Entre ellas aparecen los ensayos in vitro, cultivos celulares, modelos computacionales y técnicas de bioingeniería de tejidos, además de futuros procedimientos que puedan incorporarse a medida que avance la ciencia.
El objetivo es aplicar un criterio de sustitución, reducción y perfeccionamiento: reemplazar animales cuando sea posible, disminuir su utilización cuando todavía resulte necesaria y mejorar los procedimientos en aquellos casos donde no exista una alternativa disponible.
Para implementar el nuevo esquema, el Poder Ejecutivo debería determinar qué organismo funcionará como autoridad de aplicación.
Ese organismo tendría, entre otras funciones, la tarea de reconocer y promover métodos alternativos, trabajar conjuntamente con universidades y laboratorios y actualizar los criterios científicos utilizados por la industria.
No busca prohibición absoluta, pero sí no más crueldad
Uno de los puntos que la diputada nacional Gabriela Luciana Muñoz remarca en los fundamentos es que la propuesta no busca imponer una prohibición absoluta e inmediata.
La transición quedaría condicionada a la existencia de alternativas que hayan demostrado científicamente que pueden reemplazar los ensayos tradicionales.
Con ese esquema, la diputada pretende compatibilizar dos objetivos: reducir progresivamente la experimentación animal y evitar que una regulación demasiado rígida termine generando obstáculos para las empresas que todavía no cuentan con tecnologías capaces de sustituir determinados procedimientos.
La iniciativa intenta así introducir el cambio sin alterar de manera abrupta el funcionamiento de la industria cosmética.
La apuesta por la tecnología
El proyecto también plantea la discusión desde otro lugar: la innovación científica. Según los argumentos presentados por Muñoz, el desarrollo tecnológico de los últimos años permitió crear procedimientos que pueden resultar más rápidos, reproducibles y precisos que algunas de las pruebas tradicionales realizadas sobre animales.
La diputada considera que avanzar en esta dirección podría generar, además, nuevas oportunidades para el sistema científico argentino.
Áreas como la biotecnología, la bioingeniería y la toxicología computacional podrían ganar terreno si aumenta la demanda de herramientas capaces de evaluar productos sin recurrir a animales. Universidades, laboratorios y compañías privadas pasarían así a tener incentivos para desarrollar y validar nuevas tecnologías destinadas a la industria cosmética.
Una tendencia que ya avanza en otros países
La propuesta también busca acercar la regulación argentina a los cambios que se vienen produciendo internacionalmente.
Distintos países y bloques económicos avanzaron durante los últimos años con restricciones a las pruebas de cosméticos en animales o con mecanismos destinados a reemplazarlas cuando existen alternativas científicas confiables.
A eso se suma una transformación en las preferencias de los propios consumidores, con una presencia cada vez mayor de productos identificados como “cruelty free” y empresas que utilizan esa característica como parte de su estrategia comercial.
Con ese escenario de fondo, los libertarios proponen que Argentina avance hacia el mismo objetivo, aunque de manera progresiva y sin imponer una eliminación automática de los ensayos.
El proyecto de los libertarios a continuación:
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