero sí en dólares. Y su ahorro lo concretan en dólares y no en pesos. También la rentabilidad se mide en dólares.

Entonces, ¿no es más práctico dolarizar? Por supuesto que sí, pero parte de la enfermedad social argentina es identificar el problema, conocer la respuesta pero persistir en el error porque, en teoría, le demanda menos esfuerzo. En esto aparece una discrepancia con Giacomini: él es más optimista porque saltea los pruritos, el falso chauvinismo y la ausencia de practividad en el pensamiento enciclopédico siglo 18 o 19 que aún marca a muchos.

Algo más: tal como lo describió él, dolarizar impone -para hacerlo bien, no como Ecuador, que aumentó su deuda pública- un trabajo enorme, en especial a los dirigentes:

** ley que limite la deuda pública,
** ley que limite el gasto publico,
** ley de equilibrio fiscal.

También:

** reforma del Estado,
** reforma bancaria,
** reforma monetaria.

Y el capítulo de competitividad también precisa:

** reforma laboral y
** reforma previsional.

Solamente si esto fuese en serio, USA concedería un acuerdo bilateral para concretar el respaldo indispensable de utilizar su unidad de cuenta, pero eso es imposible hoy, no por cuestiones ideológicas sino más o menos por lo mismo que Washington DC cortó a los argentinos el beneficio de ingresar a su territorio sin visa: la ausencia de credibilidad en la ejecución del compromiso.

Por lo tanto, los argentinos seguirán bañándose en el charco, mintiéndose que es agua limpia.

No hay motivo para el optimismo en una sociedad que no quiere aceptar que en 2019 se encuentra peor que en 2001, cuando sólo se llevaba 2 años de caída del PBI y no 10 años de deterioro, y no había inflación y estaba vigente una estructura tributaria más baja.

Sin querer entrar en debates interminables, probablemente por todo esto el comandante de San Lorenzo prefería una monarquía a los llamados "gobiernos patrios" que siempre han interpretado mal qué significa Patria.

El debate completo de Diego Giacomini

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