No fue nada fácil para la familia de Pablo Escobar Gaviria la vida en la Argentina. Pero pareciera que los ahora rebautizados Santos Marroquín lentamente consiguen que la situación se estabilice. La revista Don Juan, de Bogotá, en su edición que saldrá a la calle el 15/11 realizó una notable entrevista en la Ciudad de Buenos Aires, y aqui va un fragmento, que será completado en días sucesivos.
CIUDAD DE BUENOS AIRES (
Don Juan). Sebastián Marroquín Santos abre un diminuto closet incrustado en la pared de su estudio. Sin más preámbulos me dice: "Aquí está todo". Del piso hasta el techo hay una pila de cajas y sobres de manila con fotografías familiares de todas las épocas con su papá: fotos en las que aparecen vigilantes y empleados montados en el lomo de los rinocerontes de la hacienda Nápoles, fotos de la primera comunión y los diferentes cumpleaños de él y su hermana Manuela -hoy Juana Marroquín Santos- en la que hay un fondo de cientos de personas con una copa en la mano, fotos en la que su papá le regala su primera moto cuando tenía 12 años, fotos en las que aparecen políticos al lado de su mamá. Fotos de estudio donde su mamá posa con ropa de diseñador al lado de sus hijos y con un fondo de paredes blancas donde hay cuadros de Botero, Darío Morales y Dalí.
Hay, incluso, varias cajas de fotos en el que la familia trata de sonreír mientras se mantienen encerrados y aterrados en caletas después de la fuga de Escobar de la cárcel de la Catedral. En ese closet, de 1 x 2 metros, está la memoria familiar del capo más grande de la historia de Colombia.
-Sufrimos mucho para recuperarlas -dice Sebastián-. Mi papá tenía en cada caleta uno o más álbumes. Siempre quería estar con nosotros. Y siempre justificaba sus barbaridades por nosotros.
En las fotos siempre están los cuatro, Victoria Eugenia Henao, hoy Isabel Santos, Pablo y sus dos hijos. El resto del mundo -su mundo- está de fondo. Además de ese museo portátil apilado en cajas, el apartamento de Sebastián y su esposa María Ángeles Sarmiento, la misma mujer con la que está desde hace 20 años, tiene varios portarretratos que se empeñan en mantener viva la presencia de Escobar. En las paredes de sus 50 metros cuadrados hay fotos de Sebastián sentado en las piernas de su papá y de la familia y un retrato amarillento del capo cuando hacía la primera comunión que -como una sombra permanente- cuelga de un nylon en el cuarto principal al lado de su mesa de noche.
En un rincón de la sala hay un televisor de plasma y una colección de videos de Escobar, entre ellos el documental Los pecados de mi padre, en ese lugar Sebastián se sienta todos los días a las 14:30 para ver el noticiero.
"Era una costumbre que tenía mi viejo. No importaba en la situación de peligro que estuviera. En las mañanas se leía todos los periódicos de Colombia. Al medio día y en la noche, se sentaba a ver los noticieros. Jamás decía una palabra. Observaba, a veces apuntaba cosas y cuando terminaba el noticiero simplemente apagaba el televisor".
Pareja desde el colegio
Esa monotonía, Escobar por todas partes, se rompe por la vista del hipódromo y los campos de polo de Palermo, que se ven desde un balcón en el que a duras penas cabe una persona, y por los cuadros que ha pintado María Ángeles en los últimos años.
-Empecé a pintar por terapia- dice Ángeles mientas acomoda uno de sus cuadros en la pared.
Ángeles y Sebastián se conocieron en 1989 en una fiesta de colegiales.Ella, en ese entonces, se llamaba Andrea Ochoa y era estudiante del colegio Santa María del Rosario en Medellín. Él tenía 13 años y ella 17. Se enamoraron. Ella se retorcía de la rabia cuando la recogía en autos demasiado ostentosos. Le daba pena salir del colegio. A veces esperaba que todas sus compañeras se fueran para subirse al carro. Lo regañaba y le pedía que no fuera tan loco. Sabía que era el hijo de Pablo Escobar, pero no le importaba. Juan Pablo, en ese momento, era el rey del mundo, tenía una colección de motocicletas -Enduros, Harley Davinson, Hondas-, se movilizaba en camionetas blindadas escoltado por un ejército al servicio de su padre. Con mover un dedo, sus escoltas estaban listos a cumplir los deseos del hijo del 'Patrón'.
"No me lo va a creer, pero cuando nos instalamos aquí en Buenos Aires, no sabía qué hacer con un menú de restaurante. Por lo general, decía que quería y los escoltas pedían y pagaban por mí".
En una ocasión, cuando su papá estaba preso, quería ir a una competencia de motocross, pero Pablo le pidió que no lo hiciera porque había un plan para secuestrarlo. Juan Pablo suplicó tanto (había llegado con su último boletín de notas para demostrar que se estaba portando bien), que su papá tomó un teléfono y empezó a llamar a cada uno de los estaban detrás del secuestro y les dijo: "Mira tal por cual, si a mi hijo le llega a pasar algo, le juro que su familia, sus hijos y toda su generación no tendrán un respiro en sus vidas... Así que ya saben cómo es la cosa conmigo".
En ese momento, cuando Escobar estaba en la cárcel, Juan Pablo y Ángeles tenían 15 y 19 años y decidieron irse a vivir juntos. Ángeles pasó a ser parte de la familia y, cuando Escobar se fugó de la cárcel, ella se convirtió en otra perseguida. Pablo Escobar no huía del Bloque de Búsqueda, de los Pepes y del Cartel de Cali con un ejército de sicarios de las comunas de Medellín: huía con su clan. Prefería estar cerca de ellos para protegerlos y tener la tranquilidad de que sus enemigos no iban a tocar a su familia. No quería que se repitiera la historia de la bomba del edificio Mónaco.
Él no se encontraba en ese lugar en el momento de la explosión. El techo del cuarto principal se le vino encima a Juan Pablo y quedó aprisionado por una viga que su mamá todavía no sabe cómo le quitó de encima. Su hija Manuela se salvó de milagro. Ella estaba en la cuna y el ventanal del cuarto cayó adentro, partió el tetero por la mitad, pero a la pequeña no le pasó absolutamente nada.
De escondite en escondite
Para mantenerse en movimiento con su familia, Escobar había diseñado un plan de escondites que estaban regados por toda la ciudad. Eran unas 15 casas, donde sólo vivía una persona que hacía las veces de caletero. Ninguno se conocía con los otros. El único que sabía de la existencia de esas caletas era Escobar.
Siempre era así. Su seguridad se la proporcionaba él mismo. Cuando estuvo detenido en la Catedral, tenía un sistema de comunicación con el exterior bastante simple: un citófono que conectaba la cárcel con una oficina en Envigado, a casi 12 kilómetros de distancia. Por eso los equipos de telemetría y los rastreadores de llamadas telefónicas jamás lo pudieron escuchar.
Para saber qué forastero llegaba a Medellín compró un ejercito de taxis que operaban en el Olaya Herrera y Rionegro. Tenía infiltrados en las Empresas Públicas de Medellín y conseguía la información de todas las llamadas nacionales que salían de la capital paisa. Un grupo de colaboradores con lupa en mano repasaban miles de hojas en busca de teléfonos con indicativos del Valle que, por 'a' o 'b' motivo, podrían estar en contacto con el Cartel de Cali.
Se movía cada de 48 horas, vendaba los ojos de su familia, los montaba en un taxi que él mismo manejaba y los llevaba al hogar de paso. Allí, Escobar les pedía que recorrieran el sitio. Que observaran bien cada detalle y le dijeran si podían reconocer el lugar. Si eso ocurría, de inmediato cambiaba de sitio y esa caleta quedaba eliminada como escondite. Tenía claro que si, por alguna circunstancia, sus enemigos capturaban a uno de sus familiares, lo iban a torturar para que confesara dónde estaba.
Por lo general, Ángeles era la que encendía las alarmas. A ella a veces le daba pena decir que sí sabía dónde estaban. Su relación con Escobar había sido fugaz a pesar de llevar ya más de 3 años de novia de su hijo. A partir de la fuga de la Catedral lo conoció de cerca. Al principio no sabía si decirle don o Pablo a secas. Finalmente lo llamaba por sus mil sobrenombres. 2 en especial: 'don Jaime' o 'Míster'.
Los detalles que descubría Ángeles parecían insignificantes, pero eran claves para la seguridad de todos: la cúpula de una iglesia que veía desde alguna de las ventanas, el bullicio del parque Berrío, el color de una reja. Escobar la escuchaba, se resignaba y decía: "Tenemos que movernos otra vez".
US$ 2 millones
Pablo Escobar tenía unos protocolos estrictos de seguridad y la regla principal era que si alguno de ellos se separaba del grupo no podía volver a reunirse con el resto.
Ángeles (su nuera) sintió varias veces que iban a atraparlos. En una ocasión, cuando la persecución de las autoridades y de los enemigos del jefe del cartel de Medellín estaba en uno de sus momentos más implacables, Escobar le pidió que lo acompañara a la casa de su hermana. No eran más de las 19:00. Se fueron en un auto normal. Sin vidrios polarizados ni blindado ni con escoltas. Escobar solo tenía puesta una peluca. Se presentaron en la recepción del edificio, preguntaron por la hermana de Pablo y ella dijo que venía acompañada de un tío. Hasta ahí todo parecía normal.
Cuando tomaron el ascensor, 2 personas lo abordaron al mismo tiempo que ellos. Ella entró en pánico y creyó que los iban a identificar. Pablo notó su nerviosismo y empezó a hablar de las vacas que habían comprado, los terneros que iba a vender, las cuentas de la finca. Improvisó una conversación. Cuando se bajaron los otros 2 pasajeros le explicó que, cuando la gente habla en un ascensor, los otros bajan la cabeza por respeto. Para no sentirse entrometidos en una conversación que no es de ellos. Y con la mirada en el piso era difícil que los identificaran.
En otra ocasión le encargó una misión más importante: organizar el cumpleaños de su esposa. Le dijo que le comprara una torta y que recogiera algunos regalos que había donde una hermana de María Víctoria y que le enviaba la familia. La única condición era que tenía que regresar en 4 horas y con un margen de espera de 15 minutos. Si no llegaba en ese lapso, perdía para siempre el rastro del resto de la familia. Ella hizo todo lo que tenía que hacer. Recuerda que tomó 3 taxis en los que fue de un lado para otro. Se cercioró de que nadie la estuviera persiguiendo y, cuando por fin recogió los regalos y la torta de cumpleaños, se soltó un aguacero interminable sobre Medellín que convirtió todas las vías en un eterno atasco. Cuando llegó a la casa nadie le abrió.
Todavía llovía y apenas podía sostener con las manos todos los paquetes. Empezó a llorar y a caminar por la acera. Estaba fuera del grupo. De pronto salió una mano de la caseta de un vigilante que la cogió por el brazo.
-¿Dónde se había metido, mija? -dijo Escobar.
Esas medidas de seguridad que a simple vista parecían primarias los mantenían lejos de sus enemigos. En una oportunidad estaban 'encaletados' en una casaquinta en una de las montañas que rodean a Medellín y la zona terminó acordonada por la policía. Estaban sin provisiones y el frío les estaba haciendo mella. Pasaron los días y el cordón de seguridad de las autoridades continuaba. Una madrugada la hipotermia comenzó a hacer estragos en Manuela. En la casa lo único que había eran 2 costales con US$ 2 millones y Escobar decidió hacer una hoguera con ellos para evitar que se congelara.
Manuela, hoy Juana, ha tenido varios episodios depresivos y varias veces ha intentado quitarse la vida. Hoy estudia relaciones públicas y los días en que tiene algún parcial su familia se pone en jaque porque una mala nota significa una recaída.
Pero cada vez que eso pasa, María Isabel llama a Ángeles y le pide consejos. Ella se pone al teléfono o sale para su casa y, por lo general, resuelve el problema con Sebastián. Uno de esos momentos díficiles para Manuela ocurrió en noviembre de 1999, cuando estalló el escándalo en Buenos Aires y el mundo se enteró de que la familia de Escobar, de la que no se había vuelto a saber nada desde 1995, vivía en esa ciudad y que estaba acusada de falsificación de identidad y lavado de activos. A Sebastián le costó 45 días de prisión. Y a su madre, 18 meses.
Después de 7 años de investigación por parte de la Fiscalía y la Corte Suprema de Justicia de Argentina que rastreó sus movimientos por cuanta cuenta bancaria les fue posible, se determinó que el dinero con el que vivían en Buenos Aires era legal y que las nuevas identidades habían sido otorgadas por la Fiscalía en Colombia.
Manuela pasó esos días terribles de la mano de Ángeles. Ella la cuidó en las noches de insomnio y en sus interminables horas de llanto. En esa época ya había conocido a su mejor amiga y gran confidente en Argentina, la pintora Francisca Miranda, y ella también fue tocada por la tragedia justo en esos días. Su casa se incendió, el 60% de su cuerpo se quemó, y perdió 2 dedos en cada mano. Con todo y eso, fue capaz de garabatear una nota para Sebastián dándole ánimo.
-Eso me sacó de la depresión -dice Sebastián.
Por otro lado, Francisca animó a Ángeles para que tomara los pinceles y empezara a pintar. "Es la mejor terapia", le dijo. Y ella empezó a pintar flores. "Son el símbolo de mi ciudad, por eso las pinto". Y por eso, las flores están por todo el apartamento, el estudio de Sebastián y el de su mamá.
Los 4 continúan siendo paisas. Ella y la mamá de Sebastián siempre se visten con colores vivos. Llevan 15 años en Buenos Aires y todavía su acento no se ha contaminado de los giros bonaerenses.
La cárcel, en esos días, también sirvió para que Sebastián y Ángeles dejaran de ser novios y se convirtieran en marido y mujer.
Ella -que tiene nacionalidad mexicana- viajó a México con un poder de Sebastián y se casó sola en una notaría, años después, el 07/12/2003, se casaron en una iglesia en Buenos Aires, pero los únicos asistentes, además del cura, fueron Isabel y Manuela y uno que otro familiar que los visitó desde Colombia.