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Bolivia: Las vicisitudes del referéndum

Todos hablan del referéndum, todos opinan, todos cambian de criterio sobre el mismo, y no existe político, ni sindicalista, ni empresario, ni profesional, persona independiente, que no se sienta agobiado, preocupado, por el destino de la consulta.

El referéndum es una figura de consulta nueva en el país y ese podría ser el motivo para que haya atravesado por tantas vicisitudes para llevarse a efecto. Pero, si aquello es cierto, no es lo fundamental en ningún caso, porque lo esencial está en que el referéndum se ha convertido en el termómetro de la política boliviana. El referéndum está midiendo, en estos momentos, las reacciones de la población; sus pasiones, su determinación, sus impulsos y, también, hay que decirlo, su ignorancia.

Todos hablan del referéndum, todos opinan, todos cambian de criterio sobre el mismo, y no existe político, ni sindicalista, ni empresario, ni profesional, persona independiente, que no se sienta agobiado, preocupado, por el destino que tendrá la consulta convocada para el 18 de julio próximo.

Las frecuentes apariciones del Presidente de la República explicando lo que es el referéndum, las consultas que se hacen a los ministros, viceministros y expertos, la información y la propaganda masiva en la prensa escrita, radio y televisión, no han sido suficientes para que se haya conformado un criterio sólido, preciso, responsable, sobre lo que se va a decidir respecto a los destinos de los hidrocarburos en Bolivia.

¿Por qué? Porque el referéndum se politizó desde el primer momento. Desde la noche en que el presidente Carlos Mesa juró al mando constitucional en el Congreso. En ese momento, todos aplaudieron el anuncio del referéndum, como la anunciada abrogación de la Ley de Hidrocarburos y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Pero es que en ese momento el Congreso pasaba por las horcas caudinas, abierto a cualquier sugerencia o disposición del Mandatario, con tal de salvarse de la ira popular que alcanzaba, amenazante, a los parlamentarios, casi tanto como al Gobierno depuesto. Eso porque la rabia de la gente se había concentrado contra los partidos políticos y los congresales no eran otra cosa —no son otra cosa— que representantes de esos partidos repudiados.

Eso mismo aconteció con los sectores sociales enardecidos y poderosos tras la caída de Sánchez de Lozada. A la inversa de los políticos tradicionales, los dirigentes sindicales hablaban fuerte y hablaban claro: sí al referéndum y sí a la Constituyente. Por lo tanto, el Jefe de Estado tenía vía libre para lanzarse en la mal interpretada "agenda de octubre", seguro de que todo el pueblo estaría al lado de consultas tan trascendentales para el desarrollo político del país. Pero, como se decía, todo se fue politizando paulatinamente. El tema de fondo —el destino de los hidrocarburos— fue perdiendo importancia ante el manifiesto propósito de obtener réditos decisivos en tan complejo referéndum.

Los políticos se envalentonaron al extremo de observar, en el Parlamento, cada letra del decreto de convocatoria del Poder Ejecutivo y de no aprobar la ley hasta hoy. Pero, en el otro sentido, en el lado de los trabajadores y los sindicatos, el tema derivó en un desbarajuste de pugnas por los lideratos, y ya se sabe que no existe veta más productiva, cuando se quiere surgir, que oponerse a todo lo que proponga el Gobierno. Y todos los aspirantes a liderar corrientes de opinión se opusieron al referéndum. Entonces el país está ante estas vicisitudes inciertas, producto de las ambiciones y la ignorancia, en vísperas de la fecha señalada para los comicios.

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La Razón, Bolivia, julio de 2004

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