ver más

Los riesgos de las palabras del presidente (a sus piqueteros): ¿Tirarle una molotov a una estación?

No se recuerda, en la historia reciente, que un presidente de la Nación haya lanzado un boicot con nombre y apellido contra una empresa privada instalada en el país. Ayer, U24 publicó sobre el negocio que podría traer esto a Néstor K y Chávez que no pudieron hacerse con la petrolera. Pero, además de los 12.000 argentinos que quedarían sin trabajo, la irresponsabilidad de las palabras del presidente, podrían llegar a un terrible daño material. ¿Qué pasaría "si un piquetero embravecido o un simple argentino trasnochado decide tirarle una molotov a una estación de servicio con 12.000 litros de combustible en sus cisternas"?. A continuación, la nota de La Nueva Provincia:

El presidente Néstor Kirchner reforzó ayer su escalada verbal contra Shell y llamó a los argentinos a realizar "un boicot nacional" para perjudicarla y a "no comprarle ni una lata de aceite". Pidió llevar adelante esa actitud "sin violencia y con calma", 24 horas después de haber denunciado una suba "irresponsable" del precio de los combustibles en las estaciones de servicio de la petrolera.

Memoriosos que merodeaban ayer la Casa Rosada y las oficinas de algunas empresas de la City porteña no recordaban, al menos en la historia reciente, que un presidente de la Nación haya lanzado un boicot con nombre y apellido contra una empresa privada asentada en el país.

Condescendientes voceros oficiales intentaron --apenas se había acallado la encendida flema del santacruceño-- apaciguar esos dichos y calzarlos en el marco del enorme malhumor que le está provocando al presidente la suba de precios y la amenaza de un proceso inflacionario de consecuencias impredecibles, que amenaza con convertir en efímero el reinado del exitoso canje de la deuda en default.

La andanada de Kirchner, lanzada en medio de un acto con escolares en el Salón Blanco de la Casa Rosada, tuvo un correlato casi instantáneo en las fuerzas de piqueteros afines al gobierno, como las que lideran el diputado bonaerense Luis D'Elía y el dirigente y funcionario nacional Jorge Ceballos. Ambos encabezaron al mediodía una protesta frente a las oficinas centrales de Shell, en pleno centro porteño. Otros grupos de manifestantes hicieron lo propio delante de por lo menos tres estaciones de servicio de la empresa angloholandesa.

En todos los casos, las protestas transcurrieron sin que se registraran hechos de violencia o debiera lamentarse alguna víctima, aunque no faltaron quienes arrojaron petardos contra las paredes de la sede central de la multinacional y escribieron con aerosol consignas incendiarias. El inefable D'Elía volvió a hablar de un intento de "golpe" contra su jefe y mentor.

La incontinencia verbal de Kirchner lo colocó ayer en un terreno peligroso, al que probablemente, con dos grados menos de irascibilidad, habría no deseado ingresar. Lo primero que hay que decir es que, sumados la sede central, refinerías y estaciones de servicio, entre otros establecimientos y emprendimientos, Shell da trabajo actualmente a unos doce mil argentinos, que podrían quedarse en la calle si la casa matriz de la empresa decide que Kirchner ha ido demasiado lejos y que, sin rentabilidad empresaria, no tendría sentido continuar sus negocios en el país.

Probablemente la solución para esos trabajadores vendría de darse ese caso extremo por vía de la reestatización de los recursos petroleros y naturales que el piquetero-funcionario Ceballos pregona en las últimas horas, a tono con los deseos del cocalero Evo Morales en Bolivia y en línea con el eje Caracas-Buenos Aires que encarnan Kirchner y Hugo Chávez.

Resulta difícil imaginar, además, el daño material que la furia presidencial podría provocar no ya en cuanto a la probable pérdida de miles de puestos de trabajo, sino frente al simple hecho de que un piquetero embravecido o un simple argentino trasnochado, embanderados a ciegas con la consigna del Salón Blanco, decidan tirarle una molotov a una estación de servicio con 12.000 litros de combustible en sus cisternas.

No son, por cierto, elementos de análisis tan racionales que toma en cuenta el presidente cada vez que decide embestir furioso y desbocado contra sus enemigos, en este caso contra la empresa que hace un puñado de semanas fue extrañamente involucrada desde el propio gobierno en un supuesto proceso de venta a la venezolana Pedevesa, que los ejecutivos de Shell se encargaron rápidamente de desmentir.

Más Leídas

Seguí Leyendo