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Cuenta regresiva para una votación (1): Clarín vs. Miradas al Sur (Spolsky/Anguita)

El domingo 04/10 registró una coincidencia, en el marco del proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual: la autodefensa del Grupo Clarín, y la crítica durísima -de alguna manera, la respuesta de Néstor Kirchner- en el semanario Miradas al Sur, de Sergio Spolsky pero dirigido por Eduardo Anguita.
Primero, el largo texto del multimedios Grupo Clarín, titulado '64 años creyendo en el país y construyendo medios argentinos', una autobiografía que muchos acusarán de parcial y hasta tendenciosa. El contenido sería aquello que Grupo Clarín tenía previsto manifestar ante el Senado de la Nación, pero finalmente no participó. Pero aqui va: Usted conoce Clarín. Somos un diario que nació en 1945 con una mirada nueva. La de ser un diario masivo y de calidad. Que pueda llegar a todos. Que privilegie la información y que desde lo editorial apueste al desarrollo integral de la Argentina. Clarín fue asentándose: con los años se convirtió en el primer diario nacional y uno de los líderes de habla hispana. Sostenido por el trabajo de sus periodistas y el acompañamiento sus lectores. Cuidando la independencia empresaria como reaseguro de la periodística. Con una visión focalizada en el crecimiento del país, Clarín no sólo quiso ser espectador, sino protagonista de los cambios que vivieron los medios y las audiencias en las últimas décadas. No hicimos nada diferente de lo que hicieron grandes medios alrededor del mundo. Decidimos acompañar la evolución tecnológica. Invertimos para llegar a nuestros públicos a través de otros lenguajes, audiovisuales y digitales. Lo hicimos conscientes de que los medios de comunicación se globalizan cada vez más y creyendo importante preservar nuestro rol como actores argentinos. Actores con la dimensión suficiente para competir sin diluirse frente a los conglomerados internacionales que llegaban al país. Para sostener nuestros valores y nuestra identidad. Para producir, informar y entretener con nuestro acento. Así fuimos conformando el Grupo Clarín. Una compañía de capitales argentinos, cuyos accionistas y números son de dominio público. Aunque somos más pequeños, nuestra estructura es similar a la de otros grupos de medios de Iberoamérica, como Prisa de España, O Globo de Brasil o Televisa de México. No fue fácil hacerlo desde aquí, en un país con discontinuidades, un menor tamaño relativo y contando únicamente con recursos propios. Si nos comparamos con el mundo, nuestra facturación es 66 veces menor a la de Telefónica, 40 veces menor a la de Time Warner y 24 veces menor a la de CBS. Nuestras inversiones, plantadas aquí, superaron los 20.000 millones de pesos en los últimos 20 años. Hoy cotizamos en las Bolsas de Londres y Buenos Aires pero tenemos el orgullo de haber crecido en la Argentina, de haber decidido quedarnos pese a las ofertas de compra de grupos extranjeros. E, incluso, de tener operaciones en Uruguay, Paraguay y México. Para cualquier país, una empresa como Clarín suele ser un exponente del emprendimiento privado, un motivo de orgullo nacional. Porque se trata de una voz de peso local en un mercado cada vez más transnacional. Porque genera empleo calificado y configura una importante industria cultural. Pero en la Argentina de hoy eso parece no contar. Clarín está siendo estigmatizado con intenciones políticas. Por eso vale aclarar algunos puntos. En ninguna de sus actividades el Grupo Clarín es un monopolio. De hecho, el mercado argentino de medios es uno de los más diversos del mundo. Y Clarín actúa en cada segmento compitiendo intensamente. Nos gusta la competencia. Nos estimula y estamos acostumbrados a ella. En Buenos Aires, Clarín compite con 12 diarios nacionales pagos de interés general, número muy difícil de encontrar en las principales capitales del mundo. Compite en los quioscos con La Nación, La Prensa, Diario Popular, Crónica, Página/12, Crítica de la Argentina, Bae, Buenos Aires Herald, El Cronista, Ambito Financiero, Perfil y Miradas al Sur. En el país compite con más de 200 diarios regionales y locales que son voces de referencia en su zona, donde los diarios nacionales tienen una inserción reducida. En televisión abierta, el grupo es titular de Canal 13, una de las cinco estaciones que se reciben en el Gran Buenos Aires. Allí mismo también se escuchan más de 550 radios. De todas ellas, Clarín participa en una AM y una FM (Mitre y La 100). Hay varios grupos que tienen más radios que las permitidas. No es nuestro caso. En canales de noticias, la Argentina cuenta con 5 señales nacionales, todas de dueños diferentes (Crónica TV, América 24, C5N, Canal 26 y TodoNoticias). Una de ellas, TN, es de Clarín. No hay otro país en el mundo con una oferta semejante. En Internet, cualquier persona puede distribuir contenidos. De los sitios más visitados del país, Clarín.com ocupa el puesto número 10. Los anteriores no son argentinos. Estamos orgullosos de sostener esta presencia en un espacio donde lo nacional suele caer en la insignificancia. En el mercado del cable, Clarín viene invirtiendo, desde 1993, en la conformación de una red que hoy encabeza Cablevisión. Es el primero entre más de 700 operadores, y siempre compite con otras opciones, en cable o en satélite. Conformó la primera red alternativa a las grandes telefónicas. Así logró, por ejemplo, una presencia en Internet que dinamizó el mercado de banda ancha. Se ha llegado a decir que Clarín tiene el 73% de las licencias de radiodifusión del país. Es falso. Para que quede claro: en todo el país, Artear posee cuatro licencias de televisión abierta, sobre 42 existentes. Radio Mitre posee 9 licencias, sobre más de 5.000 existentes. El cable no es radiodifusión porque no usa éter: sus licencias son locales (a diferencia de la TV satelital, que goza de una licencia nacional). Cablevisión tiene un 47% de participación en ese mercado. Este porcentaje es similar o está por debajo de los mayores operadores de cable de países como Francia (65%), Italia (75%), España (57%), Alemania (52%), Reino Unido (50%), Chile (67%), Perú (82%) y Venezuela (50%), Brasil (46%), Colombia (46%) y México (46%). Clarín ha invertido siempre en la Argentina con una misión central: el periodismo y los medios de comunicación. Por eso tenemos los equipos de periodistas más numerosos y premiados del país. Por eso, muchos de los profesionales más prestigiosos han surgido de nuestros medios o eligen trabajar en ellos. En 1995, cuando se constituyó como tal, el Grupo se definió en esta actividad. No nos dedicamos a otra cosa. Clarín tiene medios porque esa es su razón de ser. No los tiene para otro fin. Somos el principal multimedios del país, pero no el único. Y nos gustaría que hubiera varios más. Lamentamos que colegas que iniciaron proyectos parecidos hayan decidido vender a lo largo de estas décadas. O que grupos fuertes, que parecían de largo aliento, se desarticularan según los ciclos políticos y económicos. Cada uno de nuestros pasos los dimos cumpliendo la ley. En 1990, cuando Artear se presentó a los concursos de Canal 11 y Canal 13, ganó los dos. Obtuvo los máximos puntajes y optó por la frecuencia del 13. Fue el único canal que no cambió, en 20 años, su composición accionaria. El único que no se vendió, que apostó siempre a la producción nacional, que se especializó en ficción y noticias. En paralelo, Artear generó señales nacionales para alimentar una grilla de cable donde hasta las noticias y el deporte venían desde afuera del país. Nos propusimos hacer contenidos argentinos que reflejaran nuestra realidad, nuestra identidad, nuestra diversidad, nuestro talento, nuestra cultura. Así nació TN, realizado con los más altos estándares periodísticos y tecnológicos. O Volver, que se convirtió en un resguardo entrañable de la historia del cine y la televisión argentinos. O TyC Sports, con foco en los deportes y los deportistas nacionales. O Quiero, pensado para difundir la música de nuestros artistas. Canales de libre creación que no usan espectro radioeléctrico. Que contribuyen a dar trabajo, a generar y preservar contenidos nacionales. Sin razón técnica alguna, el proyecto de ley de medios pretende limitar o silenciar esas voces. ¿Eso es promover la diversidad? En el cable, Clarín comenzó con una operación en San Pedro. Fue creciendo en una industria madura, conquistando nuevos abonados y a partir de cables existentes. En los 90, el sector se extranjerizó: vinieron las grandes compañías norteamericanas: US West, Continental, TCI, Hicks, Liberty. Clarín hizo el esfuerzo y se mantuvo como el segundo operador nacional. Luego vino la crisis, con la deuda en dólares. El 95% de ella tomada en el exterior, por lo que se multiplicó por tres. Tuvimos que desprendernos de compañías importantes, como CTI y DirecTV. Reestructuramos esa deuda de manera privada, con recursos enteramente propios. Y tras la recuperación, volvimos a apostar en el país. Nadie nos regaló nada. En 2006 adquirimos el 60% de Cablevisión, lo que permitió que una compañía extranjera vuelva a ser argentina. Desde entonces, la empresa sumó 1.000 nuevos empleados, no distribuyó dividendos e invirtió más de 550 millones de dólares en redes y digitalización. Como sucede en varios países de Europa y América, los cables se consolidaron para generar masa crítica y prepararse para competir con las grandes empresas de telecomunicaciones. Claro que mientras los países serios equilibran los mercados para que compitan entre iguales, aquí se quiere fracturar en partes a los locales. Sabemos que el futuro de nuestra industria pasa en gran medida por la banda ancha. Y esto requiere dos cosas, que el proyecto de ley desconoce. Primero, promover la inversión en redes alternativas y la competencia en Internet, para lograr mejor capacidad, velocidad y precio. En lugar de eso, se limita arbitrariamente el alcance de los cables y se destruyen sus inversiones recientes, discriminándolos frente a las telefónicas que pueden llegar al 100% de los hogares. Segundo, promover sólidas empresas audiovisuales para que nuestro talento no se diluya en un mar de contenidos globales. Los países del mundo y de la región lo entienden así, y por eso en lugar de ponerle trabas, acompañan a sus grupos de comunicación. No parece ser la intención hoy en la Argentina. La paradoja es que en varios aspectos, este proyecto se emparenta con la vocación de fragmentar y controlar que tenía la ley de la dictadura. Parece que se quiere regular para un escenario de hace treinta años, donde sólo existían la radio y la TV abierta. Hoy el cable, Internet y la digitalización multiplican al infinito las posibilidades. Deberíamos apostar a que nuestras producciones puedan llenar esos espacios. Sin embargo se imponen restricciones arbitrarias y alejadas de los ejemplos internacionales. ¿Cuál es la lógica de prohibir a un grupo tener un cable y un canal abierto en la misma área? Uno produce y otro transporta lo que producen muchos. Esta exclusión no existe en todo el mundo. ¿Cuál es la lógica de limitar a sólo una señal la que pueden producir los canales abiertos o los cables? Afuera sucede todo lo contrario: los canales abiertos y los cables son los principales productores de contenidos. Las cuatro cadenas privadas de televisión de EE.UU. producen señales de noticias propias (MSNBC, Fox News y CBS News) y otras señales temáticas (History Channel, ESPN, Disney Channel, Fox Sports, National Geographic, Bravo, USA Network, Discovery, etc). Lo mismo sucede con operadores de cable importantes, como Time Warner, que produce HBO, Cinemax, CNN o Cartoon Network.
 
En los últimos meses, se ha emprendido una batalla contra un grupo periodístico nacional. No es inusual que los gobiernos se molesten con los medios: la tensión prensa-poder es natural en la democracia. Lo que sí resulta inaudito es que se haya puesto todo el aparato estatal (el formal y sus resortes más oscuros) para amedrentar, a través la estigmatización política y la difamación personal. Una campaña direccionada a Clarín pero que lo excede como destinatario. Y que revela un objetivo muy claro: desacreditar a los medios de comunicación como contrapeso en la democracia.
No estamos en guerra con nadie. Aunque nos ataquen seguiremos contando lo que entendemos le pasa y le interesa a la sociedad. Eso quizás molesta. Y por eso las campañas sucias, los panfletos paraoficiales, las intimidaciones de la AFIP, el uso de organismos públicos como herramientas de apriete. 16 mil personas trabajan con nosotros. Somos uno de los principales generadores de empleo calificado en el país. Todas nuestras operaciones cumplen la ley. Quizá por eso quieren hacer una ley para que no la podamos cumplir. Coincidimos en que la democracia se debe una nueva ley de radiodifusión. Este proyecto pregona la democratización pero consagra un poder discrecional sobre los medios. Además busca atomizarlos y debilitarlos. Para que no se escuchen y dependan de las dádivas oficiales. O directamente para acallarlos. Este proyecto deja a los medios en estado de precariedad absoluta, al no respetar las licencias vigentes, algo que ni siquiera sucedió en Venezuela. Y autoriza que la única red de radio y TV que llegue a todo el país sea la del Estado. Cuando las leyes son pensadas contra algunos, cuando el personalismo utiliza el poder del Estado y no encuentra freno en las instituciones, están en riesgo las garantías de todos. Esto es parte de lo que el Grupo Clarín tenía pensado decir en el Senado de la Nación, antes de que se anticipara el final del debate en Comisión. Queremos compartirlo con los senadores y con toda la sociedad. Creemos que de nada sirve nuevamente forzar la polarización de un debate. Desde nuestro lugar apelamos a la racionalidad. A que se proteja no sólo la seguridad jurídica sino nuestro derecho a seguir apostando en el país. Confiamos en que el debate legislativo pueda servir para tener una mejor ley, que permita preservar la libertad de expresión, el desarrollo de la industria audiovisual y el acceso de más ciudadanos a los nuevos medios. Desde Clarín seguiremos trabajando, como siempre, en comunicar a los argentinos en su mismo idioma. Grupo Clarín Buenos Aires, 4 de octubre de 2009. Ahora, un texto que podría describirse como el punto de vista gubernamental o la réplica del kirchnerismo, a través del semanario Miradas al Sur, reproducido por el matutino de distribución gratuita El Argentino (ambos propiedad de Sergio Spolsky), titulado 'Clarín se llamó a silencio', con la firma de Eduardo Anguita: La diferencia entre un capricho y una decisión correcta suele ser la diferencia en la relación de fuerzas. En ese sentido, Clarín, acostumbrado a extorsionar y disciplinar legisladores, tuvo el poderío de evitar que el debate sobre los medios llegara al recinto. Jorge Rendo, director de Relaciones Externas de Clarín, tenía cita en el plenario de comisiones del Senado el viernes pasado para dar a conocer el punto de vista del monopolio. Fue el mismo grupo Clarín el que pidió un lugar en las audiencias convocadas por las cuatro comisiones que analizaron el tema. Pero, a último momento, Rendo pegó el faltazo. Mandó una nota de aviso y punto. El hombre que mandó faxes y correos electrónicos, videos, invitaciones a conversaciones reservadas en hoteles cercanos, el que premiaba con espacios generosos en los medios del grupo a los dóciles y castigaba con silencios cerrados a los indómitos, justificó su ausencia en que "el oficialismo no está dispuesto a hacer modificaciones". Una vez que los senadores se enteraron que Rendo los desconocía, procedieron a firmar el despacho, requisito necesario para que la media sanción de Diputados llegue al plenario de la Cámara alta el próximo viernes 9. Rendo, en nombre del CEO, Héctor Magnetto, y de la directora del grupo, Ernestina Herrera de Noble, cometió un error muy grave: le restó legitimidad al Congreso nacional para legislar sobre medios audiovisuales. ¿Lo hicieron desde la fuerza del multimedio o desde la impotencia para modificar las cosas? Magnetto, Herrera de Noble y Rendo jamás concibieron un debate sobre los medios sin el lobby de los medios. Arpa, ATA, Adepa y tantas entidades creadas a la medida de una concepción que perduró un cuarto de siglo: "la mejor ley (de medios) es la no ley". El silencio de Rendo fue acompañado por la edición de ayer de Clarín: ni una palabra sobre el faltazo al Senado. Ni siquiera el texto que sus mismos acreditados en el Congreso tuvieron disponible en la Sala de Periodistas y que surgió, precisamente, de las oficinas de la calle Tacuarí, donde tiene la sede Clarín. El primer razonamiento es que Clarín hizo lo de siempre. Error. Hasta ahora, más allá de los deseos, tendían las redes y sacaban suficiente cantidad de pescados. Esta vez, se las llevan vacías. El monopolio tenía un libreto que se fue derribando paso tras paso. Empezaron con que se trataba de un enojo personal de Néstor Kirchner que quiere comprarse todo. Siguieron con que no es legítimo que los diputados y senadores actuales se ocupen de las leyes, que para eso el pueblo votó el 28 de junio ¡Hay que esperar al 10 de diciembre! Después recurrieron a que TN puede desaparecer, como los amigos del barrio. Eso sí, que ninguno de los redactores o editores de las empresas del grupo hablen del origen de Felipe y Marcela, los hijos adoptivos de la directora. Ahora quedaba la pelea por el desguace: que el Senado modifique el plazo de un año para que los monopolios se desprendan de algunas de las señales. Clarín quiere tres años; es decir, que se hagan efectivas recién después del cambio de gobierno, con la esperanza de forzar la ley y que un gobierno amigo de Clarín se ocupe de hacer la vista gorda cuando los testaferros queden a cargo. Pero entre esas pequeñas escaramuzas y este faltazo hay una distancia muy grande. Porque ya no se trata de pelear cosas puntuales. Esta vez es un desconocimiento directo del Parlamento. Es, sin más ni menos, que una vuelta a las fuentes. Fueron los gobiernos dictatoriales, especialmente la dictadura genocida de 1976, la que le dio más privilegios a Clarín y, a su vez, la que embretó al grupo en la historia que más silencio requiere. Magnetto y Herrero de Noble no quieren que se hable de Papel Prensa pero mucho menos quieren que se hable del origen de Marcela y Felipe. Quizá porque fue un pacto de sangre, quizá porque el Grupo, sin saberlo, entró en el pacto de sangre y silencio del que fueron –y son- parte muchos oficiales militares y civiles. Una nueva ley no significa sólo un conjunto de normas que disponen cursos legales para el futuro. Las leyes son el resultado de un ambiente social, de un clima de época. Clarín acumuló poder trivializando hechos dramáticos y dramatizando historias menores, desplazando competidores, echando delegados, promoviendo energúmenos en las redacciones y en los programas de radio y televisión, extorsionando políticos y funcionarios públicos, evitando que sus socios de la AFA siquiera pudieran auditar las cuentas de la televisación del fútbol. Sus directivos evaluaron mal. Creyeron que los opositores serían su escudo protector y se encontraron con que los senadores radicales están que trinan porque los diputados de su partido hicieron al pie de la letra lo que quiso Clarín. Creyeron formar parte de los llamados poderes permanentes. Porque no dejaron casillero por llenar. Desde Expoagro para ser parte del negocio sojero hasta la Asociación Empresaria Argentina, donde Clarín creyó que iba en tándem con Techint, pasando por la relación con el Episcopado. Pero, uno a uno, esos poderes tradicionales siguieron su curso sin intentar siquiera influir sobre los senadores o diputados que les resultan afines. Clarín dejó de lado que la historia de la lucha por esta ley lleva 26 años. Que así como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo lucharon por la Verdad y la Justicia, muchos comunicadores de radios truchas o de cooperativas, los académicos y los intelectuales, los sindicatos de periodistas y actores, querían esto que está por llegar. Fue una cuestión de tiempo. Pero sobre todo de derecho. El derecho a la pluralidad de voces, a la multiplicidad de emisores. En definitiva, Clarín se llama a silencio porque, en el fondo, saben que la acumulación de privilegios y poder tiene un límite. Ahora, más allá de intentar trabar esto con presentaciones judiciales y desconocimientos fácticos, los directivos del grupo Clarín tendrán por delante tratar de evitar que las internas empresarias, editoriales y periodísticas estallen. Como a todos, les tocará vivir que la victoria tiene cien dueños y la derrota es guacha.

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