"Escuchen, nuestros hijos no durmieron en toda la noche, nos costaba respirar por el sofoco. Solo queremos comer, tirar de la cadena, lavarnos. Nos morimos de hambre, se nos ha acabado el agua, tanto la potable como la técnica. Las niñas no pueden bajar a la calle, están encerradas con sus bebés, las tiendas más cercanas están cerradas", relató una residente de Krasnodar, cuyas palabras encapsularon la magnitud humana de esta crisis.
Sin embargo, esta problemática trasciende ampliamente las fronteras rusas. El fenómeno adquiere dimensiones globales cuando observamos casos similares en geografías completamente distintas. El 21 de junio de 2024, una ola de calor provocó cortes masivos en los Balcanes, afectando simultáneamente a Albania, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, además de gran parte de la costa croata. Mientras tanto, en agosto de 2020, Oakland, California, enfrentó una situación particularmente siniestra, cuando las plantas de tratamiento de aguas residuales perdieron energía durante una ola de calor, obligando a los residentes de barrios trabajadores a elegir entre asfixiarse por el calor o soportar el olor nauseabundo de las aguas.
50 °C
El caso más reciente y quizás más dramático ocurrió este agosto en Irak, donde todo el territorio nacional perdió electricidad el día 11. Con temperaturas que rozaron los 50 grados centígrados, la población buscó refugio desesperadamente en las aguas del río Tigris, mientras el país entero permanecía sumido en oscuridad hasta el día siguiente.
La raíz del problema reside en una falla conceptual fundamental: los sistemas energéticos globales fueron concebidos y construidos para operar bajo parámetros climáticos que ya no existen. Michael Webber, reconocido profesor de energía en la Universidad de Texas, sostiene que estas infraestructuras fueron diseñadas para un régimen climático específico y ahora deben funcionar en condiciones completamente diferentes.
Paralelamente, las sequías prolongadas están comprometiendo la generación hidroeléctrica mundial. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático advierte que estos fenómenos se intensifican globalmente. En Rusia Central, el invierno atípicamente cálido y escaso en precipitaciones de 2025 redujo drásticamente los caudales. El Volga, en la región de Yaroslavl, alcanzó niveles tan bajos que la central hidroeléctrica de Úglich debió suspender operaciones temporalmente para acumular agua. Simultáneamente, la planta de Rybinsk operó al mínimo de su capacidad.
Ecuador representa otro ejemplo elocuente de esta crisis múltiple: en septiembre de 2024, tres centrales hidroeléctricas cerraron debido al declive crítico de los niveles hídricos, sin alternativas viables para compensar el déficit energético.
Los datos oficiales de Rosstat revelan una tendencia inquietante. Entre 2010 y 2021, el deterioro de las redes eléctricas rusas se intensificó dramáticamente, pasando del 42,9% al 64,5%. Más alarmante aún, los informes de Rosset indican que los factores climáticos han causado la mitad de los cortes eléctricos del país durante los últimos cinco años, sin siquiera contabilizar el impacto directo del calor extremo.
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