El Gobierno viene consolidando ese esquema desde el inicio de la gestión: comunicación directa, sin intermediarios, con fuerte presencia en X como canal principal. En la práctica, eso reduce el espacio tradicional de la conferencia de prensa como herramienta de control público en tiempo real.
Del discurso anti-K a la lógica K: el dilema de Milei con los medios
Acá aparece la parte que el propio oficialismo evita discutir en voz alta. El presidente que construyó su identidad política atacando al kirchnerismo como “mafia”, “modelo de decadencia” o directamente como el origen de todos los males del país, termina adoptando una lógica comunicacional que no le es ajena.
El kirchnerismo, especialmente entre 2007 y 2015, también redujo el peso de las conferencias de prensa abiertas. Cristina Fernández de Kirchner privilegiaba discursos sin repreguntas, cadenas nacionales y comunicación directa al público, bajo el argumento de que los medios distorsionaban el mensaje.
La lógica era conocida: evitar intermediarios, construir relato propio y confrontar con la prensa crítica. No se cerró formalmente la sala de prensa, pero sí se limitó el acceso real a la dinámica de preguntas y respuestas.
En el caso de Milei, el esquema es distinto en forma pero parecido en resultado. No hay cadenas obligatorias, pero sí una fuerte centralidad de X como canal oficial. No hay vocerías frecuentes, pero sí mensajes directos del presidente sin filtro. Y no hay conferencia de prensa sostenida, pero sí una creciente desconfianza hacia el periodismo acreditado.
La diferencia es el tono. El kirchnerismo hablaba de “operaciones mediáticas”. Milei directamente escala al insulto personal y la descalificación abierta, algo que en este caso se intensifica con el conflicto por Geuna y los retuits presidenciales que acompañan la polémica.
El punto más sensible es el cierre temporal del acceso mediante huellas dactilares en Casa Rosada. Eso, sumado a la comunicación exclusiva por redes y la tensión con periodistas, abre una discusión que excede la coyuntura: el equilibrio entre seguridad, acceso a la información y libertad de prensa.
Como ya analizó Urgente24 en otras coberturas sobre la estrategia de comunicación del Gobierno, el oficialismo apuesta a una relación directa con la audiencia, evitando lo que considera mediación hostil de los medios tradicionales.
El problema es que ese bypass no elimina el conflicto con la prensa; lo traslada a un terreno más crudo, donde la política se mezcla con redes sociales, insultos y decisiones administrativas que impactan en el trabajo periodístico cotidiano.
Entre redes, prensa y poder real
Argentina sigue funcionando como una democracia con medios privados, oposición política activa y elecciones libres. Nadie está discutiendo eso. La discusión pasa por otro lado: cómo se construye la información pública en un contexto donde el presidente elige comunicarse casi exclusivamente por redes sociales.
El riesgo no está en que exista comunicación directa. Eso es común en varios gobiernos actuales. El problema aparece cuando esa comunicación reemplaza instancias de control en vivo, reduce repreguntas y se combina con hostilidad explícita hacia el periodismo.
En este caso, el episodio Geuna funciona como disparador, pero el debate es más amplio. Qué lugar ocupa la prensa, qué margen tiene para trabajar en Casa Rosada y hasta dónde llega la lógica de “hablar sin intermediarios”.
El oficialismo lo presenta como transparencia y acceso directo. Sus críticos lo ven como cierre progresivo del debate público tradicional. En el medio, queda una dinámica cada vez más parecida a un sistema donde el mensaje oficial se construye sin demasiadas preguntas incómodas en tiempo real.
Y ahí aparece la contradicción que atraviesa todo el episodio: el Gobierno que se define como ruptura total con el kirchnerismo termina usando herramientas comunicacionales que, con otros tonos y otras formas, no le son tan ajenas.
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