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Zach, el mejor alumno

Tiger Woods le había enseñado las claves para vencer. La 1ra. vez no le quedaron muy claras, pero cuando llegó la 2da. oportunidad, Zach Johnson no falló. Este jugador de Iowa (USA), de 31 años, es el nuevo campeón del Masters de Augusta. El protagonista de una sorpresa mayúscula, al imponerse al favorito Nº 1.

El año pasado, antes de que se jugara la Ryder Cup en Irlanda, Tiger Woods sorprendió a los 4 debutantes del equipo estadounidense que, por 1ra. vez, se iba a medir a Europa fuera de casa. Al finalizar uno de los entrenamientos, les comunicó que aquella noche cenarían con él en un steakhouse cercano al club de golf.
Bret Wetterich, Vaughn Taylor, J. J. Henry y un semidesconocido llamado Zach Johnson palidecieron ante la idea. Ellos, sentados junto a su ídolo. Woods, al que se acusaba de falta de integración con el conjunto estadounidense, tomó la iniciativa y, a pesar de que el golf es un deporte individual, se puso al frente del equipo al encargarse de los novatos.
Aquella noche apenas hablaron, todo eran oídos para escuchar atentos los consejos del golfista en activo más sabio, el deportista mejor pagado, el más influyente. No se aplicaron los consejos de aquella noche. Europa barrió a USA por un contundente 18,5 puntos a 9,5.
Apenas medio año después los 5 han vuelto coincidir, esta vez en el Masters, donde Woods partía como favorito indiscutible para conseguir la 5ta. chaqueta verde de su carrera, el 13er. título del Grand Slam. Se lo arrebató Zach Johnson, que sólo había ganado antes el BellSouth Classic de 2004.
Su registro, 289 golpes -2 sobre el par-, es el mayor de la historia del Masters, igualado con el de Sam Snead en 1954 y el de Jack Burke en 1956. Es la muestra de la dureza de un campo que se ha impuesto a la tecnología.
La 71 edición del Masters será recordada como un partido en el que apenas se escuchó a la grada rugir. Los espectadores se han pasado más tiempo con las manos en los bolsillos que aplaudiendo. Los responsables del Augusta National deberán analizar ahora si era esto lo que querían cuando alargaron el campo y lo fortalecieron para frenar a jugadores como Woods.
La diferencia con respecto a las últimas temporadas fue la lluvia. Esta vez no cayó una sola gota. El campo estaba durísimo y controlar la bola, sobre todo en el momento de lanzar a green, era una temeridad. Para mayor emoción, aparte de las bajas temperaturas, el viento acabó por volver locos a golfistas y aficionados.

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