Según los registros hallados en una de las cabañas donde el capo se refugiaba, en la primera semana de ese diciembre el cártel desembolsó 250.000 pesos a un solo hacker por sus servicios. En ese mismo período, otro especialista en seguridad informática recibió 244.536 pesos. Estos piratas no solo vulneraban sistemas financieros y dependencias de seguridad federal: también operaban como extorsionadores digitales bajo distintas modalidades, entre ellas el robo de identidad, el fraude de tiempos compartidos, la asistencia técnica falsa y los pagos por adelantado.
Ahora bien, la pregunta que nos hacemos todos es: ¿hasta dónde llega esta red? Lo que El Universal dejó al descubierto es apenas una porción de un engranaje mucho más grande. El crimen organizado encontró en internet un territorio sin fronteras, barato de operar y muy difícil de perseguir. Y mientras las fuerzas de seguridad todavía debaten protocolos, los sicarios digitales ya llevan meses —quizás años— trabajando en silencio, con sueldo fijo y hasta recibo.
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