Puesto que la manera preferida tanto de los kirchneristas como de los duhaldistas de comunicarse con el electorado consiste en arengar a grupos de presuntos militantes movilizados por punteros, sería acaso vano esperar que intentaran explicarnos por qué unos son mejores que otros. Es una lástima. De esforzarse seriamente por diferenciarse del matrimonio Duhalde, Kirchner y su esposa tendrían que criticar la gestión del caudillo bonaerense como presidente interino.
Sin embargo, aparte de aludir a algunos detalles a su entender desafortunados, son reacios a hacerlo porque desde su propia elección hace más de dos años Kirchner se limita a administrar el modelo que, con el ministro de Economía incluido, le legó Duhalde.
Merced a una coyuntura internacional muy favorable y la voluntad de tantos argentinos a resignarse a la pérdida permanente de lo que una vez tuvieron, Kirchner, políticamente beneficiado por el rebote macroeconómico que siguió al colapso, aún no se ha visto perjudicado por su pasividad, pero a menos que en el futuro un gobierno entienda la necesidad de hacer de la Argentina un país confiable, con reglas de juego claras e instituciones que funcionen, no habrá posibilidad alguna de que se inicie un período prolongado de crecimiento sustentable.
Tampoco lo habrá si no se logra frenar el proceso de "latinoamericanización" caracterizada por un abismo cada vez más ancho y más profundo entre una minoría primermundista y el resto de la población.
Si la ruptura de los Kirchner con los Duhalde supuso una ruptura con el modelo duhaldista, podrían tomarse las hostilidades que se han abierto en la provincia de Buenos Aires por una señal de que por fin el país ha comenzado a despertarse del coma en el que cayó más de tres años y medio atrás. Ya que, a pesar del izquierdismo declamatorio de Kirchner y el conservadurismo de Duhalde, sus ideas son en el fondo muy similares, lo único que significaría el previsto triunfo de éste sobre aquél sería el reemplazo de algunos actores por otros aunque, de más está decirlo, los suplentes continuarían desempeñando los mismos roles que antes.
Según parece, a partir del verano nefasto del 2001 y 2002 la Argentina se ve atrapada en el mismo culebrón interminable, mientras que otros países mejor gobernados, como Chile, siguen avanzando, anotándose victorias auténticas en la batalla contra la pobreza y preparándose para enfrentar con éxito los desafíos sumamente duros que plantea a todas las sociedades la globalización económica.