¿Cómo se graban los recuerdos?: el engrama, la huella física en el cerebro...
El cerebro humano todavía es objeto de estudio por parte de médicos y científicos, generó y genera la misma pregunta: ¿Dónde y cómo se graban los recuerdos?.
El cerebro humano todavía es objeto de estudio por parte de médicos y científicos, generó y genera la misma pregunta: ¿Dónde y cómo se graban los recuerdos?.
El cerebro humano todavía es objeto de estudio por parte de médicos y científicos, generó y genera la misma pregunta: ¿Dónde y cómo se graban los recuerdos?.
Durante décadas, la neurociencia ha perseguido una pregunta casi filosófica: ¿Cuál es el soporte físico de los recuerdos? Hoy sabemos que la memoria no es una nube intangible ni un archivo estático en un disco duro biológico. Los recuerdos tienen peso, forma y una ubicación física exacta: se esculpen en los trillones de conexiones que unen nuestras neuronas.
En el corazón de la investigación de la memoria se encuentra el concepto de engrama o “huella de memoria”. Un engrama es el grupo específico de neuronas que se activa ante un estímulo físico y que experimenta cambios bioquímicos duraderos para almacenar esa experiencia.
Si imaginas el cerebro como una inmensa red de ciudades, un recuerdo no es un edificio concreto, sino una autopista específica y muy transitada que conecta varias de ellas.
La memoria no se localiza en un único “punto sagrado” del cerebro; está descentralizada. Sin embargo, el proceso de almacenamiento a largo plazo depende de un delicado baile entre dos estructuras principales:
Situado en lo profundo del lóbulo temporal, el hipocampo es el centro de procesamiento de los nuevos recuerdos. Actúa como una imprenta provisional. Cuando vives algo relevante, el hipocampo registra la información, pero no la guarda allí para siempre. Su función es empaquetarla y decidir qué es lo suficientemente importante como para ser transferido al almacenamiento definitivo.
Los recuerdos a largo plazo —especialmente los autobiográficos y los conocimientos generales— acaban migrando a la corteza cerebral (la capa exterior y arrugada del cerebro). Este proceso de transferencia se conoce como consolidación de la memoria y ocurre, en su mayor parte, mientras dormimos profundamente. Los recuerdos visuales se consolidan cerca de la corteza visual, los auditivos en la corteza auditiva, y así sucesivamente, creando una red distribuida.
Para entender cómo se graba físicamente la información, debemos hacer zoom hasta el espacio microscópico donde dos neuronas se comunican: la sinapsis.
El mecanismo biológico fundamental que hace posible la memoria se llama Potenciación a Largo Plazo (LTP). Descubierta en la década de 1970, la LTP es, en esencia, la ley del uso y del desgaste molecular: neuronas que se activan juntas, permanecen juntas.
-Liberación masiva de neurotransmisores: La neurona emisora (presináptica) bombardea con glutamate a la neurona receptora (postsináptica).
-Activación de receptores clave: Este estímulo intenso activa unos receptores específicos llamados AMPA y NMDA.
-Entrada de Calcio: La apertura de estos canales permite que el calcio inunde la neurona receptora, actuando como un interruptor genético.
-Cambio estructural inmediato: El calcio activa enzimas que viajan hasta el núcleo de la célula, ordenando la fabricación de nuevas proteínas. Estas proteínas se dirigen de vuelta a la sinapsis para ensanchar y fortalecer la conexión.
Las neuronas desarrollan físicamente nuevas ramificaciones llamadas espinas dendríticas. Es como si la conexión ensanchara su carretera de un solo carril para convertirse en una autopista de cuatro carriles. La próxima vez que intentes evocar ese recuerdo, la señal eléctrica pasará con muchísima más facilidad. El recuerdo es, literalmente, esa nueva estructura física.
Lo más asombroso de este sistema de almacenamiento físico es que no es permanente ni rígido. El cerebro humano goza de neuroplasticidad: la capacidad de modificar sus conexiones en función de la experiencia.
Cada vez que recuperas un recuerdo a largo plazo, este se vuelve inestable por un breve periodo de tiempo. Al recordarlo, el cerebro lo reescribe, añadiendo nueva información del presente antes de volver a guardarlo (un proceso llamado reconsolidación). Esto explica por qué nuestros recuerdos cambian con los años; no somos grabadoras biológicas, sino narradores moleculares que editan sus propios archivos físicos cada vez que echan la vista atrás.
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