Luego vino Editorial Atlántida donde, tras luego de trasegar la mítica y rigurosa redacción de la revista Gente, habría de devenir en Redactor en Jefe General, lo que para Aníbal Vigil -por entonces, el principal accionista y dueño de la emblemática editorial de Billiken y La Chacra- significó el máximo puntaje, el 10, en destreza en escritura, y desde allí medía al resto de los redactores.
El “Pingüino”, quien en su juventud había abdicado rápidamente de cierta militancia socialista, nunca se subió a ese como ningún otro pedestal. Solo amaba leer, escribir, ser un encorvado gnomo amable, comprensivo, y de un humor por momentos radiante. También un memorista inagotable, minucioso, de relatos tan hipnotizantes como si surgieran de su pluma. Además, tuvo un paso fugaz, simbólico por Editorial Perfil, pero volvió a Atlántida, y últimamente habría de recalar en Infobae, para deslumbrar con sus crónicas históricas que Jorge Fernández Díaz solía leer recientemente con unción y devoción en su programa en Radio Mitre.
Alfredo pertenecía al Olimpo de las “grandes plumas” -como Alejandro Sáez-Germain, mítico ex soldado de la Legión Extranjera francesa- en redacciones donde convivían, definiendo en los ’70 y ’80 la continuación del modelo del periodismo primigenio, cuando los escritores (José Hernández, Juan Bautista Alberdi, Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Roberto Arlt, Manuel Mujica Láinez, Conrado Nalé Roxlo, Leopoldo Marechal o Alfonsina Storni) integraban ese cenáculo de la periodicidad.
Con todo, el “Pingüino” era más un periodista que le inyectaba subrepticiamente literatura a la cotidianeidad (distante de lo barroco) que un escritor que desandaba redacciones. Aunque nos legó un libro de memorias, “El solitario no baila rumba”.
Y destacó con notas en la guerra de Vietnam, reportajes como al criminal nazi Klaus Barbie o el reencuentro que motorizó entre los alejados Borges y Ernesto Sábato. Alfredo encarnaba al “nuevo periodismo” de Tom Wolfe y Truman Capote, surgido en los ’60, que ponía en yunta la estructura literaria con lo noticiable.
En Atlántida compartimos pasillos, reuniones (para evaluar exóticos pasantes de la Universidad Católica interesados en temas “serios”, como Daniel Hadad) y almuerzos divertidos y bulliciosos en el refectorio de la editorial (con Raúl García Luna y Daniel Ares -también escritores-, Carmen María Ramos, Vilma Colina y muchos más). Por entonces era este escriba el único en esa casa que escribía sobre economía pero al “Pingüino” le sorprendía, probablemente, que podíamos compartir nuestro común deslumbramiento por Paul Auster, J.L. Borges, Joseph Conrad o William Faulkner, o los grandes poetas. Un privilegio.
Dedicó dos décadas a enseñar periodismo en una universidad, concienzudamente, por pura convicción. Con toda dedicación. Quería que las nuevas generaciones no dejaran de leer, de indagar, de buscar.
Con Alfredo rumbo al Valhalla se fue, además de un notable periodista y una “gran pluma”, un gran tipo, de deliciosas veladas desbordantes de anécdotas, literatura, cine y periodismo. Uno que supo como pocos irrumpir en el papel o la pantalla en blanco con crónicas memorables, siguiendo eventualmente el consejo de Juan Carlos Onetti, el gran escritor charrúa de “El astillero”: “Las únicas palabras que deben existir son las palabras mejores que el silencio.”