Cofradía de navegantes del éter
Por aquellos años imperaba en el imaginario colectivo la frase: “guardálo, para algo servirá”, y hasta se disponía, cuando se podía, de un galpón donde se amontonaban los tesoros cotidianos: tuercas, clavos, arandelas, cajas vacías, resabios de metal oxidado… Estos jóvenes se valían de esas piezas y además, desarmaban los juguetes con motores para saber lo que tenían dentro, probaban hacer girar un molino con el motorcito de un ventilador de mesa, recibían coscorrones por andar con el destornillador en la diestra o calzando el cabezal telefónico.
Hoy, a la distancia podemos hacer una lectura de aquella creatividad lúdica que devino en servicio, en conexión de vida a pesar de las distancias, en señal de alarma ante los desastres naturales imprevisibles, pero desde ese instante, comunicables.
Así fue cómo el transmisor a base de chispa de alta frecuencia realizó la proeza de hacer vibrar los auriculares conectados a un primitivo receptor con detector de cristal, ubicado a unas decenas de kilómetros. Sin que testigo alguno registrase el acontecimiento, el éter hizo dúo por vez primera la armónica vibración de la voz humana.
Los radioaficionados son los que posibilitan la comunicación entre lugares remotos; ejemplo de ello es la Antártida (sólo a efectos de dimensionar la distancia se ofrecen las coordenadas: latitud -75.250973 y longitud -0.071389.
Desde allá, quienes habitan el perpetuo equinoccio reconocen la tarea de los Radioaficionados de manera muy especial porque ellos fueron –en épocas de flagelos, contiendas y otras soledades, un nexo con sus amados, acercándolos en distancia y tiempo, contraviniendo toda ley física limitante.
Huellas en el aire
Aún hoy, ante la explosión tecnológico-digital, perviven e intentan permanecer vigentes.
La actividad, lejos de ser un hobby, es servicio. En cada enlace, el radioaficionado pone a disposición sus equipos y conocimientos, para ser utilizados para la comunidad.
La actividad ha sido muy útil previa aparición de los celulares y de Internet, y seguirá siéndolo siempre que las nuevas tecnologías no respondan, aquellas ocasiones cuando solo los radioaficionados podrán estar en el éter, señal audible del aire que es capaz de saciar el oído ávido de esa señal que le haga saber que alguien lo invoca.