El primero es la energía y los costos. Los centros de datos que alimentan la IA consumen cantidades masivas de electricidad, y en varias regiones eso se está traduciendo en aumentos de tarifas que los consumidores sienten en sus facturas.
Miles de personas presentaron comentarios públicos en expedientes regulatorios con un lenguaje explícitamente indignado cuando las empresas de servicios eléctricos solicitaron aprobación para contratos que alimentarían nuevos centros de datos.
El segundo es el empleo. Una serie de anuncios de despidos masivos en los que los ejecutivos atribuyeron explícitamente los recortes a la IA generó una asociación directa y concreta entre la tecnología y la pérdida de trabajo.
El tercero son los hijos. Los padres expresan preocupaciones crecientes sobre el impacto de la IA en la educación y en la salud mental de los menores, un tema que conecta con debates más amplios sobre las redes sociales y la tecnología en la vida de los jóvenes.
De las redes sociales a los balazos: cómo escala la resistencia
Lo que hace diferente este momento no es que haya oposición a una tecnología. Eso ocurrió con las redes sociales y con los teléfonos celulares. La diferencia está en la velocidad a la que esa oposición se está organizando y la forma en que está cruzando límites que los analistas no esperaban.
En abril, un hombre de 20 años en Texas fue acusado de lanzar un cóctel Molotov contra la casa del CEO de OpenAI, Sam Altman, y hacer amenazas en la sede de la empresa en San Francisco.
Unos días antes, alguien disparó 13 tiros contra la puerta de un concejal de Indianápolis que había aprobado un centro de datos. El concejal Ron Gibson encontró una nota debajo de su puerta que decía "NO DATA CENTERS". Dos días después llegó otra que decía algo menos imprimible.
El impacto político: concejales destituidos, campañas construidas sobre el rechazo a la IA
La resistencia también está cambiando la política electoral. En Festus, Missouri, los votantes destituyeron a cuatro miembros del consejo municipal una semana después de que aprobaran un centro de datos de 6.000 millones de dólares.
Docenas de comunidades en estados que van desde Maine hasta Arizona están intentando prohibir nuevos centros de datos. Los grupos de Facebook opuestos a estas instalaciones pasaron de alrededor de 90.000 miembros en diciembre a más de 360.000 en la actualidad.
En Memphis, Tennessee, el representante estatal Justin Pearson, de 31 años, está construyendo una campaña al Congreso centrada en la oposición a los centros de datos y liderando la lucha contra el proyecto de xAI en la región.
Pearson dice que está encontrando apoyo cruzado, sus constituyentes demócratas y los votantes republicanos de la zona comparten la misma preocupación por los impactos locales.
La NAACP demandó a xAI, alegando que la empresa operó ilegalmente turbinas de gas sin permiso de aire válido en Southaven, Mississippi.
El costo económico del rechazo: 156.000 millones de dólares bloqueados o retrasados
Para la industria, el problema ya tiene un precio. La organización Data Center Watch registró que la oposición local bloqueó o retrasó al menos 48 proyectos de centros de datos valorados en aproximadamente 156.000 millones de dólares el año pasado.
En el primer trimestre de este año, 20 proyectos fueron cancelados directamente por resistencia local, un récord según datos de Heatmap.
Las empresas de IA están gastando cientos de millones de dólares en las elecciones de medio término para combatir el rechazo. El propio Donald Trump dijo recientemente que los centros de datos "necesitan ayuda de relaciones públicas".
La respuesta de la industria: culpar a los "doomers" y prometer soluciones
Chris Lehane, director de asuntos globales de OpenAI, atribuyó el deterioro de la imagen al trabajo de quienes él llama "doomers" que difunden escenarios del peor caso posible, al resentimiento acumulado contra las redes sociales y a la cobertura mediática negativa. "Si vas a hablar constantemente sobre la IA desde una perspectiva del miedo, vas a generar miedo", dijo al WSJ.
En una conferencia reciente de centros de datos en Washington, la distancia entre la industria y la opinión pública quedó en evidencia. Un ejecutivo describió a los opositores como "personas de las cavernas" que rechazan todo desarrollo. Otra dijo que su hija escucha a sus amigos quejarse de los centros de datos.
"Hay una desconexión entre lo que estamos diciendo y lo que está pasando ahí afuera, y creo que ese es el problema que tenemos que resolver", dijo Ernest Popescu, CEO de la empresa que desarrolla el centro de datos en Indianápolis.
La frase captura bien el momento. La industria está empezando a reconocer que tiene un problema de imagen, pero todavía lo enmarca como un problema de comunicación.
Para quienes pagan facturas de electricidad más altas, temen perder su trabajo o encontraron una nota amenazante debajo de la puerta, el problema no es de comunicación.
El momento en que la IA dejó de parecer futurista
Hay algo interesante en cómo cambió la conversación sobre inteligencia artificial en apenas dos años. Hasta hace poco, gran parte del debate giraba alrededor de si la IA iba a ser revolucionaria.
Hoy, en muchos lugares, la discusión ya no es esa. La gente da por hecho que va a avanzar igual y empezó a preguntarse quién paga el costo de esa transformación.
El rechazo en Estados Unidos no viene solamente de sectores tecnológicos o académicos, sino de vecinos comunes, padres, trabajadores y comunidades enteras que sienten que las decisiones se están tomando demasiado rápido y demasiado lejos de ellos.
Y eso probablemente sea lo más relevante de todo este fenómeno. La resistencia a la IA ya no se parece a una discusión sobre tecnología. Se parece cada vez más a una discusión sobre poder, recursos y calidad de vida.
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