Una carrera en la que los puntos son diamantes y los empates dramas cósmicos. Empató el Madrid minutos antes del arranque del Camp Nou y con ese hecho entre los dientes salió a jugar el Barcelona. Lo siguiente fue otra de esas victorias que hoy nos parecen rutina y mañana, cuando recordemos a este equipo, nos parecerán el matrimonio perfecto de precisión y magia: arte e ingeniería. Y advierto que no lo haremos sólo porque la memoria hace poesía. Lo haremos porque este equipo hace poesía.
El guión del mejor Barcelona
Guardiola, con los cuartos de Copa muy cuesta abajo, sacó brilló al equipo de gala, un once que ha jugado seis partidos de inicio con cinco 'manitas', un 0-3 y este 4-1. El guión fue el previsto y no lo cambió ni la presencia de Pellegrini ni la de Baptista ni, en definitiva, nada que tuviera que ver con un Málaga remendado a golpe de talonario pero al que habrá que medir en otras plazas.
En el Camp Nou tardó más de 25 minutos en rematar y en hacer una falta. Demichelis se encargó de todo: remate alto, falta y tarjeta. Para entonces el partido estaba en vías de extinción (2-0) tras una salida maravillosa del Barcelona: arrollador en la presión, intenso de pensamiento y de piernas y dulce, vertical y venenoso con el balón. Como en el primer año de Guardiola a ritmo de Etoo, Messi y el mejor Henry, el Barcelona mató el partido por la vía del cloroformo.
El resto, sin más susto que la leve lesión de Alves, fueron sonrisas, detalles y lecturas de medio lado porque el partido duró, incluso para los más voluntaristas, hasta el 3-0, poco más de media hora de fútbol perfecto. Control absoluto, autoridad y plasticidad, llegadas y goles.
El Málaga plantó las líneas de cuatro con intención ordenada pero se vio superado por otro ejercicio circense de un Barcelona que ha hecho de la excelencia rutina y no se empacha. Ocho jugadores del Málaga se aculaban hacia su portería. Y otros tantos del Barcelona jugaban en un puñado de metros con Alves y un tremendo Abidal incrustados como extremos. Ni atascos, ni saturación ni falta de espacios: Combinaciones de Messi, Xavi e Iniesta, hiperactividad de Pedro e instinto de un Villa sobresaliente.
Triangulaciones dibujadas en el aire, pases imposibles en profundidad, regates... El Málaga no era capaz de afirmarse atrás y cada vez que asomaba en campo rival se encontraba una contra demoledora en su área. Así vivió: incómodo en cada centímetro del campo, rendido muy pronto y asustado casi siempre.
Los goles fueron puro Barcelona: el primero tras una combinación imposible por el centro que hizo un viaje de ida y vuelta hasta la banda de Alves para acabar en remate de Iniesta desde la frontal. El segundo tras un robo muy arriba de Busquets y una asistencia (otra más) perfecta de Messi a Villa, que repitió en el segundo tiempo tras otro pase de claqué de Xavi y después de que Pedro remachara con su instinto de guardia el 3-0 antes del descanso.
La segunda parte no existió. El Málaga se estiró en los minutos de fogueo. Respiró y marcó en un disparo de falta de Duda. El Barcelona, en reserva absoluta de energía, volvió al partido de refilón para dejar otro puñado de ocasiones y el cuarto gol. Bojan y Afellay subieron el ritmo en los minutos de los que dispusieron y nada más.
Y nada menos. Ganó con estilo y una suficiencia insultante el campeón de invierno en la noche de los récords y para los pragmáticos, en la noche en la que el Real Madrid le dejó ampliar su ventaja a cuatro puntos, un abismo en una pelea en la que los márgenes se miden con microscopio al menos en cuanto a la clasificación. Todo es sonrisa y récords en el Barcelona pero el trabajo, queda toda una vuelta, está sólo a medio hacer. Queda mucho pero la ventaja del Barcelona son los cuatro puntos pero también su forma, casi siempre excelsa, de hacer camino.