Siendo muy joven, Lucía decidió consagrar su vida a Dios y rechazó la propuesta de matrimonio de varios jóvenes.
Su madre, Eutiquia, estaba muy enferma, con sangrados constantes, y sabía que los médicos no le habían dado ninguna esperanza para su recuperación. Por este motivo, ambas peregrinaron 67 kilómetros, de Siracusa hacia la ciudad de Catania, al santuario de Santa Águeda (quien había sido martirizada 52 años antes), para pedirle que sanara su mal.
Siracusa fue el lugar de nacimiento del ingeniero y matemático Arquímedes.
Al llegar a la tumba, Lucía y Eutiquia pasaron toda una noche orando y, de pronto, Águeda se apareció rodeada de ángeles y le dijo a Lucía que ella misma poseía dones curativos y que su madre quedaría curada por su fe, lo que sucedió. Este pasaje fue ilustrado por el pintor veneciano Jacobello Del Fiore (1370-1439) en la pintura titulada 'Santa Lucía ante la tumba de Santa Águeda'.
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Jacobello Del Fiore, 'Santa Lucía ante la tumba de Santa Águeda'.
De regreso a Siracusa, Lucía pidió de favor a su madre que jamás la entregara en matrimonio, pues ella quería consagrar su vida a Dios, y que repartiera todos sus bienes entre los pobres. Eutiquia accedió a su petición y ambas empezaron a distribuir sus pertenencias entre los más desfavorecidos.
Sin embargo, pasado el tiempo, su madre, sin explicación alguna, intentó obligar a Lucía a aceptar en matrimonio a un determinado hombre, y obviamente Lucía lo rechazó. Debe recordarse que en aquellos tiempos, para los que hoy son llamados paganos, los paganos eran los cristianos.
El rechazado, disgustado, la acusó ante el procónsul de Siracusa de ser cristiana, en tiempos de la gran persecución del emperador Diocleciano. El cónsul Pascacio ordenó que Lucía fuera conducida ante un juez, quien la presionó para que desistiera de la fe cristiana.
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Lucía se negó. Furioso por su respuesta, el cónsul dispuso que la llevaran a un prostíbulo para que la violaran, a lo cual Lucía exclamó: "El cuerpo queda contaminado solamente si el alma está consciente". Cuentan que Tomás de Aquino, una de las mayores figuras de la teología sistemática, elogiaba estas respuestas de Lucía.
Por cierto que todo el relato consigue apuntalar varias necesidades argumentales de la Iglesia Católica: la vida monástica de las monjas; luego, la separación de cuerpo y alma, elemental para la construcción del purgatorio, el infierno, las indulgencias....
Para conducirla al prostíbulo, los soldados le amarraron las manos y los pies con cuerdas, pero por más esfuerzos que hacían no podían moverla.
Al enterarse de lo sucedido, el cónsul, afirmando que debía tratarse de una brujería, ordenó someterla a suplicio con aceite hirviendo, pero no logró hacerla desistir. Entonces, que la quemaran en la hoguera, pero lo único que ardió fue la madera.
Entonces, ordenó que le arrancaran los ojos, pero ella misma luego se los colocó. Finalmente fue decapitada, lo que sucedió el día 13 de diciembre del año 304.
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