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El constante deteriodo de los salarios, el empleo y la capacidad de pago

El BCRA aflojó la política monetaria para sostener el crédito, pero detrás de esa decisión asoma una alerta por salarios en caída, empleo débil y mora en alza

La decisión del Banco Central (BCRA) de profundizar la baja de tasas y de seguir liberando liquidez merece una lectura bastante más exigente que la que surge de una interpretación superficial, porque detrás de ese movimiento no aparece solamente una intención de acompañar la desinflación o de darle mayor dinamismo al crédito, sino la necesidad de reaccionar frente a una señal de alerta que empezó a volverse demasiado visible en el frente social y financiero. El informe de Facimex deja en claro que el problema ya no pasa sólo por el ritmo del IPC, sino por el deterioro simultáneo de los salarios, el empleo y la capacidad de pago de las familias, tres variables que hasta hace poco parecían contenidas dentro del esquema de estabilización y que ahora empezaron a mostrar fisuras que el oficialismo no puede ignorar.

Ese corrimiento del eje de preocupación pública explica buena parte del cambio de tono en la política monetaria. Según surge del trabajo, la encuesta de la UdeSA mostró por primera vez en casi una década a los salarios y a la falta de trabajo como los principales problemas del país, mientras que AtlasIntel junto con Bloomberg ubicó la aprobación presidencial en 36,4% y detectó que el desempleo pasó a ocupar un lugar cada vez más central en la percepción social.

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A la vez, el Índice de Confianza en el Gobierno de la UTDT cayó por cuarto mes consecutivo hasta 46,0, una dinámica que refuerza la idea de que el malestar ya no está atado exclusivamente a la nominalidad de la economía, sino a la consistencia de la mejora en la vida cotidiana. Cuando una administración que construyó su capital político alrededor de la desaceleración de la inflación empieza a convivir con encuestas donde la angustia principal deja de ser el alza de precios para pasar a ser el bolsillo y el trabajo, el mensaje político y económico cambia de manera sustancial.

En ese contexto, la movida del BCRA deja de ser una simple calibración técnica y pasa a convertirse en una respuesta defensiva frente a un deterioro que ya impacta sobre una de las patas que habían sostenido la recuperación, que fue el crédito al sector privado.

Durante buena parte del proceso de estabilización, el financiamiento a familias y empresas ayudó a sostener el consumo y a amortiguar la debilidad de los ingresos reales, sobre todo en bienes durables, pero esa dinámica perdió fuerza a medida que la inflación dejó de licuar cuotas y las tasas reales se mantuvieron elevadas durante demasiado tiempo.

El resultado fue un freno cada vez más notorio en el ritmo del crédito y, todavía más delicado, una suba muy fuerte en los niveles de irregularidad de la cartera vinculada a hogares. El resultado fue un freno cada vez más notorio en el ritmo del crédito y, todavía más delicado, una suba muy fuerte en los niveles de irregularidad de la cartera vinculada a hogares.

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La alarma real está en la mora de las familia

El dato más inquietante del informe aparece precisamente ahí, porque la irregularidad del crédito (mora) a las familias pasó de 2,7% en julio de 2024 a 10,6% en enero de 2026, un salto que lleva ese indicador al nivel más alto desde la salida de la convertibilidad. Ese número no describe una tensión menor ni un desvío estadístico pasajero, sino un deterioro concreto en la capacidad de miles de hogares para cumplir con sus obligaciones financieras, en un contexto en el que la expansión previa del crédito había sido presentada como una muestra de normalización.

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Lo que antes funcionaba como sostén del consumo ahora amenaza con transformarse en un factor de vulnerabilidad, porque cuando la mora escala a esa velocidad el problema deja de ser sólo de los deudores y empieza a trasladarse a los balances de los bancos, a la calidad del fondeo y a la sustentabilidad de la propia recuperación. Lo que antes funcionaba como sostén del consumo ahora amenaza con transformarse en un factor de vulnerabilidad, porque cuando la mora escala a esa velocidad el problema deja de ser sólo de los deudores y empieza a trasladarse a los balances de los bancos, a la calidad del fondeo y a la sustentabilidad de la propia recuperación.

Facimex también sugiere que parte del sistema financiero pudo haber subestimado la magnitud del riesgo durante la fase expansiva. La compresión del ROA y del ROE bancario da a entender que las entidades no calibraron correctamente ni el comportamiento futuro del costo de fondeo ni la probabilidad de incumplimiento de los segmentos a los que salieron a prestar, una combinación que ahora obliga a rehacer cuentas en un momento incómodo.

Por eso el Banco Central decidió intensificar el alivio. La estrategia combina más liquidez para empujar hacia abajo las tasas pasivas y una flexibilización de encajes que busca mejorar el traslado hacia las tasas activas, con el objetivo de abaratar el financiamiento y dar margen para refinanciar deuda sin seguir estrangulando a los hogares. La decisión más reciente de no renovar una regulación que había elevado transitoriamente en 5 puntos porcentuales los encajes de cuentas a la vista integrables con bonos se inscribe dentro de esa lógica, porque apunta a reducir el costo de fondeo bancario y a estabilizar el mercado de muy corto plazo.

En el corto plazo se se intenta evitar que la presión sobre los deudores siga escalando y que la cadena de incumplimientos termine afectando de manera más profunda la intermediación financiera. En el corto plazo se se intenta evitar que la presión sobre los deudores siga escalando y que la cadena de incumplimientos termine afectando de manera más profunda la intermediación financiera.

El problema es que esa respuesta, aun cuando tiene racionalidad táctica, no deja de exponer una contradicción delicada. Si la economía realmente se encuentra en niveles de actividad históricamente altos y si la estabilización sigue siendo presentada como un proceso exitoso, entonces el hecho de que el Banco Central necesite aflojar con esta intensidad para contener el deterioro del crédito revela que debajo de la superficie hay un desgaste bastante más serio del que sugieren los agregados macroeconómicos.

La expansión monetaria no aparece, en ese sentido, como una herramienta para acelerar una recuperación vigorosa, sino como un recurso defensivo para impedir que un problema social se convierta además en un problema financiero.

El Gobierno busca desactivar un frente sensible

La dificultad adicional es que la raíz de esa tensión no se resuelve sólo con tasas más bajas, porque el verdadero cuello de botella está en la evolución del ingreso real. El informe remarca que en enero el salario real de los trabajadores privados registrados cayó 0,7% mensual y encadenó su quinta baja consecutiva, acumulando un retroceso de 2,3% desde agosto, mientras que el empleo privado registrado mostró siete meses seguidos de caída y cerró el segundo semestre con una baja desestacionalizada de 1,5%.

Cuando esos datos se complementan con el retroceso de 1,8% real en la llamada masa de consumo entre agosto y diciembre, lo que aparece no es una dificultad aislada del sistema financiero, sino una pérdida de capacidad estructural de los hogares para sostener el nivel de gasto sin recurrir cada vez más al financiamiento. Cuando esos datos se complementan con el retroceso de 1,8% real en la llamada masa de consumo entre agosto y diciembre, lo que aparece no es una dificultad aislada del sistema financiero, sino una pérdida de capacidad estructural de los hogares para sostener el nivel de gasto sin recurrir cada vez más al financiamiento.

Ahí radica la principal señal de alerta para el Gobierno. Durante meses, el relato económico giró alrededor de la baja de la inflación, de la consolidación del superávit y de la recuperación de la actividad, pero el informe de Facimex sugiere que empieza a abrirse una grieta entre la macro que ordena y la micro que todavía no termina de recomponerse. Cuando el salario cae, el empleo se debilita, la mora sube y el Banco Central tiene que salir a abaratar con urgencia el costo del dinero para evitar que el crédito siga deteriorándose, el cuadro deja de ser el de una transición prolija y empieza a parecerse al de una administración que intenta impedir que el cansancio social se traduzca en una erosión más profunda de la confianza.

La apuesta oficial consiste en ganar tiempo y evitar que ese deterioro se acelere, pero el margen tampoco es infinito, porque una política monetaria demasiado expansiva puede terminar alimentando otro foco de tensión. Facimex advierte que el sesgo actual ya luce excesivo, con tasas reales negativas, instrumentos CER cortos hundidos en terreno rojo y rendimientos de plazos fijos ubicados entre 22% y 25%, niveles que quedan por debajo de la inflación esperada.

Si ese relajamiento monetario ayuda a frenar la mora y a descomprimir el crédito, el Gobierno habrá conseguido aire en un frente sensible, pero si la mayor liquidez termina trasladándose a las expectativas de inflación o vuelve a meter presión sobre el dólar, el intento por apagar una alarma puede reactivar otra todavía más difícil de administrar.

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