De todas formas, en el mismo plenario, el grueso de los obispos decidió no dejar en manos de los que tienen un discurso más duro la batalla en cuestiones como el aborto. No es que en un tema como este vayan a aflojar, sino que el debate por el matrimonio gay les permitió comprobar que los mensajes de tono apocalíptico son contraproducentes. Así, crearon una novedosa superestructura que reúne a las áreas del Episcopado que intervienen en ese tipo de temas (Fe y Cultura, Educación, Familia, Laicos y Prensa) y las pusieron bajo el mando de un moderado: el coadjutor de la diócesis de San Isidro, monseñor Oscar Ojea.
Ello hace suponer que el perfil moderado seguirá capeando en el Episcopado y tendrá su correlato en las elecciones. Por eso, para noviembre, emerge como uno de los candidatos a presidente el arzobispo de Santa Fe, José María Arancedo, actual vicepresidente segundo.
El vice primero, Luis Villalba, quedó fuera de carrera porque llegó a la edad límite de 75 años y elevó su renuncia como arzobispo de Tucumán.
Otro que también se va perfilando es el arzobispo de Mercedes-Luján, el salesiano Agustín Radrizzani, de fuerte inclinación al diálogo, lo que le trajo problemas por mostrarse demasiado comprensivo con el kirchnerismo .
Muchos creen que el ascendente arzobispo de Corrientes, Andrés Stanovnik, otro moderado, será puesto en una vicepresidencia. Stanovnik ocupó el cargo clave de secretario general del Episcopado Latinoamericano y es uno de los candidatos a suceder a Bergoglio en el arzobispado porteño. Aunque no se descarta que un duro como el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, de buena llegada a Roma, llegue a otra vicepresidencia.
Con ello se buscaría integrar una línea más en sintonía con Benedicto XVI y coagular la interna. Pero, como en la presidencial, las candidaturas en la Iglesia aún no emergen con claridad.