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"Kirchner, el neoliberal"

El ministro de Economía, Roberto Lavagna, regresó a Buenos Aires luego de reunirse con el titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Rodrigo Rato, en Washington. Oportunamente, el diario Río Negro dedicó una editorial al organismo... y a Néstor K:

El presidente Néstor Kirchner no es el único mandatario que desprecie al Fondo Monetario Internacional. Otro, un tanto más poderoso, es el presidente norteamericano George W. Bush. Desde el punto de vista de éste y de los republicanos conservadores que dominan el ala económica del gobierno de la superpotencia, se trata de un organismo prescindible que sólo sirve para impedir que los mercados enseñen a los inversores y los políticos a obrar con más realismo, razón por la cual de todos los países del G-7 Estados Unidos ha sido el más dispuesto a respaldar a la Argentina en sus negociaciones con los funcionarios fondomonetaristas. Aunque a Kirchner le gusta hablar como si el FMI fuera una institución colonizada por "neoliberales", la verdad es que los así calificados son precisamente los que más quisieran verlo desaparecer y que, gracias al embrollo producido por el default argentino, creen que esto podrá ocurrir en los próximos años. Si bien por ahora parece poco probable que el FMI sea formalmente desmantelado -toda burocracia se resiste a morir-, podría debilitarse hasta tal punto que pierda toda su influencia. Para el español Rodrigo de Rato, el jefe actual del FMI, la nueva ronda de negociaciones que se ha iniciado con el ministro de Economía, Roberto Lavagna, reviste importancia porque a su entender hay mucho más en juego que la relación de la Argentina con los acreedores. Tiene que probar que sus eventuales desaciertos no obstante, el FMI es una parte esencial de la maquinaria financiera mundial y que aún está en condiciones de forzar a gobiernos díscolos a obedecerlo. Asimismo, no puede permitir que el ejemplo argentino estimule a otros a repudiar sus deudas. Para recuperar su autoridad, tendrá que mostrarse duro ante Lavagna en defensa de los intereses de los muchos inversores que no se plegaron al canje, aun cuando sus técnicos crean que le convendría asumir una postura más flexible para que andando el tiempo la Argentina se reincorpore al "mundo". El objetivo estratégico de los halcones liberales es marginar a los politizados para que los mercados decidan cuánto invertir y dónde. En su lucha contra los que, como el FMI y el Banco Mundial, quieren intervenir para que la economía internacional funcione de forma más armoniosa y previsible, Kirchner ha resultado ser un aliado muy eficaz, no tanto por sus diatribas contra el organismo, cuanto por haber mostrado que en el corto plazo por lo menos oponérsele no supone ningún peligro. Además, si bien en el exterior pocos comparten su tesis de que virtualmente todos los problemas económicos de la Argentina se deben a los consejos perversos del FMI, el que los representantes de la institución encargada de mantener en buen orden las finanzas internacionales no supieran impedir el default del 2001 ha fortalecido mucho la posición de quienes lo creen inútil. Es factible que Kirchner resulte ser el verdugo del FMI, pero las consecuencias de tamaña proeza no necesariamente serán las que habría previsto. Antes bien, gracias en buena medida a la actitud asumida por un populista de retórica progresista, el orden financiero internacional podría hacerse llamativamente más "neoliberal". Como presidente de un país crónicamente endeudado, Kirchner supone que el FMI es derechista, cuando no "neoliberal", pero a juicio de los economistas más conservadores, sobre todo en Estados Unidos, es básicamente izquierdista porque toma en cuenta realidades políticas y trata de atenuar los efectos de las convulsiones que esporádicamente se producen en mercados cada vez más volátiles. Si el FMI tal y como lo conocemos se borra, pues, no lo reemplazará otro organismo más generoso y menos ortodoxo, como es de suponer quisiera Kirchner, sino los mercados que se interesarán únicamente por los hechos concretos. De más está decir que sin la ilusión de seguridad que les daban los acuerdos con el FMI, los inversores serán aún menos propensos que antes a arriesgarse en países emergentes tan problemáticos como la Argentina, mientras que los dirigentes políticos tendrán que acostumbrarse a la idea de que si se encuentran en dificultades graves no podrán esperar que una institución internacional les preste dinero a tasas de interés reducidas para que las superen.

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