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Guerra a la inflación: 1er disparo y escepticismo

El Presidente anticipó una guerra contra la inflación, aunque con algunos presuntos elementos reiterativos que generan dudas sobre los resultados.

La advertencia a los frigoríficos sobre una eventual prohibición a las exportaciones de carne si se retiran del programa oficial de cortes baratos se leyó como un primer disparo en la oscuridad de la declarada "guerra contra la inflación", con fecha de estreno este viernes. El caso de la carne sería, siguiendo esa línea, un trailer.

Alberto Fernández estará ese día en Tucumán y se espera que desde allí presente la 'artillería' con la que respaldará la tan comentada avanzada. El componente principal del arsenal sería una apuesta mayor a los fideicomisos que con los recursos extraordinarios provenientes de la suba de los precios internacionales financien un subsidio para mantener los costos domésticos bajo control.

En el Gobierno explican el 7,5% de suba que el INdEC reveló el martes para los alimentos en febrero con la explosión de los precios internacionales que había empezado con la pandemia, pero se incrementó en mayor medida como consecuencia de la guerra en Ucrania.

La "inflación importada" es la que llevaría a incrementar retenciones en derivados de la soja, diferencial que se destinaría a subsidiar a la industria harinera por la disparada del precio del trigo, que impacta en algo tan elemental como el valor del pan en la canasta básica, por decir lo mínimo.

Hay otras medidas que circulan informalmente.

Cuál será el resultado es lo que no se puede anticipar. No se trata de políticas innovadoras, sino algunas repetidas que no han modificado sustancialmente hasta aquí el piso de la inflación, que se mantiene en el 4% con la amenaza de atravesarlo largamente en los meses que siguen.

No faltan quienes vean en esta "guerra" no más que una escenificación. Otra más. Mostrar que se está haciendo algo, más allá de que no se puedan conseguir resultados palpables. Puro escepticismo.

Después de todo, la inflación, por su efecto licuador en el gasto, se convierte en una arma fundamental en otra "guerra" que se propuso el Gobierno: la de reducir el déficit como parte de un acuerdo con el FMI.

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