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El peligro del unicato sexual (digital)

Conversación en la catedral (del peinado) de los bloggistas Mavrakis y Valdés:

CIUDAD DE BUENOS AIRES ( Mavrakis y Valdés). Charlábamos, varios de los redactores de Mavrakis y Valdés, en el segundo piso de la peluquería de Miguel Romano - mientras esperábamos - sobre la blog kultur (cuya teoría es vanguardia) e internet. Hasta que una de las manicuristas mencionó la abundancia, en esos medios virtuales, de la pornografía. Algo que, por supuesto, siempre escandaliza. Pero que se presta, sin embargo, a otros enfoques. Destacó, uno de los redactores, a coro con otra manicurista, el auge de la tecnología digital. Que hace que cualquiera, casi sin distinción de clases, pueda autorepresentar el actor o actriz porno que siempre soñó con ser. El tema fue: ¿es esto, en realidad, un sueño propio? ¿O es un sueño impuesto por otros? ¿Liberación o dependencia? Uno de los redactores de Mavrakis y Valdés – mientras le hacían las uñas, ya – insinuó que el poder de la tecnología, volcado a la sexualidad, insuflaba todo un nuevo halo de creatividad y libertad. La "tecnificación del sexo" – "la conjugación de intimidad y digitalidad", dijo - renovaba, a su entender, al protocolo – a la conducta - sexual. Y la renovación, a su entender, era positiva. El arte jamás podrá confluir con la vida cotidiana. Sí, en cambio, los agradabilísimos productos del Mercado – dijo otro de los redactores, mostrando un poderoso celular con cámara de fotos y video. ¿Pero de qué manera transitan los saberes sexuales? Evidentemente, por un circuito extra-oficial. Los saberes prácticos, útiles, llegan a través del murmuro. Incluso a través de ámbitos hechos para ser transitados únicamente de manera extra-oficial. Casi siempre porque son espacios – y voces – de naturaleza infamante. Pero útil. La extraña paradoja del registro El tercero de los redactores de Mavrakis y Valdés – al tiempo que se resolvía por el nuevo color de su tintura – hizo una comparación válida: "Nadie llega a sacar el registro sin nunca haber manejado un auto. Pero para haber manejado un auto, se supone la necesidad de un registro. ¿Pero se saca el registro para aprender a manejar, o se aprende a manejar y después se saca el registro?" Le pedimos que se explicara – mientras dudaba entre el rubio y el rubio ceniza profundo -. Su idea era – o llegó a entenderse que era - que el conocimiento práctico que requiere saber manejar un auto sólo se adquiere, necesariamente, de manera clandestina. Por canales extra-oficiales. Y que lo mismo – a su entender – sucedía con el sexo. Lo enseñan los comentarios del entorno, las experiencias ajenas, las murmuraciones más abyectas; pero eso sí, nadie, por lo menos nadie normal y socializado, tiene su primera noticia al respecto al momento mismo de la experiencia. "Nadie sacó el registro y después aprendió a manejar", señaló, decidido ante el tono rubio ceniza profundo. Mercantilización versus creatividad Discutimos, los redactores de Mavrakis y Valdés, si los circuitos extra-oficiales por los que circulan los saberes sexuales, a la luz de los nuevos medios digitales, se están multiplicando y enriqueciendo o si, en cambio, se están achicando y empobreciendo. Coincidíamos en que, sobre todo para las mujeres, el apogeo de la imagen es tanto una primacía como una desventaja. Pero vean nada más todo lo que pulula por la red, dijo uno de los más importantes teóricos de la blog kultur (cuyo nombre es preferible reservar). Nada de lo que se ve aporta la más mínima creatividad. Mercantilizado y subcategorizado, el sexo se convierte en una práctica no solamente vacía – el redactor es un romántico, por eso mejor reservar su nombre – sino aburrida. Y eso – dijo gesticulando raro - es lo imperdonable. La construcción de un discurso único del "sexo oficial" Fíjense en las poses, por ejemplo. Repeticiones y repeticiones de las poses de todas las revistas. La tecnología no facilitó medios de creación, facilitó medios para la imitación. Copias individuales, exactas, del "sexo oficial". No hay creatividad posible; la imagen digital, las posibilidades de representar y escenificar cada sesión individual y privada de sexo, el abanico de posibilidades que ofrece el auge del soporte digital ya masificado, lejos de ampliar un espectro para la libertad individual, lo acordona. No hay video particular que no sea la exacta copia – o la exacta voluntad de copiar, como bien aclaró uno de los peluqueros – de cualquier película berreta, recalcitrada y estandarizada de Venus. El auge de la digitalidad impone patrones homogéneos para todo protocolo sexual. Cada cual, creyéndose creador, pensándose desinhibido, confundiendo una práctica de copia y estandarización con una de libertad y criterio propio, contribuye a "oficializar" cada vez más las prácticas sexuales. A convertirlas en algo previsible y siempre igual a sí. (A esta altura el revoloteo de dos peluqueras entrecortaba un poco lo que el redactor de Mavrakis y Valdés decía). El orden, que nada tiene que ver con el placer ¿A cuánta gente conocen – llegó a preguntar – que use el teléfono celular para sacarse fotos mientras tiene sexo? (En realidad el sintagma utilizado fue otro, menos decoroso). ¿No vieron que todas esas fotos son iguales? Inmediatamente olvidables, desechables; que es, además, la naturaleza misma de todo el material digital. La evanescencia. Lo perfectamente olvidable. ¿Y no pensaron con sorna que cuanto más libres y sediciosos se creen estos pornógrafos amateurs, más se parecen todos ellos entre sí y todas sus fotos entre sí? Y, finalmente, mientras a otro redactor de Mavrakis y Valdés le acomodaban los ruleros, el romántico dijo: "tal vez no haya un discurso más restrictivo y condicionante en todo el ámbito web que el discurso sexual." No – le dijo a la manicurista del principio este redactor de Mavrakis y Valdés, mientras buscaba con la vista a Miguel Romano -; el auge de la pornografía en internet, de la mano del auge de los medios digitales, no libera ni es creador sino que restringe y quiere igualar. Homogeniza las conductas y confina a todos a repetir siempre los mismos moldes oficiales y mercantilistas del sexo. Es un discurso ordenador de formalidades de conducta sexual horriblemente igualitarista; es un discurso hecho de imágenes y videos que obstruyen todo espacio para la imaginación, para la liberación. Es la imposición de un orden, donde, en realidad, sólo debería existir placer. "Y ahora, ¿dónde está Miguelito…?", fue lo último que le oí decir.

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