"Cada diamante es único. El color varía desde el azul oscuro hasta casi el blanco", señala Willy. "Es un reflejo de la personalidad", considera.
Una vez obtenido, el diamante en bruto es pulido y tallado según la forma deseada por los familiares del difunto, que con frecuencia escogen un corazón para llevar como colgante o magnificar una alianza.
El precio de esta alma translúcida oscila entre 2.800 y 10.600 euros, según el peso de la piedra (de 0,25 a un quilate). Un monto que no incluye el montaje, pero que Algordanza juzga razonable.
"Un entierro cuesta muy caro: son 12.000 euros en Alemania", defiende su cofundador, que guarda celosamente en secreto el volumen de negocios de su empresa.
Willy reconoce que es imposible probar que un diamante proceda de una persona en particular. "El ADN se quema", argumenta. Pero "la huella química" de las cenizas, determinada a la llegada de la urna al laboratorio, permite establecer una documentación y encontrar luego el origen del producto final.
La industria del 'diamante humano' está en plena expansión, con empresas instaladas en España, Rusia, Ucrania y Estados Unidos, según informa este diario.
Fundada en 2004, la sociedad suiza ha abierto oficinas en una veintena de países y emplea a un centenar de trabajadores en el mundo.
La mayoría de las urnas proceden de familias que quieren guardar un precioso recuerdo de un allegado. Pero también hay quien decide antes de morir ser incinerado y 'diamantizado', un servicio que ahora ofrecen también algunas compañías de seguros de vida.