Desde la línea 147, pasando por SAME y el propio HMC hasta el Ministerio de Salud de la Nación, todos mis ocasionales interlocutores tuvieron a flor de labios la excusa reglamentaria adecuada para abstenerse incluso de escuchar el problema.
“No es acá, no nos corresponde, no me cuente más, llame a la familia, no hay nada que podamos hacer", y todas las demás evasivas que un lector promedio pueda imaginar.
Consciente de que me estaba encontrando ante una cuasi inmoralidad administrativa y abusando de mi acceso directo a funcionarios de primer nivel por la tarea periodística que cumplo en la actualidad , puse en conocimiento de esta situación al mismísimo ministro de Salud de la Ciudad de Buenos Aires, Dr. Fernán Quiroz, quien derivó el tema a la responsable del manejo del COVID-19 en el ámbito municipal.
Si bien ya habían pasado al menos cuatro días del inicio de mi inútil gestión, aún faltaba algo fundamental. El resultado del hisopado de mi subordinado. Me explicaron que el sistema estaba colapsado y que el Instituto Malbrán estaba demorando 5 o 6 días. En el HMC me confiaron que se encontraban literalmente "sobrepasados" por los contagios internos del personal sanitario y administrativo.
Una vez que la ciencia confirmó lo que estaba a la vista de todos los médicos militares con los que había hablado (mi subordinado era positivo), desde el Gobierno de la Ciudad se dignaron a recibir los datos de las personas (4 no 200) a las que yo había podido identificar como grupo cercano al enfermo, y que, en mi opinión, debían recibir alguna indicación concreta sobre qué hacer.
El más estrecho de esos contactos, aludía a la empleada doméstica de mi subordinado a la que logré llegar mensaje de voz del chat Whatsapp. Soy un simple marino no un médico, pero al escucharla hablar me di cuenta de su estado de salud no era normal.
Por este motivo, al poner en conocimiento de las autoridades los teléfonos de los contactos estrechos de mi subordinado, subrayé que, en el caso de esta persona en particular, percibía una situación de salud muy frágil.
Respuesta: “Listo, ahora el tema está en nuestras manos, ya tenemos la lista de contactos ahora vemos”.
No se ocuparon. No vieron. No oyeron. Quizás ellos también estaban superados por los acontecimientos. Pero una explicación no necesariamente es un fundamento. Mucho menos cuando se trata de una vida en riesgo.
La empleada de mi subordinado falleció este fin de semana en su domicilio. Las autoridades sanitarias de la provincia de Buenos Aires le aconsejaron a su esposo cremar su cuerpo de inmediato. Ya no quedan rastros que permitan saber que sucedió.
“Quedate tranquilo, no es tu problema hiciste mucho más de lo que debías”, me dijeron hace 24 horas. (En castellano antiguo equivale a un “no jodas más pibe).
Debería detallar también que ninguna autoridad nacional, provincial o municipal (el Jefe de Gobierno porteño es un intendente) se comunicó con el consorcio de propietarios donde vive el paciente con COVID-19 aunque sea para advertir que le presten atención a los eventuales contactos que el infectado hubiera podido tener puertas adentro de su edificio.
No hay cámaras de televisión ni micrófonos de radios, entonces no le suma a ningún funcionario. Pongan una cámara o un micrófono, aunque sea de juguete, y allí estarán.
Reina, ese era el nombre de pila de la mujer fallecida.
Obviamente no tuvo un trato acorde a su nombre. No le importó a nadie, ni siquiera me consta que la hayan sumado a la lista de fallecidos del día correspondiente al de su fallecimiento.
En este momento me apresto a realizar el auto chequeo médico que la aplicación “Cuidar” me exige para salir a la calle. Diré que no tengo temperatura, que no tengo tos, ni pérdida del olfato ni diabetes y qué se yo cuántas otras cosas más que a nadie le importan. Cruzaré la Ciudad sorteando motos, patrulleros, agentes a pie. Yo iré blandiendo mi celular habilitante, tal vez me lo cruce a súper Sergio Berni con casco o ametralladora o un termómetro (de acuerdo con su humor de este día). Todo absolutamente todo parece de un espectáculo mediático, político que hoy al menos me resulta amoral.
Del show también participan 5 o 6 hasta hace poco desconocidos médicos que sólo piensan en anunciar en Twitter el cronograma de sus apariciones mediáticas de cada día, más preocupados por los “Me Gusta” o los "Retweet" que reciben de sus “fans” que por honrar su juramento hipocrático.
La verdad es que estamos solos. Estamos librados a nuestra suerte. Lo mejor que nos puede pasar es no contagiarnos porque si eso ocurre, ¿a quién le importará?
Tal vez sea seguro quedarse en casa... pero comienzo a dudar si es seguro que esa casa se encuentre dentro de las fronteras de mi propia patria.