Primer clave que nos ofrece Didion aquí: el respeto por uno mismo no puede, no debe, estar ligado a logros o resultados externos. Tampoco puede, desde el vamos, estar sujeto a la aprobación de los demás.
El episodio la obligó a volver a sí misma. Lo compara en el artículo con intentar cruzar una frontera con un documento de identificación de otra persona. Un rechazo que reubica y obliga a repreguntarse por la propia identidad. Esos episodios en nuestra vida -todos los hemos experimentado de una u otra manera- son, quizás, el principio del verdadero respeto por uno mismo.
El respeto por uno mismo, apunta, tampoco tiene que ver con una vida en la que no hay fallas, errores, excesos, equivocaciones. "Hay una supersitición común de que el 'respeto por uno mismo' es una especie de encanto contra las serpientes, algo que mantiene a aquellos que lo poseen bajo llave en un Edén puro, fuera de las camas extrañas, de las conversaciones ambivalentes, de los problemas en general", escribe Didion. No, no es eso el respeto por uno mismo: no tiene que ver con mantenerse por fuera de la vida y con ella sus dilemas morales.
Didion ofrece aquí la primera definición que puede iluminarnos sobre el respeto por uno mismo: tiene que ver, dice, con una "reconciliación privada".
"Vivir sin respeto por uno mismo", escribe, "es ser una audiencia involuntaria de una película casera interminabale, que documenta los propios fracasos, tanto los reales como los imaginarios, con imágenes frescas empalmadas para cada función." Desde el vaso que uno rompió en un ataque de ira hasta el dolor que le provocó a tal persona, vivir sin respeto por uno mismo nos hará quedarnos despiertos de noche, repasando cada falta que, por acción u omisión, hemos cometido. Contando nuestros pecados. Las promesas rotas, los regalos que desperdiciamos.
"Nos responsabilizamos a nosotros mismos, pese a nuestra propia inclinación, por los pecados que manifestamos, por las maneras en las que nos salimos del camino. La gente se despierta a las 4 de la mañana y se reprende por las acciones que tomó y sabía que no debería haberlo hecho y la inacción que manifestó cuando sabía que debía actuar", explica el pensador contemporáneo Jordan Peterson en un video publicado en su página de Facebook, en el que destaca como algo elemental, este compás moral, para poder tener una relación funcional con uno mismo u otros.
Para Didion, lo que diferencia a las personas que se respetan a sí mismas es que "poseen el coraje de sus errores. Conocen el precio de las cosas."
Si deciden cometer adulterio, por ejemplo, no van corriendo con culpa a la persona damnificada a pedirle disculpas para recibir su absolución. Tampoco se quejan de la injusticia y lo inmerecido de ser tachados de infieles, si son descubiertos.
Si deciden no trabajar para quedarse en un bar, y supongamos que son guionistas, no se quejan luego de no haber escrito una obra maestra. En síntesis, se hacen responsables de sus actos.
Las personas con respeto por si mismas muestran una cierta dureza, lo que alguna vez se llamó "carácter", explica Didion.
Aquí entra en juego el otro concepto clave de su artículo: carácter.
Para Peterson, "no hay casi nada mejor que el desarrollo del carácter. Y tener como objetivo el tener un buen carácter es la meta más alta, y es la meta que proveerá mayor significado a tu vida."
Didion define el carácter como "la voluntad de aceptar la responsabilidad por la propia vida."
El carácter, según la autora, es la fuente de la que manará el respeto por uno mismo.
Por último, la autora destaca que el respeto por uno mismo es una cualidad que se puede ir desarrollando, una disciplina, un hábito de la mente que no puede ser actuado pero sí entrenado.
"Tener consciencia del valor intrínseco que uno tiene y que, para bien o para mal, constituye el respeto por uno mismo, es potencialmente tenerlo todo: la habilidad de discriminar, de amar y de permanecer indiferente. Carecer de ello es estar encerrado dentro de uno mismo, paradójicamente incapaz de amar y de ser indiferente", escribe Didion.
"Nos halagamos a nosotros mismos creyendo que esta compulsión por agradar a los demás es un rasgo atractivo: (...) evidencia de nuestra voluntad de dar. (...) Ninguna expectativa está demasiado fuera de lugar, ningún rol es demasiado ridículo. A merced de aquellos por quienes no podemos sentir otra cosa que desprecio, jugamos roles condenados al fracaso antes de empezar, cada derrota generando desesperación fresca, en la necesidad de adivinar y cumplir con la próxima demanda que se nos formule", apunta la autora.