Lo que veo que efectivamente funciona en las empresas trascendentes es otra lógica. Una visión clara y sostenida en el tiempo: a dónde queremos llegar, qué tipo de empresa queremos ser, qué problema resolvemos para qué clientes. Esa visión cambia poco o cambia de acuerdo con las evoluciones y avances en nuestros mercados. Y, al mismo tiempo, una gestión muy cercana al presente: planificación a tres meses con todo el detalle, recálculo permanente, decisiones que se ajustan según lo que efectivamente está pasando.
Esto es mucho más exigente de lo que parece
Esto es mucho más exigente de lo que parece. Implica tener información actualizada en sistemas que muestran indicadores en vivo, en lugar de planillas que se rearman cada vez. Implica reuniones operativas frecuentes y reuniones estratégicas cortas pero constantes. Implica un equipo gerencial entrenado para decidir con incertidumbre, sin esperar a que el plan original se cumpla. Y, sobre todo, una mentalidad distinta del dueño. ¿Sabemos convivir con el cambio permanente y la incertidumbre?, ¿Nosotros y nuestros equipos están preparados para eso?
El dueño que necesita certezas para dormir tranquilo busca el plan a cinco años como ansiolítico. Le da una sensación de control. Quien entiende que la certeza es una ilusión busca otra cosa: opciones. Tener varias rutas posibles. Estar preparado para distintos escenarios. Tener caja para resistir y reflejos para aprovechar. Tener un equipo alineado con el cambio y la incertidumbre. No tener miedo al error y corrección inmediata para volver a decidir y ejecutar.
Cuando trabajo con un dueño en un proceso de transición o de aumento de valor
En la práctica, cuando trabajo con un dueño en un proceso de transición o de aumento de valor, el ejercicio que más sirve no es el plan a cinco años sino algo más simple. Algunas preguntas. ¿Qué tres cosas tienen que pasar en los próximos noventa días para que esto avance? ¿Qué riesgos podrían descarrilar el avance y cómo los estamos mitigando? ¿Qué información vamos a tener al final de esos noventa días que hoy no tenemos? ¿Qué decisiones vamos a tomar hoy con el escenario que vemos hoy? Después, recalculamos. Y otra vez. Y otra vez.
El resultado, después de un año de trabajo con esa lógica, suele ser mucho mejor que el del Excel a cinco años. Porque las decisiones se tomaron con la información de cada momento, los proyectos avanzaron de manera consistente, y la empresa se acostumbró a operar en condiciones reales en vez de esperar las condiciones ideales que nunca llegan.
Cuando un comprador me pide el plan a cinco años, lo entrego. Forma parte del lenguaje de la negociación. Pero le digo, también, lo que hago en mi trabajo cotidiano: la salud de una empresa se mide mejor en su capacidad de adaptarse en plazos cortos que en la elegancia de sus proyecciones lejanas. En estos años, las compañías que mejor atravesaron las turbulencias se distinguieron por la velocidad de sus reflejos antes que por la prolijidad de sus planes.
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