Los otros asesinos de Leila y Patricia
Los crímenes de las jóvenes Leyla y Patricia han puesto a la provincia de Santiago del Estero, aunque muy superficialmente, en el centro de la escena nacional. Desde los medios se cuestiona la impunidad con que "los hijos del poder" pueden cometer homicidio "para divertirse" y se sugiere la tela araña de relaciones mafiosas que mantienen en y desde el poder los Juárez y el Partido Justicialista local. Sin embargo, y a pesar de que todas las miradas parecen puestas en esta provincia, poco o nada se avanza sobre las causas que llevan a que una camarilla sea dueña y señora de la vida, bienes y fortuna de las personas, ni que lo de Santiago no sea una excepción sino el grado superlativo de una realidad común a muchas provincias argentinas, donde el subdesarrollo, la marginalidad social y el hambre son el común denominador. Así como la desnutrición infantil puso al descubierto el desamparo al que está sometido el pueblo tucumano y el conflicto docente develó en Entre Ríos hasta donde puede llegar un gobierno por la incapacidad de sus funcionarios, los crímenes de Santiago del Estero están mostrando, a quien esté dispuesto a verlo, como funciona la relación entre la miseria y el poder. Quedan, casi para la anécdota, las más de 140 muertes no esclarecidas que muchos atribuyen a los "excesos" del poder provincial. Carlos Juárez fue electo gobernador en 1949, 1973, 1983, 1995 y 1999 (cuando fue reelecto con el 52% de los votos). Hoy es Marina Mercedes Aragonés (Nina), su mujer, quien está al frente del ejecutivo provincial luego que, a fines del año pasado y con sólo 23 días de ejercicio, debiera renunciar el gobernador Carlos Díaz, por motivos nunca aclarados públicamente. En 1993, mientras era senador, en una revuelta popular recordada como El Santiagazo, la casa de Juárez fue saqueada e incendiada. Por aquel entonces parecía el final pero dos años después el "Tata" fue electo nuevamente gobernador, y hoy hasta los ladrillos utilizados para la obra pública llevan grabados su nombre y el de su esposa. # La miseria y sus causas Santiago del Estero es una provincia de 800 mil habitantes, de los cuales poco más de 480 mil corresponden a población urbana ubicada principalmente en sus dos ciudades más importantes (Santiago capital y La Banda). A pesar de esto, es una de las provincias argentinas con mayor población rural con relación al total (40%). Su Producto Bruto representa el 0,8% del PBI nacional, lo que alerta sobre la escasez de su desarrollo relativo teniendo en cuenta que su territorio es el 3,6% y su población el 2,2% del total nacional. Las exportaciones provinciales alcanzaron durante el 2001 magros US$ 48 millones. La fibra de algodón (la provincia es el segundo productor nacional luego de Chaco) representó un 33%, seguido por cereales (28%) y hortalizas y legumbres sin elaborar (22%). Tomando como promedio el período 1995-2001, la provincia exporta un 49% de productos primarios, un 50% de manufacturas de origen agropecuario (fibra de algodón) y un 1% de manufacturas de origen industrial. El Censo Nacional de 1991 establece en 143 mil las viviendas particulares, de las que solo 54 mil pueden ser consideradas viviendas no precarias (52 mil casas y 2 mil departamentos). 53 mil casas carecen al menos de cañería interior, retrete o piso que no sea de tierra. Otras 23 mil son consideradas directamente ranchos o casillas. Mientras que para el promedio del país en 1991 el porcentaje de hogares con Necesidades Básicas Insatisfechas era del 16,5%, en Santiago del Estero era del 33,6%. Aunque INDEC no reporta discriminado por provincia los índices de pobreza, en el NOA –la zona estadística a la que pertenece Santiago– en octubre de 2002 el 69,4% vivía por debajo de la línea de la pobreza, y el 41,9% por debajo de la línea de indigencia. Pobreza que no es nueva. A mediados de los 80 si la capacidad económica de los habitantes del Gran Buenos Aires era 1.000, la de los de Santiago era de tan solo 109,6 (la más baja del país). Los protegidos por los Juárez están entre los más pobres de una Argentina que no se caracteriza por la riqueza de sus habitantes. La provincia cuenta con una población económicamente activa de 280 mil habitantes. De ellos, 40 mil son empleados públicos provinciales, otros 58 mil reciben un plan Jefes y Jefas de Hogar. Aunque no hay estadísticas sobre el empleo municipal, no es difícil aventurar que –sumándolo- más de la mitad de las familias santiagueñas cuentan con algún tipo de ingreso provisto por el estado, sea por salarios o por planes sociales. Es fácil advertir pues porqué Juárez gana elección tras elección y porqué ni siquiera los asesinatos son capaces de conmover su poder. Es que para llegar a la noche con algo en el estómago hay que estar con el "protector". # El futuro de los "protegidos" El 10% de los niños santiagueños nunca irá a la escuela primaria. Ocho de cada 10 chicos que asisten a las escuelas provinciales no la terminarán a tiempo, y casi el 27% no lo hará nunca. Menos del 40% de los chicos en edad de hacerlo cursan la secundaria y solo el 22% logrará finalizarla alguna vez. Es evidente que, si de cada 100 niños, 36 nunca terminarán la escuela primaria y solo 6 obtendrán un grado universitario, buena parte de la población futura de Santiago del Estero necesitará de la asistencia social para subsistir. Si además incluimos los datos de calidad educativa es lógico concluir que la provincia carecerá irremediablemente del mínimo capital humano que se requiere para encarar cualquier proyecto de desarrollo. Los resultados de las pruebas de rendimiento del Sistema Nacional de la Calidad Educativa (SINEC) son determinantes a la hora de calificar las consecuencias de 50 años de Juárez al frente de Santiago del Estero: mientras que sólo el 10% de los alumnos primarios pueden considerarse buenos, al 35% se les considera malos, mientras que en la secundaria a un magro 4% de los alumnos se les puede considerar buenos, más del 50% son malos alumnos. Lo que el gobierno provincial ha hecho y hace con la educación constituye la demostración más cabal de que se está condenando a la población a depender de la ayuda estatal para subsistir. # La Feudalización del Poder El drama santiagueño permite descubrir –sin los fuegos de artificio que habitualmente le disfrazan– una forma de "hacer política" que es común a buena parte de la Argentina y que consiste en la feudalización de la relación de gobernantes y gobernados. En este proceso, el hombre deja de ser ciudadano para convertirse en dependiente del señor que detenta el poder y del que depende hasta para alimentarse diariamente. El tradicional clientelismo ha dado paso a una relación más cínica y perjudicial, donde ya no es empleo el favor político, sino la comida. La relación clientelista es diaria: para comer todos los días hay que ser "leal" al caudillo diariamente. Por ignorancia o mala fe, los defensores del actual estado de cosas advierten que el Estado está cubriendo a través del empleo público y la asistencia social las necesidades más urgentes de la población y que las causas hay que buscarlas en la falta de desarrollo provincial, cuando es evidente que esta falta de desarrollo es fruto de políticas deliberadas de pauperización y reducción a servidumbre de poblaciones enteras consistentes en la sustitución de estrategias de crecimiento por el modelo del asistencialismo permanente. Es el hambre de la gente el que garantiza la supervivencia de la clase dirigente que la hambrea y alimenta. Es la desocupación la que otorga poder a los planes asistencialistas. Cuanto mayor es la necesidad y cuanto menor es la perennidad de la solución que desde el poder se da, mejor garantizada está la influencia de quien reparte. Al final poco importa la idoneidad y honestidad del gobernante y hasta los excesos más atroces terminan pasándose por alto en afán de la subsistencia. Santiago del Estero muestra la quintaesencia de esta forma de acumular y mantener poder. Los múltiples problemas y deficiencias que retrasan su desarrollo han servido de combustible para que una dirigencia nula y sin escrúpulos se encarame en él. Mantenerlo es entonces postergar indefinidamente la aplicación de políticas que terminen con el atraso y la miseria. En un Santiago próspero y desarrollado hubiera sido imposible que gente como Juárez, su esposa y la guardia pretoriana comandada por Musa Azar se hubieran convertido en los dueños de la provincia. En un Santiago indigente y hambriento es casi imposible que no sea lo que son; por ello detentan el título de "Protectores ilustres del pueblo santiagueño" otorgado por la muy obsecuente legislatura local y regentean la provincia desde hace 50 años. Los crímenes han puesto en el ojo de la tormenta y posiblemente terminen con los Juárez como el caso María Soledad Morales terminó con el reinado de los Saadi en Catamarca. Ocurra o no, poco cambiará en la provincia mientras no se alteren las circunstancias que permiten a hombres como Juárez convertirse en señores feudales y tal como ocurrió en Catamarca sólo cambiarán algunos de los más encumbrados dirigentes para que el sistema siga indemne. --------------- (*) Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2003.
