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Ollanta Humala, una biografía

Tuvo una formación familiar estricta y una carrera militar sin brillo. Sus compañeros de armas dicen que jamás tuvo liderazgo y lo recuerdan como un alumno mediocre. Conozca el perfil de Ollanta Humala, el soldado que salió a la luz pública en Locumba junto a su hermano Antauro, fundó el Partido Nacionalista y quiere llegar a Palacio. Una investigación del diario El Comercio, de Lima.
¿Auténtico o impostor? Ollanta Humala sonríe, tose, gesticula, pero casi no habla. Si lo hace es para repeler algún ataque, o para intentar explicar las leyendas urbanas que su pasado arrastra, pero nunca para promover un debate, menos para detallar su plan. Su afonía, curiosamente, le ha reportado el magnífico beneficio de aparecer a diario en las portadas, ser el protagonista de los noticieros y estar en la punta de casi todas las encuestas. Ese apocamiento que parece estratégico ha sido un matiz constante en la vida del candidato de UPP. Si de niño/adolescente Ollanta hablaba era porque su papá --el polémico don Isaac-- obligaba a sus siete hijos a comentar una lectura después de cada almuerzo. En casa de los Humala la sobremesa tenía esa singularidad: los chicos debían leer a Mariátegui, Arguedas, Alegría y Valcárcel para luego exponer sus pareceres y destapar un intenso debate familiar acerca de cómo esas ideas indigenistas se insertaban en la realidad nacional. La inusual dinámica se repetía religiosamente todos los días, sin que los miembros del clan pudieran renunciar a tan fatigoso divertimento. El padre (que fue expulsado de dos colegios y recluido una temporada en El Sexto por su filiación política) aplicaba en casa, con despótico entusiasmo, otras medidas de igual corte mandón: las mujercitas estudiaban piano, ballet y estaban impedidas de tener enamorado. Los varones --que sí tenían luz verde para estar con niñas-- debían abocarse a la literatura griega y el boxeo. "El objetivo era que todos sean número uno en su colegio", dice el viejo Isaac, y explica que ese rigor académico era una manera de contrarrestar la natural discriminación que sus hijos sufrían por llevar un apellido quechua. Pero el (etno) nacionalismo que él pregona --y que Ollanta recogió para alimentar algo del dogma de su Partido Nacionalista Peruano-- tiene algunas fisuras perceptibles. Don Isaac hace suyas las reivindicaciones de las mayorías cobrizas "por la explotación que históricamente han venido sufriendo", pero Mario Vargas Llosa (en un artículo publicado en este diario el 15 de enero) ha contado que una socióloga que visitó el pueblo de Ayacucho, de donde son originarios los Humala, obtuvo impresiones que abolirían el exaltado espíritu de postergación del que tanto presumen: "Ella descubrió que los paisanos de los Humala los consideraban los 'mistis' locales, es decir los 'blancos', porque tenían propiedades, ganados y eran, cómo no, explotadores de indios" (dixit Mario Vargas Llosa). Por otro lado, si Ollanta no ha hecho del todo suyo el discurso protoquechua y antiextranjerista del papá es porque sabe que sería harto sencillo desarmarlo: su segundo apellido (Tasso) es italiano y, además, sus hermanos han estudiado y trabajado entre Rusia, Suiza, Inglaterra y Francia. El rollo indigenista, por lo visto, ha sido manejado con correcto dramatismo, pero también con apurada conveniencia. El comandante Se sabe que Humala fue un alumno mediocre en la Escuela Militar: ocupó el puesto 59 entre 159 cadetes y jamás figuró en lugares destacados del cuadro de mérito. Hace unos días contacté a dos compañeros de promoción que el timorato Ollanta tuvo en Chorrillos y en la Escuela Superior de Guerra del Ejército. Ambos me contaron cómo se portaba en el cuartel el ex teniente coronel de artillería. Según ellos, Ollanta siempre se mostró inconforme con el sistema disciplinario y renegaba de los jefes. "Como oficial fue solo un 'cumplidor' de órdenes, nada extraordinario, y cuando no cumplía una orden trataba de culpar a alguien con menor jerarquía, y por eso tuvo problemas con oficiales de mayor graduación", me dice uno de los informantes. El otro apunta que Ollanta nunca fue un líder para el personal que comandó. "Se impuso por la antigüedad, pero no supo ganarse nunca la confianza de su gente". Una prueba de ello --dicen-- es lo ocurrido antes de la sublevación de Locumba (Tacna), el 29 de octubre del 2000, cuando Ollanta y su hermano Antauro se levantaron contra Fujimori. Nuestras fuentes (ventilando una silenciada historia que muchos otros oficiales asumen como cierta) aseguran que la noche del 28 Ollanta recibió subrepticiamente a Antauro en el fuerte de Locumba y se quedó largo rato con él consumiendo licor. En la madrugada ambos reunieron a 50 reclutas (jóvenes recién asimilados a la institución), con el pretexto de que debían ir al Alto del Alianza (Tacna) a izar el pabellón nacional para una ceremonia castrense. Es decir, fueron embarcados con engaños. Algunos de esos reclutas desertaron al ver que se dirigían a otra zona, y otros pocos se quedaron ante la promesa de recibir dinero a cambio. Como se sabe, ese mismo día 29 Vladimiro Montesinos fugó del Perú en un velero. Antes de zarpar, realizó tres llamadas a Locumba. Nadie sabe a ciencia cierta quién le contestó, pero muchos analistas han coincidido en sospechar que Humala sirvió de cortina de humo al ex asesor. "Él no tenía nada que perder, su ascenso a comandante ya había sido bastante cuestionado y su carrera estaba prácticamente sepultada, yo no descartaría una sociedad con Montesinos", me dice una de las fuentes, interpretando el móvil que podría haber llevado a Ollanta a protagonizar esa farsesca rebelión. Otro comandante en actividad --ex instructor de Humala-- me alcanza una tesis a considerar. Él señala que a la familia militar (recordemos que hay 130 mil militares habilitados para el sufragio) no le interesa si Humala fue un buen o mal soldado, porque ahora lo ven como el único actor presidenciable que podría jugar a favor de mantener los beneficios de la Ley de Situación Militar. Un fenómeno sin voz Pasado el capítulo del 'levantamiento', Ollanta recibe una amnistía de parte del Congreso (2000) y luego es enviado a distintas misiones diplomáticas que lo alejaron del país. Primero fue adjunto del agregado militar en Francia (2003) y después fue agregado en Corea del Sur (2004). Según el ex ministro de Defensa Aurelio Loret de Mola, el 2003 se convino en que Humala fuera enviado a Tel Aviv (Israel), pero fue el propio comandante quien le pidió al presidente Toledo ser destacado a París. Ollanta ha dicho en alguna oportunidad que el Gobierno inventó el puesto en Corea para tenerlo distanciado de los cuarteles, pero eso es falso, pues en el 2000 --de acuerdo a los archivos del Ministerio de Defensa-- el general Wilber Calle Girón ya había trabajado en esa misma sede. Durante ambas misiones, Humala recibió una asignación mensual de US$ 8.190, amén de los pagos por gastos de traslado (no pasajes), cuyo monto total bordea los US$ 50.000. Hoy --metido en la competencia electoral gracias a la mano ortopédica que con no pocas reticencias le prestó UPP-- Ollanta aún arrastra su viejo y fructífero perfil bajo. No habla mucho en los medios, y parece que no necesita exponer sus ideas. Para eso están sus candidatos a las vicepresidencias. Para eso están don Isaac y el propio Hugo Chávez. Todos ellos son altoparlantes del cauteloso Humala, que en lugar de hacerse más visible prefiere buscar, en silencio, futuros potenciales aliados (ya estuvo reunido con el economista Hernando de Soto --por fina cortesía de su amigo el periodista Juan Carlos Tafur-- y se comenta que también con algunos banqueros importantes). Unos le temen. Otros lo apoyan. Nadie lo ignora. Aunque no gane el 9 de abril, es seguro que lo tendremos rondando largo rato.

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