El quiebre más profundo llegó en abril de 2021 con la creación de la Superliga. Florentino encabezó el proyecto junto con Barcelona, Atlético de Madrid, Juventus, Milan, Inter, Arsenal, Chelsea, Liverpool, Manchester City, Manchester United y Tottenham. La iniciativa abrió una batalla directa contra UEFA, presidida por Aleksander Ceferin, y FIFA, que amenazaron con sanciones y posibles exclusiones para los participantes. Sin embargo, el rechazo de los aficionados y la retirada de los seis equipos ingleses provocaron el derrumbe inicial del torneo en menos de 48 horas.
Tebas se convirtió entonces en uno de sus adversarios más duros. Acusó a los impulsores de pretender proteger los privilegios de una minoría y advirtió que el nuevo campeonato debilitaría las ligas nacionales. El Madrid, en cambio, llevó la pelea ante la Justicia europea y denunció el monopolio de los organismos que controlan el fútbol continental. Aunque distintas resoluciones cuestionaron las reglas utilizadas por el ente europeo y la presidida por Gianni Infantino para bloquear competiciones alternativas, la Superliga terminó oficialmente en febrero de 2026, tras un acuerdo entre UEFA, European Football Clubs y el conjunto blanco. El proyecto desapareció, pero la ruptura entre Florentino y Tebas ya era irreversible.
La disputa por el modelo europeo todavía estaba abierta cuando apareció otro choque alrededor de LaLiga Impulso, el acuerdo firmado con CVC Capital Partners (firma nacida como Citicorp Venture Capital). El fondo aportaba financiación a los equipos a cambio de una parte de sus ingresos audiovisuales futuros, una fórmula que el Madrid consideró perjudicial para su patrimonio y para la capacidad de decisión de los clubes. La institución inició acciones civiles y penales contra Tebas, uno de los responsables de CVC y el propio fondo, además de reclamar la anulación de los acuerdos aprobados por la asamblea. Para LaLiga se trataba de una herramienta destinada a modernizar estadios y estructuras; para Florentino, significaba comprometer durante décadas un negocio que no pertenecía a la organización.
Ese expediente continúa vivo. En junio, la Audiencia Provincial de Madrid desestimó el recurso presentado por Real Madrid y Athletic Club, pero el conjunto blanco anunció que llevará el caso ante el Tribunal Supremo. El conflicto dejó de girar solamente alrededor de una inversión para convertirse en otra discusión sobre quién administra el dinero, los derechos y el futuro de los equipos profesionales.
Florentino Pérez y Joan Laporta encabezaron la Superliga, uno de los proyectos que profundizó la guerra de ambos clubes contra Javier Tebas.
FOTO: JAVIER SORIANO / AFP
Sobre ese terreno se abrió el siguiente capítulo: el arbitraje. El Real Madrid se presentó como acusación particular en el caso Negreira y reclamó que UEFA reabriera su investigación, mientras Real Madrid TV intensificó sus videos sobre los antecedentes de los colegiados antes de cada encuentro. Tebas y distintos sectores arbitrales interpretaron esas emisiones como una campaña de presión; desde el Bernabéu fueron defendidas como una respuesta ante la falta de transparencia. La denuncia presentada posteriormente contra Florentino y el canal oficial trasladó otra vez la pelea desde los discursos hacia los órganos disciplinarios, preparando el escenario para la nueva explosión posterior al derbi.
El problema que el arbitraje no explica: Real Madrid no corre ni controla
Las decisiones de Ortiz Arias condicionaron el derbi, pero no alcanzan para explicar la derrota. Durante los 50 minutos en los que ambos equipos jugaron con once futbolistas, el Atlético fue superior en intensidad, circulación y capacidad para llegar al área. El conjunto blanco apenas consiguió un remate a portería durante la primera mitad y terminó el encuentro con tres, mientras Courtois debió intervenir en nueve oportunidades para evitar una diferencia mayor.
El rendimiento encuentra ahora un reflejo todavía más incómodo en los números. Según el relevamiento elaborado por Sofascore tras las primeras siete jornadas, el Real Madrid es el equipo que menos distancia recorre por cada 90 minutos en toda LaLiga: 83,46 kilómetros de media. La cifra queda casi diez kilómetros por debajo del promedio de la competición, situado en 93,37, y a más de veinte del Barcelona. El líder del registro es Elche, con 105,61 kilómetros por encuentro.
Correr más no garantiza jugar mejor, pero el problema aparece cuando esa menor actividad tampoco está compensada por el dominio de la pelota. El Madrid no controla los tiempos, sufre para salir desde el fondo y depende de que Valverde y Tchouaméni cubran un mediocampo sin un organizador capaz de ocupar el lugar que dejó Toni Kroos. Más adelante, Mbappé y Vinícius permanecen desconectados durante amplios tramos y ofrecen pocas ayudas defensivas. Simeone detectó esa fragilidad y cargó el juego sobre la banda izquierda blanca, donde Pubill, Marcos Llorente y Giuliano encontraron superioridad ante Cucurella y Huijsen cada vez que el brasileño quedaba descolgado. La entrada de Koke terminó de inclinar el partido.
Los resultados anteriores habían disimulado parte de esas carencias. Frente al Elche, el equipo desperdició una ventaja de dos goles y necesitó una aparición de Carlos Espí en el minuto 92 para ganar 3-2. Contra el Inter, las nueve paradas de Courtois resultaron decisivas para conservar el triunfo. Incluso las goleadas iniciales convivieron con largos pasajes sin continuidad, presión coordinada ni una estructura capaz de sostener el rendimiento cuando las figuras no resolvían por su cuenta.
Después de siete fechas, el Madrid acumula cinco victorias y dos derrotas, ocupa el cuarto puesto y quedó a seis puntos del Barcelona. El balance todavía no condena la temporada, pero sí desarma la idea de que todo puede reducirse al arbitraje. Mourinho encontró jugadas suficientes para abrir una discusión legítima sobre el VAR; todavía no encontró un funcionamiento colectivo que explique cómo piensa competir por LaLiga cuando el talento individual deja de alcanzar.
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