“En años recientes, los pobladores de Traful observaron cambios en el frente del bosque sumergido, como ciertos desplazamientos de roca hacia el lago. Para verificar esos movimientos, realizamos tres viajes al terreno: el primero en 1995, luego en 2010 y 2017”, relata Federico Carballo, becario doctoral en Exactas UBA bajo la dirección de Folguera, y primer autor del trabajo que se publica en Journal of South American Earth Sciences.
En esos viajes -sigue el relato del Servicio de Información Científica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales-, el investigador realizó observaciones y, a partir de conversaciones con los pobladores, pudo identificar los cambios producidos en los últimos años. Carballo señala que, en un período de 22 años, los árboles se hundieron unos ocho metros. Hay árboles que medían quince metros y están totalmente debajo del agua.
En un apartado, el científico recomienda una solución para atenuar el impacto
¿Qué se puede hacer para atenuar las consecuencias de un potencial tsunami? “El impacto se puede minimizar si se destinan recursos”, destaca Folguera.
Según el investigador, en caso de que el proceso se acelere, habría que hacer un plan de evacuación masiva para salvar vidas humanas. Asimismo, debería haber cierto plan de infraestructura y urbanización de la zona teniendo en cuenta el riesgo potencial. El efecto del tsunami podría llegar hasta los cien metros de altura, pero más allá de ese nivel, la población puede expandirse hasta los 500 metros de altura sobre las laderas de las montañas.
“Sobre la base de las observaciones, no se puede descartar que se produzca una desestabilización repentina y un proceso catastrófico”, señalan los autores en el artículo. Y agregan: “Los antecedentes de actividad sísmica en el área podrían disparar la aceleración de este proceso”. De hecho, la región coincide con el área de dos grandes terremotos producidos en los Andes, el de Valdivia, en 1960, y el del Maule, en 2010.