La incontinencia verbal de Kirchner lo colocó ayer en un terreno peligroso, al que probablemente, con dos grados menos de irascibilidad, habría no deseado ingresar. Lo primero que hay que decir es que, sumados la sede central, refinerías y estaciones de servicio, entre otros establecimientos y emprendimientos, Shell da trabajo actualmente a unos doce mil argentinos, que podrían quedarse en la calle si la casa matriz de la empresa decide que Kirchner ha ido demasiado lejos y que, sin rentabilidad empresaria, no tendría sentido continuar sus negocios en el país.
Probablemente la solución para esos trabajadores vendría de darse ese caso extremo por vía de la reestatización de los recursos petroleros y naturales que el piquetero-funcionario Ceballos pregona en las últimas horas, a tono con los deseos del cocalero Evo Morales en Bolivia y en línea con el eje Caracas-Buenos Aires que encarnan Kirchner y Hugo Chávez.
Resulta difícil imaginar, además, el daño material que la furia presidencial podría provocar no ya en cuanto a la probable pérdida de miles de puestos de trabajo, sino frente al simple hecho de que un piquetero embravecido o un simple argentino trasnochado, embanderados a ciegas con la consigna del Salón Blanco, decidan tirarle una molotov a una estación de servicio con 12.000 litros de combustible en sus cisternas.
No son, por cierto, elementos de análisis tan racionales que toma en cuenta el presidente cada vez que decide embestir furioso y desbocado contra sus enemigos, en este caso contra la empresa que hace un puñado de semanas fue extrañamente involucrada desde el propio gobierno en un supuesto proceso de venta a la venezolana Pedevesa, que los ejecutivos de Shell se encargaron rápidamente de desmentir.