Mucho enojo hay en Colombia porque, luego de que su selección jugó en el altiplano contra la de Bolivia, la FIFA decidió que no puedan jugar en La Paz otros partidos clasificatorios para Sudáfrica 2010. Los colombianos dicen que es una discriminación y denuncian el autoritarismo de Joseph Blatter y Julio Grondona al frente del gran negocio (poco y nada de deporte) que supone el fútbol profesional administrado desde Suiza.
BOGOTÁ (
El Espectador). En reunión del comité ejecutivo de la Federación Internacional del Fútbol Asociado (Fifa), el pasado 14 de marzo, se ratificó la decisión de imponer un límite de altitud para permitir la celebración de partidos de eliminatoria a los mundiales, bajo el supuesto de proteger "la salud de los jugadores".
Paradójicamente, esta determinación se mantuvo a pesar de que los países que en la práctica serán cobijados con la medida presentaron, por intermedio de la Confederación Suramericana, una solicitud de reconsideración, que fue rechazada de plano.
Para no ser acusada de discriminación, hábilmente la Fifa estableció unas condiciones obligatorias de aclimatación para jugadores y árbitros, que varían dependiendo de la altitud. Igualmente, se volvió a recomendar que ese mismo límite se aplique a competiciones internacionales (como la Copa Libertadores) organizadas por otras entidades del fútbol.
¿Qué se esconde tras bambalinas para que tan arbitraria determinación se mantenga sin que exista un estudio médico o científico serio que la sustente? ¿Quiénes realmente se benefician con ella? Nada menos que aquellos que soterradamente la provocaron: Argentina y Brasil, países que casualmente son los representantes de Suramérica en el Comité Ejecutivo de la Fifa.
En apariencia, Colombia no resulta afectada con la restricción, pues Bogotá puede ser sede. Pero no hay razón para celebrar, pues la nuestra ha sido la única selección que ha jugado como visitante en La Paz en esta eliminatoria, logrando un valioso empate que ahora, como resultado de la medida, no valdrá de mucho pues las demás selecciones no tendrán que jugar a 3.600 metros. Se rompe así con las condiciones de igualdad de la eliminatoria a Sudáfrica 2010.
El presidente de la Federación Colombiana ha anunciado que apelará, exigiendo juego limpio a los países afiliados a la Confederación Suramericana que habían acordado respetar las reglas pactadas entre ellos. Duro reto tiene Luis Bedoya para hacer respetar los derechos de Colombia frente a los intereses de los poderosos suramericanos que, vale decirlo, siempre se han salido con la suya.
Pero más allá de la competencia hacia el Mundial de Sudáfrica, lo que nos tiene que llevar a la reflexión es el poder de la Fifa para regular situaciones que van más allá de la práctica del fútbol, determinaciones que siempre justifican sus jerarcas con que se toman "por el bien del juego".
El precedente de impedirle a Bolivia que realice sus partidos en La Paz es un atentado contra la soberanía y la autonomía de los pueblos, indebida intromisión de la Fifa que ya se volvió costumbre. Ahí está España pendiente de jugar las finales de la Eurocopa ante la amenaza de sanciones por "injerencia gubernamental" en las elecciones de su Federación. O Albania, que fue expulsada de la Fifa por "fuertes injerencias políticas", lo que supone su exclusión de la clasificación para el Mundial 2010. Y, volviendo a Colombia, cada vez que se asoma la intención de una intervención estatal que ponga coto a la porquería que han traído los dineros mal habidos a nuestro fútbol, aparece siempre en la sombra la Fifa proclamando su independencia.
El fútbol como fenómeno de crecimiento empresarial y de globalización ha tomado una dinámica incontrolable y sus determinaciones están en manos de personas que han demostrado defender sus propios intereses económicos y los de sus patrocinadores, por encima de gobiernos y pueblos soberanos. Hoy el veto se impuso por la altitud, pero en el futuro se podrá imponer aduciendo condiciones de seguridad, contaminación, superficies de juego u otras muy diversas, siempre "por el bien del negocio" y no del "juego", como proclaman.