Según ambas teorías, eso llevó a algunas adaptaciones corporales como el acortamiento del colon y el alargamiento del intestino delgado con el fin de poder digerir mejor ese tipo de alimento.
"Una de las razones es que es aislante de la electricidad y las células fundamentales del cerebro (las neuronas) ‘hablan’ entre sí a través de impulsos electroquímicos. Sin esa grasa, y con las neuronas ‘hablando’ a la vez, nuestro cerebro se podría incluso sobrecalentar. Otra razón es que la grasa ‘funcional’ contribuye precisamente a efectuar muchas de las actividades cerebrales”, aonta en el tema la neurocientífica y profesora de Fisiología en la Universidad de La Laguna en Tenerife, Raquel Marín.
En consideración, dicha evolución podría hacer pensar que la falta de grasas necesarias para el cerebro pudiera provocar un deterioro paulatino de este.
No en vano, la renovación y restauración neuronal se lleva a cabo gracias a la metabolización de las grasas en el cuerpo, lo que es un método válido de cara a prevenir enfermedades degenerativas del como el Alzheimer.
Cambiando esquemas
Tenemos que romper el paradigma de que la grasa es mala, si bien es cierto que existen algunas, muy bien conocidas, que no aportan nada bueno para el organismo. Las grasas de origen natural son importantes para el cuerpo. Es tal, que simplemente sin las grasas, como las del aguacate, la nuez o el aceite de oliva simplemente no podríamos vivir, a diferencia del azúcar del cual podemos prescindir sin ningún efecto negativo para el organismo.
Batido para mejorar la memoria y el cerebro
No debemos confundir los ácidos grasos que nos aportan los alimentos anteriormente nombrados, con las grasas trans, que han sido señaladas en reiteradas ocasiones por la comunidad científica y médica como uno de los causantes de las elevadas tasas de enfermedades cardiacas.
Las trans se encuentran en alimentos que han sido sometidos a hidrogenación, como es el caso de comidas rápidas, productos pastelería industrial y otros productos procesados y fritos. Este proceso sirve para que duren más y conserven su sabor, pero suponen un riesgo para la salud… y, claro está, para el cerebro.
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Pescados azules. Pescados como las sardinas, el salmón, el atún, la trucha o la caballa aportan una gran cantidad de ácidos omega 3, es decir, de grasas beneficiosas para el cuerpo humano en general y para el cerebro en particular. Tanto es así que incluso se recomiendan en procesos de depresión y estrés. En el caso de estos pescados, se deben comer frescos. Asimismo, resultan más saludables los de menor tamaño ya que hay una menor presencia de metales como el mercurio.
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Aguacate. Se trata de un fruto que puede resultar básico para la alimentación, dado que aporta nutrientes que ayudan a estabilizar el azúcar en sangre. Además, proporciona energía al cerebro.
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Aceite de oliva virgen extra (prensado en frío). Los tipos de aceite de oliva son muchos y de calidades muy diversas. Cuando es virgen extra y está prensado en frío, aporta una mayor cantidad de polifenoles, es decir, antioxidantes que ayudan a prevenir el envejecimiento y el deterioro de las neuronas cerebrales. Como el aceite de oliva pierde muchas de sus propiedades cuando se le aplican altas temperaturas, es mejor emplearlo en ensaladas o como condimento.
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Aceite de coco biológico (prensado en frío). Al ser rico en grasas saturadas, este aceite no ha gozado de gran popularidad hasta que se ha demostrado que las grasas que realmente afectan a la salud son las grasas trans. Es más, las grasas saturadas que proporciona no son como las de la carne roja o el queso, sino que son triglicéridos de cadena media, los cuales metabolizan mucho mejor (están presentes también en la leche materna). Todo ello convierte al aceite de coco biológico en un alimento clave para mitigar –en la medida de lo posible– enfermedades como el alzhéimer o la epilepsia.
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Nueces. Al igual que los pescados azules, las nueces son una excelente fuente de grasas omega 3, con la salvedad de que estas son de origen vegetal (algo menos potente). Eso sí, como principales propiedades se encuentran la estimulación de la función cerebral y su capacidad antioxidante.