Alexander Dugin: Guerra por la eternidad
Ambos grupos rechazan el liberalismo ilustrado: individualismo, derechos universales y globalismo. Para Dugin, la alianza entre EE.UU. y Rusia es natural contra la “decadencia liberal”, mientras los think tanks occidentales, como el nacionalconservadurismo, promueven la supremacía del Estado-nación. Steve Bannon, exasesor de Trump, y Dugin incluso sostuvieron un encuentro en Roma en 2018, según el libro "Guerra por la Eternidad".
Un toque de zarismo
Aunque Dugin aboga por un Estado autoritario unido a la Iglesia Ortodoxa —incluso reviviendo prácticas zaristas—, el trumpismo se envuelve en populismo “democrático”. Marlene Laruelle, experta de la Universidad George Washington, señala: “Trump desmantela el Estado federal; Putin lo fortalece”. Además, el integralismo estadounidense, que propone fusionar Iglesia y Estado, choca con la visión de Dugin sobre el Estado-civilización ruso.
¿Subestimación liberal?
Los demócratas atribuyeron el triunfo de Trump en 2016 a la interferencia rusa, pero la victoria popular de 2024 reveló una base ideológica sólida. Trump ha minimizado las tensiones con Putin, llamándolo “víctima de una cacería de brujas”. Mientras liberales buscan conspiraciones, la alianza MAGA-Moscú se consolida a plena vista, redefiniendo el conservadurismo global.
La sintonía entre MAGA y Moscú no es mera provocación, sino un frente unido contra el liberalismo, con ramificaciones desde Ucrania hasta la identidad cultural occidental.
Además, una corriente de pensamiento posliberal de derecha en Estados Unidos es el integralismo. Sus partidarios abogan por la unificación de la Iglesia católica con el Estado. Algunos, como Patrick Deneen, crítico del liberalismo y profesor de la Universidad de Notre Dame, abogan por el “aristopopulismo”, es decir, la sustitución del gobierno de la élite actual y decadente por una élite diferente con la política correcta.
La rusofilia fue una vez una aflicción de la izquierda estadounidense, de los socialistas que justificaban el estalinismo o el totalitarismo soviético. Ya no. Las convulsiones del tiempo ideológico no reconocen fronteras. Persiste una mirada atenta que predice el retorno al pasado y que se multiplica.
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