La verdad que Rodolfo Walsh sacó de la basura
Recién a las 0.32 del domingo 10 de junio, Radio del Estado leyó el decreto de ley marcial, firmado por el vicealmirante Isaac Rojas. A partir de ese momento, el gobierno de facto tenía vía libre para fusilar sin juicio a cualquier rebelde capturado. Pero los detenidos de Florida habían sido arrestados antes de esa hora. Legalmente, incluso bajo los códigos de la dictadura, no podían ser ejecutados.
Eso no detuvo al régimen, y el jefe policial Desiderio Fernández Suárez dio la orden tajante: "¡A esos detenidos de San Martín, que los lleven a un descampado y los fusilen!". Los cargaron en un camión celular y los llevaron al descampado de José León Suárez, una zona de barrancas, barro y silencio. Allí, bajo el frío de la madrugada y la luz sucia de los faros, los hicieron bajar. Les ordenaron correr. Y entonces dispararon.
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Cinco hombres fueron fusilados ilegalmente en un basural. Varios escaparon, uno sobrevivió. La dictadura creyó haber tapado todo. La ley marcial no justificaba los asesinatos cometidos antes.
Cinco murieron allí mismo: Carlos Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez y Mario Brion. Otros lograron escapar, heridos o por milagro. Juan Carlos Livraga cayó al suelo, sangrando, pero con vida. Fingió estar muerto. Cuando todo terminó, se arrastró hasta una casa cercana. El dueño lo escondió y lo ayudó a sobrevivir. Así nació la grieta en la historia oficial.
Meses después, en un café de La Plata, el escritor y periodista Rodolfo Walsh escuchó una frase que parecía absurda: "Hay un fusilado que vive", y la curiosidad lo empujó a investigar. Walsh no era militante, ni peronista. Era un lector voraz, un escritor joven, y esa frase lo marcó. Junto a la periodista Enriqueta Muñiz, empezó a buscar testigos, sobrevivientes, documentos ocultos. Había algo que no cerraba. Y era todo.
Lo que descubrió fue que la dictadura había ejecutado a hombres indefensos, sin juicio, sin defensa y fuera de la ley marcial. El testimonio de Livraga fue central, así también como el del teniente Dillon, que admitió la ilegalidad del procedimiento. Walsh entendió que se trataba de una maquinaria de poder que podía matar y mentir al mismo tiempo.
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Rodolfo Walsh investigó el caso y escribió Operación Masacre, revelando los crímenes. Hoy, un juicio por la verdad busca declarar los hechos como delitos de lesa humanidad imprescriptibles.
En 1957 publicó Operación Masacre, primero como notas sueltas, luego como libro. Fue el nacimiento del periodismo de investigación en Argentina, mucho antes de Watergate, mucho antes de que existiera siquiera esa etiqueta. El libro hizo algo más importante que denunciar: dio nombre, rostro y dignidad a los olvidados. Esos cuerpos arrojados en un basural volvieron a ser personas.
Desde entonces, cada 10 de junio, la memoria late en José León Suárez no por un gesto melancólico, sino porque esa historia sigue diciendo algo incómodo pero necesario: que la verdad, cuando se dice, puede desarmar el silencio más brutal.
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