El lateral italiano durante su etapa en Cremonese, el equipo con el que dio el salto a la Serie A antes de volver a Roma.
FOTO: DAVIDE CASENTINI / NURPHOTO VIA AFP
Su verdadera consolidación llegó un año después en Juve Stabia. En la Serie B disputó 37 encuentros, convirtió el primer gol de su carrera y entregó tres asistencias, además de superar los 3.000 minutos en cancha. El rendimiento fue suficiente para que el club ejecutara la opción de compra, pero Lazio activó inmediatamente la contraopción y recuperó su ficha, una señal de que en Roma no habían perdido de vista su crecimiento.
Cremonese representó el último peldaño antes del regreso. El conjunto lombardo, recién ascendido, lo incorporó a préstamo y le permitió estrenarse en la máxima categoría: jugó 28 partidos de Serie A, registró una asistencia y acumuló 1.164 minutos. Su debut ya mostró su principal virtud, porque ingresó como carrilero derecho ante Sassuolo y provocó en tiempo de descuento el penal que selló una victoria por 3 a 2.
Después de competir consecutivamente en la tercera, segunda y primera división italiana, vuelve a Lazio con casi un centenar de apariciones oficiales y una experiencia muy distinta a la de aquel juvenil que salió en busca de rodaje. Ya no regresa solamente como una apuesta de la cantera, sino como un jugador probado en las tres principales categorías del país y con argumentos concretos para pelear por un lugar.
Un gol, saludos fascistas y un regreso cargado de tensión
Y no solo su madre, Alessandra Mussolini, volvió recientemente a ocupar las portadas italianas tras ganar Grande Fratello VIP. Romano también protagonizó su propio episodio mediático en diciembre de 2024, cuando convirtió el primer gol de su carrera y le dio a Juve Stabia la victoria por 1 a 0 frente a Cesena. La celebración, sin embargo, terminó desplazando rápidamente al resultado deportivo.
El locutor del estadio pronunció varias veces su nombre y una parte de la tribuna respondió gritando “Mussolini”, mientras numerosos aficionados levantaban el brazo. Las imágenes fueron interpretadas como una sucesión de saludos fascistas y llevaron a la Fiscalía de la Federación Italiana de Fútbol a abrir una investigación. El club rechazó esa lectura y defendió que se trataba de su festejo habitual, mientras el futbolista no participó de los gestos ni realizó ninguna reivindicación política.
La escena tampoco involucró a alguien que buscara esconder completamente su identidad familiar. Durante aquella temporada eligió llevar “F. Mussolini” en la camiseta y, meses antes del gol, había hablado abiertamente sobre el tema con La Gazzetta dello Sport. Allí definió a su bisabuelo como “un personaje importantísimo para Italia”, aunque agregó que el mundo había cambiado y pidió que su carrera fuera evaluada exclusivamente por lo que hiciera dentro de la cancha.
También reconoció que conocía las asociaciones entre Lazio, su apellido y los sectores más radicalizados de la hinchada, pero aseguró que esas interpretaciones no le interesaban. “Siempre habrá algún prejuicio”, admitió, antes de sostener que estaba dispuesto a responder con su rendimiento y hacer callar en el campo a quienes lo juzgaran por su procedencia familiar.
Ese desafío adquiere otra dimensión con su regreso a Roma. Lazio no puede ser definida como una institución fascista, pero una parte de sus ultras arrastra desde hace décadas episodios vinculados con la extrema derecha, el antisemitismo y la reivindicación del dictador italiano. En 2017, algunos aficionados colocaron en el Estadio Olímpico pegatinas de Ana Frank con la camiseta de la Roma para atacar a su clásico rival, un acto que provocó una investigación y una multa de 50.000 euros al club. Siete años después, cerca de un centenar de seguidores entonaron canciones fascistas y gritaron “Duce” en una histórica cervecería de Múnich, mientras uno de ellos fue detenido por realizar el saludo nazi.
Su incorporación al primer equipo reúne así todos los elementos para reabrir una discusión que excede al fútbol. Cada convocatoria y, sobre todo, cada posible gol pueden transformar nuevamente su nombre en una consigna política dentro de una tribuna especialmente sensible a esa simbología. Romano insiste en que responderá jugando, pero en Lazio deberá demostrar si realmente es posible separar al futbolista de una herencia que algunos aficionados parecen empeñados en llevar de nuevo al estadio.
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