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Perón, el debate: Benavent comparte un capítulo de su libro
Sigue la polémica por el libro 'Perón, tal vez la historia', de Horacio Vázquez Rial cuyo anticipo realizó Edición i
08 de agosto de 2005 - 07:37
LA PARCA, I"Siempre hacemos daño a aquellos que amamos. Diríase que desde el momento en que queremos a otro le destinamos sufrimientos que no habían alcanzado todavía"
Maurice Maeterlinck
Apenas los Perón abrieron las maletas luego de la larga estancia en Chile, al teniente coronel le fue encargado continuar con el curso de Operaciones Combinadas, que sucesivos profesores de la Escuela de Guerra del Ejército dictaban desde tiempo atrás, en la que pertenecía a la Marina de Guerra.
Se trataba de enlazar en la teoría el operativo conjunto de las dos armas en previsión de conflicto, y Perón comenzó a impartir las clases hasta que, durante una de ellas —desarrollada ante el director de la Escuela Naval y su segundo— se produjo un serio incidente. El entonces capitán de Navío Hector Vernengo Lima y el de Fragata Sadi Bonet, juzgaron erróneas una serie de citas que involucraban a la Armada en la exposición y resolvieron terciar, desmintiendo al conferenciante ante los alumnos; todos candidatos a integrar el EM de la Marina. Por toda respuesta Perón se retiró del edificio sin atender la invitación de Vernengo Lima a tomar café en su despacho y discutir el asunto.
Sadi Bonet se cruzó con él cuando subía al coche oficial de su Estado Mayor, y le dijo.
"Usted tiene la culpa de lo que pasó ahí adentro. Si hubiera consultado la extensa biblioteca que tenemos aquí, no hubiera cometido esos errores garrafales".
Perón le clavó la mirada y el sofoco.
"Lo que se me ha hecho hoy representa no solo un agravio hacia mi persona, sino hacia el Ejército mismo. Jamás olvidaré esto, y además nunca volveré aquí".
Con fecha del 15 de febrero de 1938, Vernengo Lima giró al EM de sus camaradas de tierra un informe en el que calificaba de "mediocre" el desempeño del teniente coronel.
En octubre de 1945, el viejo pleito entre Perón y Vernengo se vería corregido y enormemente aumentado por otros acontecimientos. Diez años después, Sadi Bonet jugaría un destacado rol en su derrocamiento.
Lejos aún de todos ellos, la tragedia hizo brutal acto de presencia en la vida del esposo de "Potota".
En plena celebración de San Juan, Aurelia Tizón se desplomó al recibir un feroz aguijonazo desde el bajo vientre. No era el síntoma tan esperado de embarazo, ni indigestión o apendicitis: era un cáncer muy avanzado.
La hospitalización de una enferma a la que se mantuvo ignorante de su mal, no remedió nada y duró apenas tres meses, pero medida en sufrimiento la agonía fue larga y dolorosa. Las células del útero se le sublevaron al organismo, enviándole ataques masivos e irresistibles en todos los frentes.
El paso de los días encontró a un hombre afligido, dividiendo las horas entre la menguada labor militar y su presencia en la "Clínica Marini". Allí estaba, atento al menor gesto o la sonrisa más leve, que las inyecciones de morfina autorizasen a la enferma. Era el único paliativo para reducir el dolor. En tanto, el suyo no le daba tregua. Perón veía como en su mujer, las horas eran meses y los meses años.
"El cáncer es la más tenebrosa de las magias negras. Camina más rápido que el tiempo sobre la carne y el alma, y castiga con guasca de dos varas, sentenciando al enfermo mientras flagela para siempre al testigo impotente que lo ama y sobrevive"—, debió pensar aquel duro soldado, tan dispuesto a enfrentar la propia muerte, al advertir los años que le sumaba el calvario de su mujer.
La "beba" se le estaba desintegrando entre las sábanas, sin cumplirle siquiera treinta y tres primaveras. En la flor de la vida le llegaba el funeral. No era bueno para nadie y de rebote lo alcanzaba justo a él, varón apuntalado por grandes hembras desde el primer llanto. Criado por madre, abuela y una colección completa de tías, que al fin y al cabo le impregnaron con su "mano izquierda" aquel carácter, formado en la precepción rigurosa del padre y de sus maestros militares.
En adelante, la perspectiva de vivir sin el cálido aliento de aquella otra presencia se le hacía cuesta arriba, quitándole hierro al futuro, mientras del pasado quedaban unas cuantas cosas, imposibles de olvidar.
Siempre la vería auxiliando a la niñez desamparada en las colectas, desde su puesto en la escuelita "República de Honduras" y llevaría consigo la contagiosa pasión por la música, junto a su empeño mezclando sabiamente los colores de la acuarela o el óleo en la paleta.
"Vení. Te voy a enseñar a pintar" —, le dijo un día la profesora de dibujo.
Y él, pintor de brocha gorda sobre alguna pared desteñida, aprendió a fraguar colores y crear nuevos espacios para situar sus naves solitarias en la mar, inclinadas sobre un cielo azul, o algún perro cazador, atento a una presa perdida entre otro mar de hierba verde.
Lo suyo, era una vez más la naturaleza. Escenarios anchos y abiertos para sumergir su libertad. Lo de ella, eran retratos. O bien cielos densos, e interiores en los que hallar refugio.
"Potota" era reservada hasta en la manera de mirar. Esta cualidad redondeaba la tranquilidad de él, volcado sobre todo, a dar clases en la Escuela de Guerra y escribir tratados militares. Ella lo ayudaba en lo que fuese sin protestar. Los mapas e ilustraciones de sus libros le pertenecían; de ahí que dedicara su texto sobre la Guerra del 14, a la "querida mujercita". Por él aprendió la moza a manejar un revólver y se atrevió a subir varias veces en avión —cosa que Perón odiaba aprehensivamente—, para cruzar los Andes como correo personal, durante su misión en Chile.
Era una chica "muy bien", como luego memoró el caudillo radical Julián Sancerni Jiménez, un amigo de la infancia. A Perón se la había presentado en 1926 Bartolomé Descalzo, durante una velada de cine en el "Capitol". Allí, mientras Rodolfo Valentino amparaba su miopía en miradas fatales y su indigencia artística en ropas de Caíd, la chiquilina de apenas diecisiete años enterneció al militar de treinta y tres.
Aurelia era menuda y frágil. Una trigueña bien criada con un reflejo de luna en los ojos. Aún cursaba el liceo de monjas en pos del título de maestra, y era la flor más bonita y perfumada de un matrimonio radical con cinco hijos. Al capitán le gustó de entrada aquel carácter manso y noble, y al cabo de un noviazgo muy formal de tres años, se casaron. La parentela de ambos quedó encantada con los hijos agregados. Como oficial de brillante porvenir y sin vicios conocidos —si se exceptúa el tabaco—, Perón hacía buena pareja con aquella chica tan casera y lo que es más importante aún, prudente.
En cartas posteriores de Avelino al coronel de 1943, se revela el respeto guardado por la memoria de Aurelia en el seno de la familia. Se dice también, que era tal la afición de los Perón por la mujer del menor que Juana Sosa llevó prendida al cuello una medallita con la imagen de la nuera, hasta que, muchos años después de muerta, Eva Duarte se la arrancó en un ataque de celos.
En vida, la pequeña "Potota" idolatraba a su apuesto marido. Era un placer verlo sonreír y desplazarse con ese uniforme que parecía su segunda piel, y que al quitarse descubría un cuerpo modelado por el ejercicio y agilizado por el deporte. Investido de paternalismo, era el protector ideal para una niña retraída y ansiosa por la maternidad.
Velando las horas camino a la muerte, el inminente viudo recorrió pasajes de su vida conyugal. En todas ellas despuntaban su complacida obediencia y un aire devoto, reflejado en mil detalles, de los que el teniente coronel ya no volvería a disfrutar. La recordaba, por ejemplo, asomándose a su gabinete de trabajo, para observar con admiración su enfrascamiento en los libros de historia militar y en sus apuntes, o en los dossier confeccionados para el EM.
"¿Te sirvo un café, Perón?".
"Perón" le decía casi siempre. En las horas de fugaz compañía y en las de pasión. Aquellas pocas que le autorizaba la férrea disciplina en la que organizaba su tiempo, desde que siendo muchacho egresó del Colegio Militar.
¿Por qué, nunca o casi, su mujer lo llamaba por sus nombres de pila? El era Juan Domingo: Juan, por su madre. Domingo, por su abuela.
¿Es que acaso sentía Aurelia, que la pulpa del marido pertenecía a aquellas mujeres, y que a ella le quedaba una cáscara tan reluciente como vacía ? Un apellido, es mención lejana para una esposa...
"¡Ay, Perón, cómo quiero quedarme gruesa!".
Deseaba hijos con toda la fuerza de su alma; aunque fuese uno. Mientras no llegaba, le pintó al futuro padre un grande y desaparecido retrato al óleo enfundado en su uniforme de mayor. Tal vez, para empujarlo un poco más a la batalla de la paternidad. O bien, reconociendo que el marido era, al fin y al cabo, madera de otro palo.
"Lo quiero mucho. Pero tiene la cabeza fuera de mí. Es un militar",—le había confesado a una de sus hermanas, agregando— "tengo mucho miedo de quedarme sola..." .
Era un miedo que se probó fundado. Al fin se quedaba sola, porque cualquiera está solo, más solo que nunca cuando la vida huye del cuerpo. El hecho de morir es una tragedia intransferible y se vive individualmente. Es la fatal transición que habita la soledad última; aquélla que no tiene remedio para el que parte, mientras el mundo sigue andando...
Antes de irse tan temprano, Aurelia Tizón convivió con un capitán, un mayor y un teniente coronel. Tres instantes de una meritoria carrera militar, concentrados en un sujeto poco entregado a otro amor que no fuese la patria. En cambio, ella lo había venerado apenas lo vio llegar al cine para la función del bendito Caíd, sin advertir el gran secreto de Perón, fundado en un magnetismo que opera intensamente a través de las distancias. El uniforme ya levanta una, quizá la más visible en la Argentina a partir de 1930. Pero la otra, siendo menos perceptible es la más efectiva, en tanto responde a un fuerte carácter, administrado por alguien que sabe lo que quiere de los demás y en general lo consigue, aplicando una notable estrategia.
Desde una investidura que refuerza doblemente su vigor, brinda seguridad a su gente; y en primer término a "Potota"...
"Querido Juan: Yo sé que las maniobras forman parte de tu oficio, de tu trabajo y entonces tienen que parecerme bien y debo estar contenta porque tu estás contento haciendo lo tuyo. Pero no puedo evitar decirte cuanto te extraño. Llega la hora en que tu llamas o en la que solías venir...y la casa se llena de un silencio extraño, frío, que me da miedo. A propósito, sólo cuando estoy contigo no tengo miedo a nada.
Tu me lo quitas. Te extraño mucho así que vuelve pronto. Te quiere:"Potota".
Las maniobras formaban parte de su oficio, de su trabajo y de su vida. Por eso tenían que parecerle bien, y "debía estar contenta" en función de la dicha de él. En realidad, la porción subordinada de su amor era directamente proporcional a las maniobras del marido.
Cuando el Perón de 1945 nos habla "de operar en el corazón de los hombres mediante la persuasión", actúa con el criterio de un cirujano emocional. Sin duda, ya en 1938 sabe a quién debe proteger, a quién convencer, y poco después probará que también sabe a quién vencer.
"Potota" fue persuadida sin terminar de digerir ese juego, propio de una cruza entre Maquiavelo y San Juan Bautista. Las razones públicas de semejante marido siempre estarán envueltas en un halo de rectitud y misticismo, aunque a menudo vertido con encanto. Ése es él, y siendo como es comprendió hace tiempo que el que no subordina será subordinado. El código no sólo está escrito en los reglamentos del Ejército: es la escena más frecuente en la historia de la humanidad.
Aurelia había sido educada por mamá y las monjas para obedecer y ser fiel al varón con el que pasó por la vicaría, pariéndole hijos sobre los que sí, tendrá al fin cierta autoridad. Es otro de los apartados del código que marca en hierro al rojo los roles del hombre y la mujer en la sociedad patriarcal. Inscripta en el sendero matriarcal fijado en ella por la señora Tomasa Erostarbe, la hija anhelaba perpetuarlo. Perón, siempre irónico con las taras ajenas, la había rebautizado "Eros Estorba" en tiempos de noviazgo, cuando la señora salía al zaguán a ver que le estaba haciendo el capitán a la nena. Pero él no era lascivo ni pecaminoso con la flor de un jardín que iba a trasplantar de raíz a su maceta.
Juan era un varón cortado a la antigua usanza en los lejanos años veinte. No bebía, y en aquella época fumaba poco. Creía en Dios y practicaba varios deportes, reteniendo varios años el cetro de campeón de espada en el Ejército. A todo ello le sumaba su aversión por los juegos de azar y los burdeles, o a retozar con meretrices silvestres, como hacían otros camaradas cuando les alzaban las tranqueras del cuartel.
Sin esquivarle el cuerpo a una hembra que le gustara, nadie le atestigua amores locos ni probó que fuese un mujeriego de fuste. Hasta en eso era igualito a San Martín, padre de la independencia y de una sola hija, concebida en el breve periodo que disfrutó de un matrimonio, siempre subordinado al otro gran amor por la liberación de la América Hispana.
¿Qué héroe tan ocupado en luchar contra múltiples enemigos, el asma y una insufrible úlcera estomacal, tiene tiempo para las mujeres? Pese al hallazgo de restos fósiles femeninos en los catres de campaña del "Libertador", se entenderá el estricto control de tales pasiones. También por ese motivo, aplicado a la profesión y con el corazón siempre puesto en la patria, el capitán respetó a la criatura de la señora Erostarbe. Además, el eros debía atemperarse a través de la razón y el deporte para no resultar una carga tan pesada. O sea, para no estorbar.
La burlona inversión del apellido de la suegra, también nacía en el ingenio de Perón del sofoco inspirado por la percepción de su propio instinto de macho. El que nubla los sentidos, encadenando peligrosamente la inteligencia a la odiosa tiranía del sexo. Para él, el sexo representa el pecado de su madre y la perdición de su padre. De él huirá en lo posible. Sin quererlo coincidía con su suegra, aunque por otras razones. Sin duda, la nena había tropezado con un marido parecido a mamá...
Para un alma inocente como Aurelia, la identificación materno filial tardó en ser palpable. Perón era ante todo y todos, el varón virtuoso, higiénico y bien planchado, de porte y hábitos sanmartinianos. Un agradable consorte, simpático y comprensivo. De brazos extrañamente cortos, aunque tentadores para un cuerpo pequeño y frágil que buscara refugio en alguna tarde de invierno.
-¡"Potota", como me vienes con esas chiquilladas. Eres una mujer casada!—, la reconvenía suavemente como si fuera doña Tomasa, cuando lo achuchaba.
Entonces ella, bajando los ojitos y dando un paso atrás, musitaba.
- Discúlpame, Perón. Tienes razón.
Tenía razón, como siempre. Claro que estaba casada: por civil y por Iglesia. ¿Pero... con quién?
Siendo diplomada en música, le costaba entender que cada matrimonio ejecuta una partitura diferente. Probablemente, fue entre tanta reconvención que incubó la obsesión por ser madre. Alcanzar la ansiada meta significaba ser querida y reconocida, al menos como tal. Allí sería la maestra particular de otro alumno. Tal vez un varoncito, alto y fuerte como el padre, dándole todo el cariño que como los buenos vinos, había acunado en robles de soledad y encierro.
"¿Y, para cuándo un nieto niña mía ?"—, la apuraba la señora Erostarbe.
Perón recordaba a menudo su algarabía cuando la regla se le atrasaba un par de días, y la tristeza que sobrevenía con el retorno al paño menstrual.
"¡Yo siempre sigo lo mismo. Parece que no hay caso! ¡Paciencia! Puede ser que algún día...".
El día no llegaba y el carácter de su mujer se fue apagando, como uno de esos atardeceres de otoño, cuando los árboles van soltando hojas secas y amarillentas que ayer fueron su verde orgullo.
De vez en cuando iba al ginecólogo, a buscar resignada la prueba final de su infertilidad, con resultados negativos: Aurelia era fértil como la "Pampa Húmeda", pero la suerte no acompañaba a la pareja.
Desde el recuerdo y la infinita pena, la vio una y otra vez tejer con unas largas agujas de madera toda clase de prendas. De su maña brotaban bufandas, chaquetas, calcetines y hasta guantes de lana, bien gorda para él, que viajaba seguido; y también para Avelino y su mujer Eufemia, que junto a los hijos —que ya eran ocho—, vivían bajo el duro clima patagónico. Tanto tejió la pobre, que los cajones del gran armario dispuesto junto a la cama de matrimonio, olerían para siempre a lana cardada.
Perón quería a su virtuosa protegida con todo el cariño que era capaz de brindarle a una esposa. Su agonía, anunciaba una pérdida irreparable, sumada a otras no muy alejadas de aquel calendario.
En 1929 había partido el padre, anticipándose en meses a Dominga Dutey. La madre también se fue, pero de otra manera. Se había vuelto al sur tras la muerte de Mario y no guardaba el luto. Los familiares de su mujer lo habían enterado con mucho tacto de las novedades en su vida. Ahora andaba medio emparejada con uno de sus peones, un tal Marcelino Canosa, iletrado mozo de cara colorada a quien para colmo doblaba en edad. Aquélla era la segunda falta al esposo que anotaba el hijo menor. Ésta vez a su memoria, aunque la peor afrenta al apellido Perón aún esperaba turno para irrumpir sin piedad.
Por culpa de la primera de aquellas faltas, el deseo carnal fue expulsado de la clase y quedó en penitencia. Encontrar a Aurelia, resultó providencial para aliviar el castigo sin ser exigido a fondo.
Ocupado en sus menesteres, no había prestado mucha atención a sus hemorragias vaginales, frecuentes en Chile. Quizá, porque las atribuyese a la creciente melancolía por la súbita enfermedad y rápido deceso de la madre, víctima de otro cáncer pionero. potota sintió entonces, que sin madre ya no podía ser hija, y que sin hijos tampoco podía ser madre. Le quedaban el padre y los hermanos. Una herencia del pasado que no reemplazaba su simbiosis con doña Tomasa y el presente, más o menos solitario.
A su lado, ciertamente estaba Perón, un dulce marido empeñado en recordarle "que era una mujer casada y no una chiquilina", en los momentos que ella justamente quería afirmarlo. En este plano, apenas la confortaba el consuelo, basado en el orgullo social de ser la compañera de un oficial tan brillante. Pero en el fondo de esa investidura que tanto la deslumbró en 1926, se edificaba la barrera invisible que aquel hombre alzaba ante todos los mortales, incluida ella. Su orgullo resultaba pues, una fantasía amasada como el pan, con la levadura de sueños que la realidad desvanecía.
Aurelia se había unido a un ejemplar destinado a mandar mucho y a muchos. Una experiencia que ella vivió, con todos los recursos del Perón de entonces puestos en juego. Su consorte tendía a convertir el mando en una ciencia y un arte, al ordenar de un modo envolvente, de a ratos invisible y siempre muy efectivo. Como mandan pocos en la vida, algunos en la Historia, y casi nadie en una institución cerrada y despótica como el Ejército Argentino. Ella lo reconocía en este párrafo arrancado de una carta sin fecha.
"Todos discuten o discutirán, pero al final harán las cosas como tu quieres...".
De repente, todos eran ella. Preciosa, mudita y angustiada, como años después se vería en la pantalla la pobre Dorothy Mc Guire, asediada por un profesoral y circunspecto asesino en "La Escalera de Caracol". Desde luego, es exagerado pintarlo así, pero la brocha gorda no disfraza lo fatal que caen ciertos desdenes amorosos envueltos en sugerencias paternales.
Una vez casados, los Perón se habían vuelto uña y carne en un fraterno sentido. Ambos eran sobrios en público y tranquilos en privado. Lo que se llama un vínculo estable. En las dos sucesivas viviendas que habitaron hubo plácidas reuniones con la familia Tizón y también con amigos, como Descalzo, Fasola Castaño y González, con sus respectivas esposas. Pero en la intimidad, demasiado a menudo reinó el silencio y mandaron las sombras, matizadas con algún que otro concierto de guitarra, piano, o acordeón, los instrumentos favoritos de "Potota". Mientras, el oficial del Ejército, entraba y salía muy circunspecto, con su portafolio negro y el uniforme impecable.
El rol de su mujer era sencillo, casi oscuro, pero en realidad le dio a Juan una base familiar que había perdido casi del todo al ingresar a la milicia, y ante su agonía, se sintió como el último paria al ver como al angelito se lo estaba devorando el remolino del cáncer. Su fidelidad y abnegación eran irremplazables, junto a otros factores que casi diez años de convivencia introducen para siempre en las emociones; aunque dependan de la memoria cuando el otro ya no está.
El Perón que pronto llegará a los cuarenta y cuatro años reales, empieza a descubrirlo. Por eso, cada vez que el anciano de setenta recuerda a Aurelia, nos menciona su cariño, embastándolo con palabras de culpa.
Con la frente empapada en sudor y los ojos entrecerrados, lo que quedaba de ella en los inicios de setiembre de 1938, era un montoncito de huesos que apenas respiraba bajo sábanas que olían a mortaja. El padre y los hermanos estaban con el marido, que no soltaba las falanges moribundas.
"Me lo diste todo. Actuaste según mi capricho, angelito mío. Y yo...¿qué te di a cambio?...".
Ordenes de rienda larga y pulso firme. Lo que él denominaría con acierto "conducción" y que fascinó, primero a los suboficiales y soldados, después a sus camaradas; y por último —aunque no sería lo último, sino lo penúltimo de todo—, a muchos jefes (entre ellos, varios de rango superior) a los que luego acabaría subordinando.
En otro orden de cosas, a la primer mujer de Perón le tocó vivir la etapa de militarización de la sociedad argentina, abierta en canal por el golpe de estado de 1930. La decepcionante dictadura de Uriburu y el posterior gobierno fraudulento de Justo, con su larga secuela de infamias, determinó que en esta etapa el contrariado marido recogiese velas, concentrándose en su carrera.
Enfrascado en tareas docentes y entregando el tiempo en que no había misiones fronterizas, o edecanatos y labores como "oficial preferente", a redactar manuales de historia militar en casa bien servido por su mujer, el mayor no abandonó sus ideas nacionalistas cercanas al fascismo, aunque se remitió a seguir acumulando mérito ante los superiores.
No le quedaba otro remedio. El menor asomo de ideas políticas en los miembros del Estado Mayor era celosamente rastreado desde la ciénaga por Justo, a través de Rodríguez primero, y ante la muerte del delfín, mediante su propia red secreta en el interior de las FFAA. Un informe torcido o la mera sospecha sobre actividades políticas por parte de cualquier oficial, precipitaba un retiro obligado, o bien el eclipse burocrático de cualquier carrera brillante.Mientras el temporal no amainaba, Perón insistió en llevarse a la cama matrimonial al conde Schlieffen seguido de Clausewitz, Moltke, Jamenei y Colmar Von der Goltz. Al tiempo, no paraba de apuntar y transcribir textos sobre un bloc de notas. Sabía que redactar nuevos libros acrecentaría su prestigio en el Ejército, camuflando el desprecio que sentía por la "Concordancia" y su bastonero mayor: el predador más peligroso de las FFAA y la política en la Argentina de los años ´30. La fama de estudioso de la estrategia y los conflictos limítrofes, pronto lo conduciría a la agregaduría militar en Chile; una larga misión que lo resguardó de las riñas de gallos político-militares, entre 1935 y 1938.
"Bebita"¿sabes una cosa?".
"Soy toda oídos"—, respondía la pobre sin parar de tejer.
"Todo lo que ves anotado aquí, la montaña de letras que alimento día a día, son como las termitas del tiempo...".
"Lo que escribas, siempre estará bien escrito, Juan".
En aquel lecho, todo lo que hacía Perón estaba bien. Aunque las caricias más frecuentes las dedicase a los libros de consulta y al papel del bloc. En cierto modo, la vida del mayor en esta etapa de retiro militar–conyugal, no parecía la vida de Perón, sino la de Borges; gran amante de las palabras y las frases, que supo acariciar desde muy niño papel escrito o en blanco, olvidando para siempre la piel de los seres queridos.
Sin embargo, otras aficiones le distanciaban saludablemente de esta obsesión excluyente, casi siempre asimilable a la frialdad del espíritu, aunque a veces fabrique un genio. En el orden familiar y profesional continuaba desplegando el espíritu jovial de siempre. La habilidad para atrapar la esencia de los fenómenos — como si fuesen mariposas— y echarla a volar con cautivante sencillez, le convertía en el centro de cualquier reunión. En aquellas veladas "Potota" ponía los instrumentos y después recitaba poemas de Santos Chócano, o Juan de Dios Peza, cantando al cierre una de esas zambas que le gustaban tanto al marido.
En Santiago, ella mostró ante el presidente Alessandri su habilidad con el bandoneón, acompañándole en el tango "Cambalache" (aquel que dice que el mundo es una porquería), que Perón se animó a cantar sin la voz de Gardel, pero con la sonrisa que se le parecía tanto.
"A punto de terminar la fiesta, ella y yo nos poníamos a bailar"—, memoró, con lágrimas que le nacían del alma y le empapaban las mejillas color ladrillo. Pronto, la insistencia de las hemorragias después del retorno de Chile, le impidieron dar un solo paso.
"Estoy sangrando todo el tiempo y ningún médico me encuentra nada" dijo.
El cáncer, como los remolinos del delta del Tigre, recién aparece cuando desaparece su presa.
º1
Aurelia Tizón de Perón dejó de respirar en la mañana del 10 de setiembre. Los que presenciaron aquel desenlace —entre ellos el coronel de la reserva Bartolomé Descalzo—, vieron al desconsolado viudo aferrarse al cuerpo inerte, oyéndole estas palabras.
"Éste es el único disgusto que me diste en diez años...".
Eran las que exactamente pronunció Carlos III de España al morir su joven esposa...
El inconsciente de Juan Perón ya estaba mezclando sus dramas con los de los grandes de la Historia; directa consecuencia de su afición por Plutarco, y de una secreta ambición de gloria impulsada, ahora más que nunca, por la desesperación...
INTERIORES: EL DOBLE FILO DEL DUELO...
"La muerte es una vida vivida, la vida es una muerte que viene"
Jorge Luis Borges
El funeral de Aurelia Tizón fue sencillo, e integró la página de avisos fúnebres de algunos periódicos.
Al viudo, en todo momento le habían puesto el hombro los familiares de su difunta, además de los amigos de siempre, encabezados por Descalzo y Fasola, auxiliado el último por muletas y ya muy deteriorado por la evolución de la vieja herida, agravada por la reacción de Justo ante su carta rebelde. En la reseña necrológica figuraban las ausencias de Juana Sosa y el hermano mayor, comprensibles sólo a medias; muy especialmente la de la madre. El viaje en tren desde Sierra Cuadrada no era corto ni cómodo; pero la honda congoja de un marido, que es hijo, exigía llegar hasta él ante semejante pérdida. A menos que mediaran pendencia y agravios...
A Perón le costó volver al piso de la calle Zapata. El invierno ya se iba, pero mientras la estación gris dejaba paso a los primeros colores de la primavera, él se sumergía en el inclemente invierno de su duelo.
Había pasado apenas un par de días en lo de los Tizón, y en la madrugada retornaba a un escenario de tiempos felices en el que casi todo estaba igual que antes. El comedor, con el aparador alto y la mesa, de patas concluidas en garras, con un florero lleno de rosas en su centro. Sin embargo, hoy las rosas eran un recuerdo y solo pétalos podridos flotaban en agua vieja. Desde semanas atrás nadie había parado allí, salvo él alguna que otra vez, sin prestarle atención al florero, ni tampoco al enorme perro San Bernardo de cerámica que le recordaba sus ovejeros de la Patagonia; ahora con un hocico que agregaba polvo, como el resto de los muebles y las lámparas.
En un rincón, la funda de terciopelo azul que cubría el piano de "Potota" lo había puesto a cubierto de la dejadez y los ácaros, más no del silencio. Ya no tendría la suerte de ser acariciado por sus dedos pequeños y suaves. Él tampoco. En adelante, no habría más música.
Las persianas habían quedado bajas y no se molestó en alzarlas. Ni falta que hacía. Aunque nada quedase en sombras, en aquel piso ya no podía hacerse la luz. La sombra era imposible de matar porque le había invadido el alma, y cuando el alma se oscurece el sol brilla por su ausencia.
Pensando que aquel año era el peor de su vida, ingresó al dormitorio. La cama Luis XVI, de alto respaldo, estaba impecablemente enmantada. Sobre las mesitas de luz había dos veladores y algunas fotos de familia. Desde la internación de su mujer no había dormido allí. Los amigos y superiores se habían turnado con los Tizón en el comprensible cobijo de su derrumbe .
Sobre las paredes pendían algunos aparadores con gran cantidad de trofeos y diplomas de él, mezclados con otras fotos de viajes y celebraciones. Encimados al respaldo de la cama, un crucifijo y la imagen matrimonial se disputaban un espacio más abierto. Ella, casi una niña y con el blanco vestido de novia, aferraba ilusionada el brazo de su capitán, pocos meses antes del golpe de 1930.
En las instantáneas de las mesitas, ambos compartían momentos con los deudos de ella y con la gente de él. En la suya, aparecían junto a Avelino y Eufemia, los sobrinos y el finado Mario, recortados todos contra un paisaje montañoso de 1928. La sonrisa de Juana Sosa iluminó aquélla foto de familia por seis años más, cuando a pedido del yerno, el experto suegro y fotógrafo Cipriano Tizón, obró el milagro de cambiarla por un pedazo de alborada.
La parca también estaba allí. En más de una ausencia...
Como el Ejército le licenció unos días para recuperarse, los empleaba en pitar y dormir. Apenas comía y con el teléfono descolgado se entregó, como tantos solitarios forzosos enlutados por la muerte, al ritual de la melancolía. Enfundado en un pijama a lunares negros, no dejaba de mirar obsesivamente un antiguo retrato de su mujer. Allí, tendría a lo sumo quince abriles y sonreía como si fuese a vivir ochenta.
-Te faltaban dos años para conocerme...
Por un momento pensó que aquel encuentro fue para la pobrecita un atajo a la muerte, y encendió el cigarrillo número mil. Con la primera bocanada de humo llegó un ataque de tos, y entonces recordó que alguna otra víctima del mismo trance lo previno contra malos pensamientos: con la tumba del ser amado, la cruz que cargar se torna agobiante y no habrá ruegos de perdón que valgan, ni penitencia que absuelva faltas irreparables. ¿Qué viudo o viuda no se siente culpable, en alguna medida, del cadáver que dejó atrás? Las leyes de la muerte brotan de un ardiente volcán que vomita fuego eterno sobre el arrepentido. Se podrá huir de él. Pero siempre habrá que huir. Y huir cargando la culpa o alguna maldita fracción...
¿Cuál de las culpas, qué fracción?: todas; envueltas, una por una mediante el lazo carnal del desamor y la indiferencia.
-"Potota", yo sé que estuve mal...
Ella continuaba sonriendo sin prestarle atención desde el gelatinobromuro de plata. Claro, desde allí no podían hacerse reproches. Entonces recordó, quién sabe porqué, sus ansias tremendas de ser madre. Y aspiró por primera vez el olor a lana cardada desprendido por el armario entreabierto, que durante dos largos días no había percibido. Los cien cigarrillos diarios llenaban de nicotina cualquier olfato, y aquella cantidad de lana almacenada, más de un mueble. La tentación de incorporarse y echar un vistazo le acabó matando el último "pucho"
Semi incorporado frente al armario, vaciló. Pero no atinó a preguntarse porqué, y un segundo después las puertas se le abrieron de par en par. Como a "Alí Baba" en la cueva "de los 40 ladrones".
Allí vio lo que esperaba; es decir, los pacientes tejidos de la pobre Aurelia destinados a un ejército familiar: montículos de casacas, planicies de bufandas, mesetas de gorros, junto a un denso bosque de calcetines y guantes de todos los colores y tamaños, bien dispuestos y clasificados según talla y destino. Sin duda, a ella y él los gobernaba el paisaje ordenado.
La mayor cantidad de prendas eran para el consorte, demostró el repaso.
-Ya no tendré una vida cálida. Pero gracias a esto, no moriré de frío—, le dijo al retrato.
En el Sur de su infancia padeció sus rigores un tiempo, adaptándose tanto al clima que al final aprendió a rascarse la osamenta con escarcha, como cualquier hijo de vecino. El frío, también le había cruzado cadáveres congelados de gente perdida en el monte o el de algún viejo tehuelche, que de seguro se metió poco abrigado en el paisaje para no desabrigar aún más a su gente.
Maquinalmente, abrió el cajón de la parte baja. Allí había más prenda envuelta en papel de estraza. Al palpar el bulto, la vista se le nubló, paralizando la inspección.
-¿Por qué? ¿Por qué me detengo?—, se dijo una y otra vez. La osamenta le dolía un poco, pero no tanto como para impedirle mover los brazos, ni las manos. Percibió que aquello no era fatiga ni tampoco cansancio visual, pese a que desde hacía años no paraba de leer.
Resuelto a operar, el papel de estraza crujió bajo sus dedos. Ya estaba perforado antes de que le metiese mano, pero igualmente el corazón le inició un trote corto y el cuerpo se le llenó de tensión y sudor, como cuando hacía ejercicio en el gimnasio del Colegio Militar. El antiguo caserón disponía de un gimnasio lleno de aparatos que él frecuentaba. Los ejercicios le ayudaban a liberar energía y alejar los malos pensamientos. Pero memorar aquellos tiempos no le ayudó a alejarse de uno muy preciso e inquietante, envuelto en la niebla del olvido. A pesar de presentir que se iba a dar de bruces contra un pensamiento de los que no hay que acordarse, no pudo evitar ir hacia él, como el conejo que se acerca a la serpiente verde camuflada entre la maleza.
Tras cartón, la memoria le obligó a rastrear una fecha dándole de bruces contra el año. Fue, en el ´11; o el ´12 . No. Tal vez en el ´13... Sí, en el año 13: mal número, sin duda...
Tampoco importaba mucho el fario de una cifra. No siempre los números gobiernan el mundo; aunque los de aquel año amartillen la carga del recuerdo.
La vieja escena de un gimnasio militar en una remota tarde, puede tornarse tan intensa, que bajo la luz del recuerdo hasta asoma con esplendor. En ella, el joven Juan Domingo Perón, siempre protagonista y cadete meritorio a punto de graduarse, vuelve a flexionar un cuerpo diestro y ágil como un junco.
Como ayer, el escenario está atiborrado de pesas, cuerda y barras. Entre el aparataje, los cadetes Martíni, Velazco y Tiscornia, observan asombrados sus ejercicios tras oírle jurar que sería el más resistente.
Pies arriba y tronco erguido sobre la barra: fuerza, tensión, resistencia y equilibrio bien balanceados.
¡Señoras y señores: el cadete Perón, liviano como una pluma y ágil como "Peter Pan", está poniendo toda la carne en el asador. Cabeza abajo, contó hasta veinte, sin mover un músculo (¡Que grande sos, "Juancito"!)
-¡Ya está bien. Ganaste. Ahora bajate, che Perón!—, le grita el correntino Velazco.
-¿Gané? ¿Que gané aquel día?—, pregunta el viudo a la memoria con el corazón súbitamente lanzado al galope.
A lo mejor, el premio está dentro de ese misterioso paquete a medio abrir. Es un enigma que podrían resolver con arrojo y sagacidad Eddie Polo o el mago Houdini, sus héroes favoritos en quince episodios trepidantes, con sonido agregado por el singular pianista de la sala. Para el caso, un mimo de frac y galera con cara de nieve.
¿Porqué no resolverlo él, en medio segundo?
Teclas batidas, braman un "stacato". (¡Cuánto valés, Perón!)
-¡Voy a contar veinte más!
El veinte es un número noble y que lo fascina porque dobla el diez de las calificaciones. Quizás por ello, en el futuro las verdades peronistas serán veinte.
El mozo tiene pasta de héroe y busca el Olimpo. Al cifrar de nuevo la marca favorita, "Peter Pan" se arriesga a sostener la posición sobre la barra con un sólo brazo y jugándose entero, mientras el piano anuncia un momento cumbre...
-¡Estás loco, che Perón!
El negro, Martíni y Tiscornia se agarran la cabeza. Están espantados y lo decepcionan. El pide aplausos y vítores, no sustos.
-¡¿Y, soy o no el mejor?!
El viudo siente que todo esto ha llegado demasiado lejos, y desgarra con furia el papel de estraza.
Al recuerdo, lo había dejado con el gesto clavado en la barra. Ahora, se le agregaba un aguijonazo al exigido músculo. ¿Será el garfio del Capitán? Mal asunto, "Peter Pan"...
Bajo el papel asoman las primeras respuestas. Algunas son prendas a medio hacer, anticipos de un futuro imposible, en rosa y celeste: decenas de enteritos y batitas, con patos, osos y conejitos, primorosamente bordados por una dibujante criteriosa. En los patucos y baberos se apuntaba un invariable "Juancito", bordado en caqui: el color de sus uniformes...
Ahí mismo, las lágrimas mal contenidas bajan torrencialmente por las mejillas, saltando en cascada desde el grueso labio inferior, hacia la mandíbula redonda y la naciente papada.
Pensaba en él, como lo mejor de su vida. Por eso el ansiado varón llevaría su nombre.
-¡Basta Juan, sos el mejor. Ahora déjate de joder y bajá de ahí!—, gritó Martíni.
El dolor del brazo se ha vuelto insoportable, pero el moderno Peter Pan del Colegio Militar de la Nación, promesa de la Patria, tiene que aguantar firme y como buen soldado, para batir de una vez por todas el récord de resistencia en esa posición. Bastarán unos segundos para superar las marcas de los campeones.
Sus compañeros serán testigos de la epopeya. Gracias a ella, lo aguarda la gloria...
El mimo dejó de tocar sospechosamente y después de cerrar el piano, se descubre compungido. Desde el fondo de su galera, puesta boca arriba, brincan varias bolas malabares buscando el aire.
Es la magia negra del doble espectáculo. Pero al teniente coronel, flamante viudo, le falta ver el resto.
A"Juancito" ya le queda poco para el aplauso. A él, otro tanto para la revelación. Con ansiedad, escarba el ángulo restante del paquete. Recién entonces descubre que el misterio es como una burla que se hizo a si mismo...
El cadete siente ahora que la punta de un garfio rasga el músculo sobre el que sostiene el cuerpo. Por reflejo, cede ante el dolor. E intuyendo que en los dos segundos que siguen caerá, adapta el instinto de conservación a la catástrofe. Sus amigos saltan hacia él, tratando de atajarlo, mientras el mimo ensancha la sonrisa y no para de sincronizar movimientos.
Bolas arriba. Bolas, muy abajo...
Bajo la estraza, el misterio restante reveló las agujas de madera ensartadas en dos inocentes ovillos de lana, del color de las prendas.
¡Qué decepción! ¡"Los 40 ladrones" no guardaban ningún tesoro!
De pronto, el galope del corazón cambia el compás por el redoble de un tambor que anuncia la ejecución, al tiempo que una polilla, gorda como un murciélago, se dispara de entre el par de ovillos que los dedos del viudo aferraban, rozando su sien derecha como una bala enemiga.
Tratando de observar el territorio abandonado, el experto en estrategia y guerra total, separa lentamente las suaves esferas, descubriendo con espanto que han sido devoradas en su base por las crías de una madre: la única que habitó aquel piso...
-¡Dios mío! —braman el cadete y el oficial a un tiempo.
El primero, se había clavado sobre la barra con las piernas abiertas y el aullido desgarrándole la garganta. En tanto, las palmas del segundo empezaban a hervir de larvas de polilla.
-¡Rápido, hay que llevarlo a la enfermería!— apura Velazco a Martini, mientras Tiscornia da voces de auxilio.
-¿Que me habré roto?— alcanzó a farfullar el pobre "Peter Pan", entre jadeo, mareos y un dolor bestial en la entrepierna.
-Nada, Perón. Caíste un poco mal. Es todo.
Todo, recién empezaba...
Los compañeros lo habían cargado a toda carrera para la enfermería, donde por fin el "Capitán Garfio" en persona, rodeado de cadetes recién llegados, con una bata blanca y sin ninguna consideración, metió el gancho entre las piernas de "Peter Pan".
¡Tocado!
Entonces se reproducen el dolor y el bramido inconmensurable en el cadete de diecinueve abriles...
Para los cuarenta y cinco del teniente coronel Juan Perón, hoy el dolor es de otra clase y al grito superpuesto se lo aborta un horrible ataque de tos.
Será ahí; mientras batalle febrilmente con flemas, larvas y sudor frente al espejo del baño; donde al viudo se le empieza a esfumar la mala tarde del cadete sobre una camilla, con los pantalones bajos y la ruda inspección del médico militar, ante muchos cadetes conteniendo la risa.
En la última pirueta del recuerdo, pintada de bochorno y dolor en el espejo de lavatorio, se le caen al mimo dos huevos que se hacen tortilla al estrellarse contra el piso.
¡Splassshhhhh!
Rematando el acto, se quita lo que es una máscara blanca, descubriendo su verdadera naturaleza.
-Sí mi amigo. Soy quien soy y estoy donde me llaman: casi siempre donde se muere algo...
La contemplación de la risa desdentada y los ojos de fuego encienden su sangre tehuelche. Otear aquella imagen burlona y dantesca reflejándose en el pasado desata sorda furia en el viudo, restándole presencia al horror y un espejo sano al piso de la calle Zapata.
Los nudillos del puño derecho señalan la poderosa descarga en piel abierta y vidrio clavado entre la carne y el hueso.
Envueltos en una toalla pronto empapada en púrpura, refugian pronto el eco de su impotencia...
Retornar al cuarto con el sentido a media asta y echarse en la cama, no fue todo. Los ojos de Aurelia reflejaban la luna. Bajo aquella luz, completó la confesión...
-Estuve 72 horas en observación médica, después me dieron el alta. El diagnóstico de entonces fue tranquilizante. Pero con los años, la realidad lo empeoró. Quedé yermo. En verdad, no lo supe hasta después y no consigo recordar si fue hace mucho, o poco tiempo. De por medio hubo una inspección médica. Creo que nunca me atreví a confesártelo. O quizá te lo dije y ahora resulta que también me olvidé. Si fue eso, o es porque en realidad no te lo dije, te juro "beba" que me costó poder seguir mirándote a los ojos...Para un hombre de campo, es fiero no plantar ni una semilla. Con Avelino, nos criamos pensando en fundar familias grandes y aquerenciadas. Mis nueve sobrinos demuestran que mi hermano lo consiguió. En cambio yo jamás podré hacerlo tío, ni ofrecer nadie de mi sangre a la vida. Encima, el temor de perderte a vos, tan esperanzada en mi buena semilla, me forzó durante años a un silencio, que desde la hora de este adiós me pesará para siempre...
Porque sé, amada niña, que aparte de las jinetas, la parada de milico y unos cuantos uniformes bien planchados, nada tengo y ya nada me pertenecerá.
Una carta dirigida en 1940 a Bartolomé Descalzo desde Italia, deseándole los hijos que él no podrá tener (ante su nueva unión con una inmigrante rumana, rechazada como esposa por el Ejército) dió cuenta de este secreto, resguardado con celo durante décadas y que pudo ser rescatado entre los papeles del primer mentor de Perón en los años noventa por el historiador Jorge Crespo.
A muchos de distancia y donde le dejamos masticando culpa y dolor, el viudo se anidó en las sábanas, y como si de corazón anhelase retornar al vientre de su madre, se fue adormilando, hasta que el sopor más profundo le apartó,la muerte y el día, de tanta vergüenza...
EPÍLOGO"
Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él"
Florence Nigthtingale
Pasaron horas. Tal vez, más de un día entre el sopor y la duermevela, sin mover un músculo. La luz de una mesita quedó encendida como un centinela mudo y en posición de firmes ante el reposo del teniente coronel. Entonces, el silencio fue apenas quebrado por el timbre de la puerta. De momento no le prestó atención. Pero los segundos avanzaron y, con ellos, el sonido acampanado llegó una vez más. Resistiendo el despertar, lo reptó el tercero, largo como una serpiente de cascabel, obligándolo a ponerse en pie.
Al entreabrir la puerta del piso, se encontró con las lágrimas mal contenidas de una hermosa mujer: era Mercedes Villada Achával, la elegante esposa del mayor Eduardo Lonardi.
Sin franquearle el paso, la saludó con cortesía.
"Mi marido y yo estamos muy apenados por lo de Aurelia. Nos habíamos hecho amigos antes de regresar ustedes a Buenos Aires. Por eso y por el respeto que les guardamos, le traigo nuestro sentido pésame, Juan".
Inclinó la cabeza y agradeció, casi en silencio. Pero intuyó que ella iba a decirle algo más, que le gustaría menos.
"Y ahora voy a pedirle, lo que no sabe Eduardo: quiero que interceda por él ante el general Quiroga. Está empeñado en sentarlo ante un tribunal de honor por lo de Chile, y usted sabe muy bien que eso es injusto".
"No puedo hacer nada. Cruzarse en un empeño de Quiroga es como enterrar la cabeza en un nido de avispas. Su esposo lo conoce tan bien como yo...".
"¡Le ruego por lo que más quiera, que cuente lo que pasó en realidad!".
Ella sacó un pañuelo y se cubrió los labios temblorosos, procurando atajar la creciente angustia.
"La profesión nuestra es así. No se meta en cosas de hombres, "Mecha"...".
Minutos después, el viudo volvió a sumergirse en la ciénaga. Al pasar junto al espejo del recibidor, se descubrió lamentable, con ese pijama arrugado y la barba de tres días. Así también lo vio la mujer de Lonardi, de la que al fin se había despedido un segundo antes, cerrando la puerta con suave firmeza.
Le habían puesto preso al marido en Campo de Mayo, pero él estaba seguro de que la furia de Quiroga era un espaviento típico del burócrata que utiliza cualquier pretexto para probar que no lo és.
No había causa suficiente para montar un tribunal de honor. Lonardi era el chivo expiatorio de unos cuantos imbéciles, que él mismo debió soportar mientras montó el plan. En vez de poner freno a la corrupción y el fraude en la patria, aquella tribu de jefazos que no sabía justificar la más leve de sus ordenanzas, se calentaba la boca perorando sobre el honor ausente de la gente que, como él y Lonardi se esforzaba por cumplir las órdenes y dejar bien alto el pabellón patrio fuera de casa.
El oficial que lo relevó en Santiago no era la víctima de su incompetencia, sino de la "fatalidad", un término que Perón tuvo que sacarse de la manga cuando declaró ante el juez militar de instrucción que lo interrogara días antes. No se lo dijo a la esposa del camarada, ni estaba enterado el preso, por la obligación de mantener el secreto del sumario; pero ante el juez él había cumplido con su conciencia, empleando un criterio profesional antes que amistoso. La verdad es que el mayor Lonardi no le caía demasiado bien. Quizá, porque siendo nacionalista y artillero le rendía pleitesía a Bautista Molina y Benjamín Menéndez, otro jefe de la Caballería al que aborrecía por soberbio y oligarca.
Con la cabeza aún nublada, atinó a fijarse en el calendario de la cocina. Era el primer intento de poner pié a tierra, descubriendo que lo hacía sobre el 16 de setiembre de 1938. Una fecha que diecisiete años después lo encontraría más solo y acorralado que nunca ante sus futuros enemigos, encabezados entonces por el marido de la mujer, que minutos antes rogara ayuda a un viudo inmutable y distante...