Al rescate de María Magdalena, según EDICIÓN i
CIUDAD DE BUENOS AIRES (
EDICIÓN i). Desde hace siglos abundan los intentos por exhibir a María Magdalena como una esclava de la lujuria. Sin embargo, los teólogos actuales afirman que no sólo no lo fue, sino que pudo haber reinado entre los cristianos.
¿Existió María Magdalena?
Se llamaba María y era de Magdala, una ciudad de pescadores de la costa del mar de Galilea, entre Cafarnaúm, patria de Pedro, y Tiberíades. Una ciudad que ya en la época de Jesús contaba con una flota pesquera de más de 200 barcos y se hizo famosa por sus salazones. Se encuentra a una jornada de camino de Nazaret.
María de Magdala fue, pues, un personaje histórico real y "el hecho de que no lleve unido el nombre de su padre o de su marido, sino el de su ciudad, indica que era una mujer independiente, que no estaba sometida a otros y que tenía autonomía para formar parte del grupo de Jesús", explica el teólogo Xavier Pikaza, autor de La nueva figura de Jesús (Verbo Divino, 2003) y de Las instituciones del Nuevo Testamento (Trotta, 2001).
Ella es la mujer que más veces se cita en los Evangelios: 17 veces. Más que María, esposa de José, la madre de Jesús. "No se entiende por qué los apostóles iban a inventar ese personaje", advierte Antonio Piñero, catedrático de la Universidad Complutense y expertos en el estudio de la primitiva Iglesia cristiana.
Se sabe que ella era judía "no sólo por su origen, sino porque los primeros discípulos de Jesús fueron judíos", dice Pikaza. "Aunque algunos libros quieren hacer de ella una pagana, todos los datos, incluido su nombre, María (puesto de moda por las princesas asmoneas), apuntan a que era judía", añade Carmen Bernabé, profesora de la Universidad de Deusto, y autora de una tesis sobre la Magdalena.
¿Fue una prostituta?
No, no lo era, pese a que la iconografía de siglos la presenta de esa manera. La confusión, tal como advierte Carmen Bernabé, viene de un texto del Evangelio según Lucas (Luc 7:36-50), en el que se narra que Jesús fue invitado a comer en casa de un fariseo. Allí se presentó "una mujer pecadora pública" que con lágrimas mojó sus pies, los secó con los cabellos y los ungió con perfume. En ningún momento se dice que la mujer fuera María Magdalena y, sin embargo, se impuso la tesis de que las dos eran la misma mujer.
De hecho, como dice la profesora Bernabé, "esta identificación expresa no se realiza hasta el siglo VI, con el papa Gregorio Magno, que la llama ‘ejemplo de perdición’ y ‘esclava de la lujuria’".
Gregorio fue quien disputó con el patriarca Eutiquio de Constantinopla acerca de la corporeidad de la resurrección, y fue secretario del papa Pelagio hasta la muerte de éste. Cuando lo reemplazó, trabó alianzas con las órdenes monásticas y con los reyes de los francos en la confrontación con los ducados lombardos, adoptando la posición de un poder temporal separado del Imperio. Italia se hallaba en una condición deplorable como consecuencia de las luchas entre los ostrogodos y el emperador Justiniano, pero resulta curioso que para imponer disciplina Gregorio apelara a imponer una historia falsa. Lamentablemente no fue el único Papa que hizo algo semejante.
En el siglo XII, Honorio de Autun escribía que María Magdalena "vivió atormentada por deseos impuros" y que, por eso, pasó su vida escondida en una gruta del desierto, haciendo penitencia y mortificando su carne.
Curioso personaje el tal Honorio. A mediados del siglo 12, sus escritos circulaban con cierta fama, y entre ellos De Imagine Mundi, afirmó que en los confines del mundo hacia el sur habitaban los Sciópodos, hombres de un solo pie que corrían mucho más veloces que el viento, y que con el mismo único pie cubrían sus cabezas del sol. Había otros, próximos a la fuente del Ganges, que vivían en base al aroma de una fruta, y cuando viajaban la trasladaban consigo porque otro olor les provocaba la muerte. Sin olvidar el caso de la piedra imán, que atraía irremediablemente al hierro, y a la que sólo se podía romper su maleficio derramando sobre ella sangre de macho cabrío. La geografía terrestre era para Honorio de gran simpleza: la Tierra estaba en medio del aire, y por tanto el Infierno se hallaba en el centro de ella. Esto significaba que por una estrecha boca se adentraba uno en él, y todo se ensanchaba a medida que ingresábamos: fuego, azufre, dragones y gusanos de fuego era algo de lo que esperaba al pobre mortal que por esos territorios caía. Un ignorante, venerado y con impunidad intelectual.
Los teólogos aducen diversas razones para la falsificación histórica de María Magdalena por la Iglesia Católica Apostólica Romana (las otras iglesias católicas nunca trataron mal a María Magdalena).
Para Isabel Gómez-Acebo, "en el siglo I no se concebía que mujeres sin padre, marido o tutor tuvieran una vida itinerante en pos de un maestro o de una idea. Las que lo hacían, pronto eran calificadas de mujeres de mala vida. De ahí la tendencia a tildar de prostituta a la Magdalena".
O sea que el Obispado de Roma, luego Vaticano, en vez de valorar el concepto revolucionario en el ascenso social de la mujer que propuso Jesús de Nazareth, y así quedó registrado en los Evangelios, decidió mancillar a María Magdalena para que no se esparciera el ejemplo de la mujer independiente, que no respondía a las escalas de valores y al modelo cultural que intentaba imponer el catolicismo.
Según Pikaza, se trata de "rebajar su autoridad". Y para la también teóloga Mercedes Navarro, se hizo por "miedo al poder y liderazgo no sólo de María Magdalena, sino de las mujeres que le iban a la zaga".
Para Navarro se trata "de una estrategia del patriarcado contra las mujeres, que consiste en la descalificación de la Magdalena, reduciéndola a un rango inferior incluso en su humanidad. La prostituta arrepentida era controlable. La primera testigo, la mujer independiente y líder de un movimiento espiritual, no".
La Iglesia Católica Ortodoxa no sólo no consideró a María Magdalena con una prostituta, sino que se la consideró virgen desde siempre. En cambio la Iglesia Católica Apostólica Romana modificó su enfoque de María Magdalena a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965). En la actualidad, en la liturgia que le consagra el día 22 de julio, María Magdalena recupera sus rasgos de apóstol y discípulo y pierde los de pecadora.
Los exegetas coinciden en que María Magdalena formó parte del "grupo de itinerantes, varones y mujeres, que iban a todas partes con él", dice Pikaza. Porque, en contra de lo que suele creerse, en el mundo teológico se defiende que los apóstoles no fueron sólo 12. Ese número se fija para evocar a las tribus de Israel, que eran 12. Pero el número real de los apóstoles eran muchos más que 12. En derredor de Jesús de Nazareth se integró un grupo de hombres y mujeres que se desplazaban con él.
En el caso de María Magdalena la demostración de su desplazamiento es que algunas mujeres aparecen y desaparecen de la vida de Jesús, pero ella está presente en los Evangelios desde el primer momento en que Jesús inicia su predicación en Galilea hasta el último trance de la crucifixión y posterior resurrección en Jerusalén.
Es incluso "muy probable", tal como sostiene Xavier Pikaza, que ella estuviese en la última cena. La imagen de Jesús y 12 apóstoles en la última cena es la que pintó Leonardo Da Vinci pero no necesariamente fue así.
