El cráneo fue un saqueo de los restos humanos durante la era colonial británica, una época en la que la violencia imperialista incluía el despojo de las culturas colonizadas.
The Guardian, que logró acceder al libro de Hicks, informó que los propietarios británicos del cáliz estaban bien documentados. La historia es oscura.
El exalumno George Pitt-Rivers, conocido por sus ideas eugenésicas y su apoyo al fascismo de Oswald Mosley durante la Segunda Guerra Mundial, donó la copa en 1946 a la universidad que formaba parte de una colección menos conocida de su abuelo, el arqueólogo Augustus Henry Lane Fox Pitt Rivers, quien fundó el Museo Pitt Rivers en 1884. Pitt Rivers padre compró la copa, fabricada en 1838, en una subasta de Sotheby's el mismo año en que se coronó la Reina Victoria.
“El vendedor era Bernhard Smith, abogado y graduado del Oriel College de Oxford, que coleccionaba principalmente armas y armaduras. Hicks especuló que lo recibió como regalo de su padre, quien sirvió en la Marina Real Británica en el Caribe”, detalló el diario británico.
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La copa-calavera se utilizó regularmente en cenas formales en el Worcester College, Oxford, hasta 2015.
Ante la revelación escandalosa, un portavoz del Worcester College declaró: “En el siglo XX, la vasija se exhibía ocasionalmente con la colección de plata de la universidad y se utilizaba como vajilla. La universidad no conserva registros de la frecuencia con la que esto ocurría, pero su uso se vio muy limitado después de 2011 y la vasija fue retirada por completo hace 10 años”.
Por su parte, La diputada laborista Bell Ribeiro-Addy, presidenta del grupo parlamentario multipartidista sobre reparaciones a África , dijo: “Es repugnante pensar en profesores de Oxford, sentados en este bastión de privilegio, enriquecido con los frutos de siglos de violencia y extracción colonial, bebiendo de un cráneo humano que pudo haber pertenecido a una persona esclavizada y que ha sido tan poco valorado que se ha convertido en un objeto”.
Lo más perturbador de esta tétrica historia no es solo el uso del cráneo humano como objeto de prestigio académico, sino la deshumanización de las víctimas del colonialismo, cuyas identidades fueron borradas de la historia.
El libro también revela una práctica más extendida de lo que se creía: cráneos expoliados de campos de batalla coloniales por figuras prominentes del Imperio Británico, que luego eran exhibidos como trofeos en sus mansiones o donados a museos. Uno de los casos más claros es el del mariscal Lord Grenfell, quien desenterró el cráneo de un comandante zulú dos años después de su muerte en la sangrienta batalla de Ulundi, en 1879.
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