Uno de los factores clave detrás de esta desaceleración es la postura de los supermercados, que han comenzado a rechazar los nuevos listados con aumentos enviados por las empresas proveedoras. Esta estrategia, motivada en parte por el freno en el consumo y en parte por la intención de evitar un traslado pleno a precios, generó un efecto de contención en los valores de góndola.
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A esta dinámica se sumó el rol del Gobierno nacional, que tras la salida del cepo cambiario incrementó la presión sobre las empresas líderes del mercado. El ministro de Economía, Luis Caputo, protagonizó gestiones directas con firmas como Molinos y Unilever, a las que les exigió retroceder en los incrementos previstos. También hubo advertencias a otras compañías del rubro, apelando a la necesidad de estabilidad en los precios en función de la evolución del tipo de cambio.
La combinación de estos factores generó un escenario inusual en el marco inflacionario argentino, precios contenidos en el arranque de mes y una inflación alimentaria que, aunque aún elevada, se muestra en retroceso.
A pesar de esta desaceleración, las consultoras advierten que la tendencia todavía es frágil. La resistencia de los supermercados a aceptar aumentos podría debilitarse si la inflación general no cede o si las condiciones del mercado cambian.
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